el estado español: Una democrática dictadura

españa, estado español, dictadura, fascismo y pandereta  del estado español:
Proceso electoral, políticos y democracia al servicio del poder  económico

¿Qué puede pedir una dictadura que no le dé esta  democracia?

Una democrática dictadura
Miguel Ángel Llana
Rebelión

Finalizó el ritual más importante de la democracia. Superamos, una  vez más, la parafernalia del proceso electoral que concluye con el  voto que lleva implícito el “vuelva usted dentro de cuatro años”.

La participación del ciudadano no pasa de unos segundos, justo el tiempo que lleva meter en un sobre la papeleta ya impresa. En esto consiste esta democracia y así se consolida el tinglado que hace agua por todas partes cuando todo se reduce a votar, a decir sí o sí a los candidatos propuestos -impuestos- y a un programa que nadie conoce.

En resumen, se vota a los designados desde arriba y nadie
sabe qué se vota, aunque para este montaje se establezca un riguroso
mecanismo para que el voto sea secreto y libre, cuando sólo es un
voto vacío, sin contenido, estéril. Todo un tinglado legal y
mediático para dar legitimidad a unos comicios que carecen de
contenido.
La pregunta elemental es ¿Quién decide y nombra a los candidatos,
quién los ha puesto y de dónde han salido? La respuesta es bien
sencilla: el poder, el poder económico que los financia. Basta con
repasar cómo comenzó cada uno de los Presidentes de Gobierno,
ministros, etc. y sus partidos y cómo están ahora, en el saldo está
la respuesta.
En este modelo de democracia, como en el cuartel, el rancho no se
elige, lo tomas o no comes pero te mueres -te matan- por no tragar
el menú. Los votantes, y su voto, sólo intervienen al final del
proceso, cuando todo está decidido. Es más que difícil -imposible-
encontrar un sólo rasgo de democracia en todo el proceso electoral.
Cuando ni siquiera los militantes de los partidos deciden qué
candidatos van en la lista de su partido. Cuando no existe una ley
de financiación de los partidos y de las campañas electorales y
cuando es un misterio el origen de sus fondos. Cuando no hay
establecido ningún cauce de participación o de intervención efectiva
y vinculante de los ciudadanos en las decisiones del gobierno, ni
siquiera a nivel de la administració n local, la de los
ayuntamientos. Se trata, pues, de una “democracia” representativa en
la que el votante ni siquiera elige, de hecho, a sus representantes
porque ya se lo dan elegido.
El voto se dirige, además, a unos partidos que ni presentan
programa, ni se obligan a nada en concreto, sino a unas simples
promesas electorales de las que después ni se responsabilizan ni han
de dar cuenta a nadie.
Resulta ridículo que se lamenten de que el sistema electoral tiende
al bipartidismo cuando precisamente es lo que desde las
instituciones del poder económico se estableció para que así suceda,
y sucede que es la forma más democrática de cargarse a una
democracia. Baste recordar la relación entre votos y escaños, las
circunscripciones electorales, ley d’Hondt, la imposición de un
porcentaje mínimo para obtener representació n, la asignación de
espacios en los medios de información públicos y más en los
privados. Pero eso sí, cuando cualquier movimiento social quiera
presentarse, se encontrará con que las dificultades económicas y
burocráticas se lo impedirán, de hecho, y si esto no es suficiente
ilegalizarán el partido o colectivo como ahora sucedió en el país
vasco. Es decir, que quede claro, que la democracia nunca la
regalan, ha de conquistarse y sino no hay democracia.
El ciudadano se ha convertido en un mero espectador tanto en el
proceso electoral como en el desarrollo de esta democracia, con el
agravante de que es quien ha de financiarla con sus recursos y con
su trabajo, pero no sólo las elecciones, sino el enriquecimiento de
los políticos y de los que a éstos representan, a los que se deben;
nunca a sus votantes, salvo para pedirles el voto.
Pero aún hay más, el voto que tanto suplican en las campañas va a
servir, entre otras cosas, para legitimar la privatización de la
función pública que es una prerrogativa del Estado al que los
políticos deberían defender pero nunca ir en contra de los intereses
de los votantes anulando las prerrogativas del Estado con la
privatización generalizada de los servicios sociales públicos y de
otras funciones propias del Estado. Estas privatizaciones se
convierten en el negocio más saneado y seguro de las inversiones de
los patrocinadores de los partidos políticos que, además de dar un
pésimo servicio, convierten los servicios sociales y la asistencia
social en un negocio que ha de maximizar los beneficios sin importar
la calidad de la asistencia prestada, sólo el lucro.
Entre el monopolio y el duopolio (dos proveedores) a penas hay
diferencia teórica, pero nada sustancial para el pobre consumidor
que ha de sobrevivir como pueda, si es que puede. El paralelismo es
el mismo cuando hablamos de dictadura o de bipartidismo (también dos
opciones como en el duopolio).
En el monopolio como en la dictadura todo está resuelto y decidido:
impuesto. Y lo mismo sucede con el duopolio y el bipartidismo, pero
entonces ¿para qué votar? ¿Sólo para elegir cara o cruz, o cruz o
cara?. Aunque peor aún, porque en el caso del bipartidismo, de
alguna manera, engañan lo mismo y más, pero les sale más barato
porque es con la legitimidad que les da la aceptación de este juego
electoral y el voto ¿Qué más puede pedir una dictadura que no le dé
esta “democracia” amañada del bipartidismo? ¿Qué más puede pedir una
dictadura que no le dé una democracia de izquierda bajo cuyo
gobierno se lideran toda clase de especulaciones, corrupción,
desempleo, precariedad laboral, represión y que financia con
millones de euros un sindicalismo amarillo (bisindicalismo)
de “profesionales” en CCOO y UGT tan cercanos a esos millones de
euros y a la patronal como alejados del mundo laboral y de sus
problemas.
Es posible que visto de este modo comencemos a entender el alcance e
importancia de lo que es o no es una democracia participativa, en un
proceso electoral equitativo, correcto y digno.
El conjunto de este modelo electoral convierte a lo que ahora llaman
democracia en un dictadura consentida. Las pequeñas conquistas que
se consiguen hoy están amenazadas mañana mismo, porque no dan
tregua. En este modelo “democrático” en el que cada proceso
electoral sirve, no para avanzar, sino para propiciar nuevos
recortes disminuyendo las prestaciones sociales y para aumentar la
precariedad y el desequilibrio social con el pretexto de ser
competitivos y de mejorar la productividad.
Los ciudadanos en esta democracia les toca hacer el papel de
espectadores, lo mismo que en cualquier competición deportiva en la
que la participación se limita a financiar el espectáculo y a
aplaudir, pero nunca podrán tocar el terreno de juego y mucho menos
participar en las decisiones pequeñas o grades en lo que creen que
es su equipo y con el que se identifican como si fuera de su
propiedad.
Los políticos elegidos por el poder económico, al que sirven
necesariamente, se alejan cada vez más de los problemas de los
ciudadanos, se colocan y están enfrente de modo que cualquier
discrepancia de los ciudadanos, va ser reprimida policialmente y
judicialmente (salvo que se trate de ultras de extrema derecha).
Esta es la respuesta, y no otra, la que están recibiendo en este
momento los movimientos sociales y laborales que son inmediatamente
criminalizados y juzgados como tales.
Ante este fraude a la democracia los colectivos de ciudadanos, de
trabajadores o de cualquier otro movimiento social, para resolver
los problemas que puedan tener, no les queda más recurso que la
movilización frente al poder económico y frente a los representantes
políticos votados pero que el poder económico impuso previamente y
que ahora son la “autoridad”.


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