México: De la autodefensa a la autogestión

Víctor M. Toledo / La Jornada

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Detenido el intento, iluso y descabellado, del gobierno federal de desarmar a las autodefensas antes que dar una mínima prueba de congruencia y efectividad ante el crimen organizado, el proceso ciudadano de resistencia entra en una fase crucial. Siguiendo lo discutido en mi entrega anterior (México, regiones liberadas, La Jornada, 7/1/14) retornamos a un principio elemental: no es lo mismo autodefender que autogestionar. Lo segundo procede, y no necesariamente, de lo primero. Cuando se efectúa la transición se está dando un salto cualitativo, pues se está pasando de la mera resistencia a la construcción del poder ciudadano.

En el caso de Tierra Caliente, las autodefensas organizadas ya en torno a una mínima coordinación, que se supone aglutina a unos 20 mil ciudadanos armados que tienen presencia en más de 70 localidades de 21 municipios, deberían proclamar de manera clara y contundente un conjunto de demandas, sin las cuales no se puede pasar a la fase siguiente. Convertidas, de facto,en interlocutores reconocidos por el gobierno federal y estatal, las autodefensas solamente lograrán sus objetivos si se plantean y exigen demandas específicas, concretas y realizables a corto, mediano y largo plazos. En lo inmediato deberán demandar aquello que garantice el desmantelamiento de los escenarios dejados por las mafias y tolerados por el gobierno y sus numerosos actores, desde el nivel municipal hasta el estatal.

Por ello se debe exigir: 1) La captura de todos los líderes del crimen organizado y el desmantelamiento de sus redes y estructuras, es decir, el fin a sus actividades criminales; 2) La investigación de todos aquellos funcionarios del gobierno estatal, no importa su rango, que resultan sospechosos de colusión con el crimen organizado. Para ello debería crearse una instancia independiente y mixta (ciudadana y oficial), un tribunal que sea objetivo, imparcial y honesto; 3) La legalización de las autodefensas y su validación por los ciudadanos y las comunidades; 4) La liberación inmediata de los miembros de autodefensas presos; y 5) La creación de organizaciones ciudadanas legítimas, incluyendo la formación de comités y la celebración de asambleas y de elecciones comunales y municipales en cada localidad reconocida. Esto dará lugar a las condiciones mínimas para garantizar que el simple desarme de los criminales no oculte o haga que resurja la grave situación que hoy prevalece. De lo contrario, todo lo ganado se irá desvaneciendo. Se trata de establecer garantías que dejen un proceso irreversible y de cara al futuro.

Logrado lo anterior, se debe impulsar un proceso real de autogestión. La expansión de las autodefensas en Michoacán debe verse como parte de procesos similares ocurridos en otras porciones, como es el caso de Chiapas, Oaxaca y Guerrero. En consecuencia de esas experiencias se debe aprender y reproducir lo reproducible. Sin embargo, en la entidad misma se tienen ya modelos probados y exitosos. Por ejemplo, la comunidad indígena de Cherán*, no solamente ha logrado recuperar la paz y sus bosques, sino que controla los movimientos de la gente, ha elegido a sus autoridades de manera directa y sin partidos políticos, e impulsa proyectos productivos, forestales, agroecológicos, sociales y culturales para beneficio de la colectividad.

Otra experiencia es la de la comunidad indígena de Nuevo San Juan*, cerca de Uruapan, que durante más de tres décadas ha logrado consolidar un proyecto autogestivo basado en la democracia participativa, el manejo ecológicamente adecuado de los bosques, la creación de una impresionante industria comunal, el rescate de la cultura y la historia, y un proceso de acumulación colectiva de capital. Nuevo San Juan es hoy un caso nacional e internacionalmente reconocido de manejo comunitario de los recursos locales, que ha incrementado la calidad de vida de sus miembros. Otro ejemplo, esta vez truncado en su desarrollo, es el de La Huacana, donde una experiencia municipal honesta y bien intencionada de solamente tres años logró innumerables proyectos, apoyos de todo tipo y el reconocimiento nacional e internacional como municipio modelo. Finalmente también está lo que vivió el municipio indígena de Cuetzalan*, en Puebla. Allí, ante la amenaza de proyectos destructivos de sus recursos naturales y de su cultura, las organizaciones ciudadanas unieron sus fuerzas, y en conjunto con las autoridades municipales realizaron un ordenamiento del territorio, apoyados por investigadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ahí generaron y promulgaron leyes de nivel municipal para garantizar que nadie ni nada afectara el equilibrio de sus paisajes y de la vida social.

En Tierra Caliente lo que es una elemental batalla por la vida y la supervivencia; donde no hay mayor ideología o interés que el de asegurar la paz y restablecer la seguridad, se debe avanzar hacia la creación una efectiva democracia participativa. La autodefensa es solamente el principio de las cosas. La idea general de la autogestión, que en el fondo es la creación o consolidación del poder social o ciudadano, implica trabajar para lograr autosuficiencia, autogobierno y por supuesto autodefensa. En un mundo en que el poder político y el poder económico se hacen cómplices, un rasgo de la fase globalizada del capital, la única opción que queda es gestar iniciativas por y para los ciudadanos. 

*Más información y referencias en: www.laecologiaespolitica.blogspot.com

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Cerrado el ciclo de las reformas neoliberales, reflejo del poder del capital monopólico, corporativo y globalizado en el mundo, que dará una nueva vuelta de tuerca a la explotación del trabajo humano y del trabajo de la naturaleza, procede revisar y replantear la estrategia de la resistencia ciudadana en defensa de la vida, la historia, la cultura y la patria. Al menos se puede observar que la conquista del poder político por medio del voto se torna cada vez más una empresa imposible, dado el creciente deterioro de las instituciones, hoy convertidas en instancias destartaladas o mera utilería. Sólo una mente ingenua (o cínica) puede sostener que la democracia existe en México. Tres fraudes electorales, la sujeción de los poderes Legislativo y Judicial a la tiranía del Ejecutivo, la infinita corrupción de los políticos, el control sobre la mayor parte los medios de comunicación (televisión, periódicos, radio) y la complicidad de la clase política con el capital nacional y transnacional, hacen ver a la voluntad ciudadana como un espejismo. La segunda opción, el derrocamiento del gobierno por medio de la vía armada, que está en las mentes y labios de cada vez más mexicanos, no sólo es un camino inviable y descabellado, sino una invitación al retroceso en una época donde la información, el conocimiento, la organización y la conciencia se ven facilitados por los medios masivos de comunicación y por la educación.

Queda una tercera vía, que cada vez más mexicanos adoptan y practican por todos los rincones del país: la deso­bediencia civil. La creatividad de los ciudadanos no parece tener límites. En su versión completa, profunda y radical, este camino desemboca en la creación de territorios liberados, espacios que no se oponen al sistema de manera frontal, sus valores, prácticas y visiones del mundo, sino que simplemente les dan la espalda, para mantener o construir en el aquí y el ahora una sociedad diferente, no importa que ese acto de creación y construcción se realice en pequeños territorios de escala local, municipal o micro-regional.

Esta vía, que en esencia es un ejercicio del poder social o ciudadano, se ha alcanzado por diversos caminos: la insurrección armada (el EZLN en Chiapas), el consenso ciudadano articulado y validado jurídicamente (municipio de Cuetzalan, Puebla), un impulso independentista (el nuevo municipio de Cacahuatepec, cerca de Acapulco, Guerrero), la autodefensa ante la inseguridad (unas 300 comunidades de Guerrero, Michoacán, y otras entidades), defensa de los recursos forestales (municipio de Cherán, Michoacán), o una simple tradición histórica (los 418 municipios, casi tres cuartas partes del total, que en Oaxaca se rigen por el sistema de usos y costumbres, una práctica que se remonta al siglo XVI y que fue convalidada por la legislación estatal en 1995).

¿Qué dimensiones alcanza este proceso de autogestión territorial? Hagamos un recuento echando mano de la cartografía. Como se muestra en los tres mapas anexos*, el tamaño de los territorios que de una u otra forma transitan con diferentes matices esta vía alcanza proporciones nada despreciables. En Chiapas, los cinco caracoles neozapatistas agrupan 25 municipios y cientos de comunidades (mapa 1). El recuento actualizado de las autodefensas en Guerrero abarca 60 por ciento del territorio estatal (mapa 2). En Oaxaca los municipios que se gobiernan mediante métodos tradicionales y sin partidos políticos alcanzan la mayor parte del territorio. En Michoacán el dato más reciente es de 21 municipios y 72 comunidades que se autodefienden (mapa 3). Otras regiones que van en el mismo camino pueden identificarse en Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Puebla, Tlaxcala, Morelos, Tabasco y Veracruz. Una gran coalición de todas estas regiones pondría a temblar a los poderes fácticos.

En todas estas experiencias la palabra clave es comunalidad. Y lo es porque justamente representa la filosofía opuesta a las ideas que pregona y practica la civilización moderna, industrial y capitalista. La comunalidad hunde sus raíces en la tradición mesoamericana, basada en las decisiones colectivas, la cooperación y reciprocidad, el respeto a los procesos naturales, la opinión de los mayores, la justicia comunitaria y el buen vivir.

Ver antología sobre el tema.

¿Se puede afirmar que todos estos son territorios liberados? No, especialmente en los ejemplos de auto-defensa donde lo único que se ha logrado es expulsar a las autoridades corruptas para restaurar la seguridad y la paz. Ese es apenas el primer paso. Un territorio liberado implica el control social sobre bosques, pastos, agua, tierras agrícolas, lagos, lagunas y ríos, minerales, comunicaciones, propiedad agraria, etcétera. Y ello supone autogobierno, autosuficiencia y autonomía. Por ello, la liberación implica pasar de la resistencia a la construcción de proyectos. Por fortuna existe en México toda una tradición de ejemplos exitosos con antigüedades de hasta tres y cuatro décadas en unas 20 regiones del país. Y hay rasgos comunes: democracia participativa, apoyo de técnicos e investigadores comprometidos, una clara alianza con la naturaleza, acumulación colectiva de capital, agroecología, mercados justos, etcétera. Son lecciones vivas de la reciedumbre, la creatividad, la memoria histórica y la fuerza por vivir con dignidad, que es propio de los pueblos. Siguen entonces dos cosas: reconocer, apoyar, consolidar, multiplicar y extender esta vía; y alcanzar los núcleos urbanos, donde la acción ciudadana debe tomar el control de manzanas, edificios, barrios, unidades habitacionales. Entonces la historia comenzará a girar hacia otro lado.

Consulta de mapas

fuente: http://www.jornada.unam.mx/2014/01/07/opinion/014a2pol 

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