Argentina_Miguel Mazzeo: Entre la reinvención de la política y el fetichismo del poder

Entre la reinvención de la política y el fetichismo del poder

Cavilaciones sobre la izquierda independiente argentina

“Los pueblos no pueden dejar de haber aprendido, ni dejar de sentir que son fuertes:
poco falta para que se vulgarice, entre ellos, el principio motor de todas las acciones,
que es el siguiente. La fuerza material está en la MASA y la fuerza moral en el
MOVIMIENTO.”
Simón Rodríguez, Luces y virtudes sociales (1840)

“Sólo cuando el hombre real, individual, reabsorba en sí mismo al abstracto ciudadano
y, como hombre individual, ‘exista al nivel de la especie’ en su vida empírica, en su
trabajo individual, en sus relaciones individuales; sólo cuando, habiendo reconocido y
organizado sus ‘fuerzas propias’ como ‘fuerzas sociales’, ya no se separe de sí la
fuerza social en forma de fuerza ‘política’, sólo entonces, se habrá cumplido la
verdadera emancipación humana…”
Karl Marx, La cuestión judía (1843) 

“La emancipación económica de los trabajadores es el supremo objetivo a que debe
subordinarse todo movimiento político, como medio…”
Karl Marx, Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los
trabajadores (1864) 

“Frente a la vieja sociedad, con sus miserias económicas y su delirio político, está
surgiendo una sociedad nueva.”
Karl Marx, Primer manifiesto de la Internacional sobre la Guerra Franco prusiana
(1870) 

Prólogo
Por Sergio Nicanoff 

Quienes transitamos el largo recorrido que va desde las luchas contra el
menemismo en la década del 90, pasando por la crisis de dominación que se
condensó en el año 2001 con la debacle de la Alianza, hasta llegar al ciclo de
reconstrucción de la gobernabilidad burguesa encarnado por el kirchnerismo,
vimos nacer, conformarse y dar sus primeros pasos a un espacio político
diferente. Ese espacio –autodenominado como izquierda independiente– tuvo y
tiene características multifacéticas y heterogéneas, pero un norte compartido y
una serie de ideas-fuerza que se engendraron desde los propios procesos de
lucha, centralmente alrededor de 2001. 

Esos elementos comunes no se evidenciaron solamente en la formación de
distintos movimientos y organizaciones que le dieron carnadura, sino que,
además, implicaron la existencia de una subjetividad militante que permeó a
franjas amplias de la militancia popular, una subjetividad que excedió –y
excede– los espacios más orgánicos. 

Se trata de una subjetividad que prioriza la praxis por sobre las doctrinas y los
programas; que recuperó de la generación del 60 y del 70, entre otras cosas, el
imperativo de poner el cuerpo, de involucrarse de lleno en la acción
transformadora; una subjetividad que tiene como norte principal la construcción
de colectivos sociales regidos por las formas más democráticas posibles, sin
renunciar por ello al desarrollo de instancias organizativas que posibiliten la
transmisión de la experiencia y la continuidad de las prácticas emancipatorias;
una subjetividad que camina hacia un horizonte de una sociedad sin explotados
ni explotadores, pero que asume que el tránsito hacia esa utopía se hace
desde ahora, construyendo con otros valores, forjando los embriones de las
relaciones sociales venideras; una subjetividad que entiende que hay que
combatir todas las formas de opresión –de clase, de género, de etnia- porque
entiende que las relaciones de dominación operan en todos los planos de la
vida social y no sólo en el de las relaciones de producción; una subjetividad
que rechaza los discursos que, en nombre del progreso, la modernidad y el
desarrollo de las fuerzas productivas, destruyen los bienes comunes de la
naturaleza y ponen a la humanidad a las orillas del abismo; una subjetividad
que cree que la construcción de contrahegemonía es, sobre todo, la
construcción de poder popular y esto implica que las clases subalternas pasen
a ser sujeto de cambio, que se constituyan como clase para “si”, recuperando
el poder-hacer como mecanismo de cambio y empoderamiento colectivo.

Esa subjetividad se amasó en las resistencias al neoliberalismo y se condensó
en distintas organizaciones que, con sus matices, le dieron cauce a esas
visiones. Aunque, insistimos, esa subjetividad tendió a desbordar los límites
orgánicos. 
Para que se percibiera que muchas de esas perspectivas eran compartidas por
otros/as, para que esas prácticas tomaran mayor similitud y cercanía fueron
claves quienes, desde el mismo seno de esos espacios, contribuyeron con sus
reflexiones a construir ese campo común de acción y pensamiento. Esas
reflexiones le permitieron a múltiples espacios de lucha y militantes populares
sentirse parte de una identidad abarcadora, aún en la diferencia. 

Pocas personas tuvieron –y tienen– tanto que ver con ese proceso como
Miguel Mazzeo. Fue de los primeros en plantear el socialismo como una
práctica intencional, conciente, de desarrollo de formas de sociabilidad que
prefiguren la sociedad venidera y de leer en esas coordenadas el proceso de
muchas organizaciones que emergieron a mediados de la década del 90 y que
adquirieron perfiles más nítidos en torno a 2001. Retomó la idea de poder
popular de otras experiencias revolucionarias históricas, pero actualizó sus
horizontes, dándole un sentido propio donde la autonomía requiere también de
las luchas por y contra el Estado, donde las construcciones populares sean
capaces de generar un poder propio y, a la vez, tensionar y modificar al Estado.

Desde sus trabajos sistematizó y ayudó a articular concepciones comunes,
atreviéndose a nombrar el conjunto como “nueva-nueva izquierda” para
diferenciarla de aquella nueva izquierda que surgió priorizando la vía armada
en las décadas del 60 y del 70. 

Lo hizo participando y acompañando esos procesos colectivos. Como toda
teoría revolucionaria verdadera, Mazzeo la erigió partiendo de la cultura, las
luchas, los sueños y deseos de los oprimidos. Es decir, una teoría surgida de
las acciones colectivas de su propio pueblo y no de las reflexiones o
ensoñamientos del intelectual aislado y lúcido. Si ponemos en evidencia su
aporte, no es por la empatía personal o por el mero deseo de festejar procesos
y reflexiones que, en su inmensa mayoría, compartimos. Se trata de dar cuenta
del sentido que encontramos en su último trabajo: Entre la reinvención de la
política y el fetichismo del poder. Cavilaciones sobre la izquierda independiente
argentina. 

A nuestro entender, el texto viene a dar cuenta de una inquietud, de una
preocupación que comparte gran parte de la militancia del espacio que aquí
denominamos izquierda independiente. Es la sensación de que esa
subjetividad, con enormes potencialidades en función de los procesos de
cambio social, se encuentra en un proceso de crisis, de dudas agudas, de
incertidumbres; de que toda esa acumulación se enfrenta a una encrucijada
con senderos que se bifurcan al estilo borgeano y que el camino que se tome
de aquí en adelante determinará si la corta parábola histórica de esa
subjetividad fue tan sólo un breve florecer de primavera o un árbol que echó
sus raíces por largo tiempo. 

De la misma manera que Miguel contribuyó a cohesionar ese espacio y esa
subjetividad, que supo dar cuenta de sus procesos y búsquedas, ahora alerta
sobre los peligros que la acechan –que por cierto no son sólo ni centralmente
externos– y que pueden amputar la riqueza de su praxis. Una vez más, no lo
hace desde la externalidad sino a partir del compromiso militante, desde la idea
de que la crítica es también autocrítica realizada desde la pertenencia. No
viene a justificar complacencias ni idealizaciones sino a plantear el rescate,
pero también la reinvención, de las concepciones que nutrieron a buena parte
de las luchas y los movimientos populares surgidos a fines de la década del 90.
Viene a dar cuenta de los síntomas que evidencian una crisis de identidad y a
problematizar sus causas más profundas.

Podrá objetarse que esa sensación de crisis es fruto del proceso de ruptura del
Frente Popular Darío Santillán (FPDS) –lugar militante que compartimos con
Mazzeo– y que por ende es una mirada atravesada por una lógica internista,
que no involucra al conjunto del espacio. No compartimos esa enunciación.
Permítasenos aquí una digresión. Entendemos que el lugar de organización
emblemática de la izquierda independiente que ocupó el FPDS contribuyó a
que sus procesos se proyectasen sobre el conjunto. La crisis del FPDS expresó
y expresa discusiones que atraviesan e involucran a la totalidad del espacio y
que configuran una situación de crisis de identidad más amplia. Vemos esa
crisis en el desplazamiento, al menos hipotéticamente, de ciertas agrupaciones
del campo de la izquierda independiente hacia una suerte de kirchnerismo
tardío con la idea ingenua –o la idea oportunista, según el caso que
corresponda– de establecer vínculos con la militancia kirchnerista
desencantada con los últimos pasos del gobierno. 

Observamos la crisis en la aparición de tendencias que ubican su principal
esfuerzo en reforzar sus prácticas de antaño, sin comprender que el escenario
de las relaciones sociales de fuerza es por definición cambiante y que, por lo
tanto, el desarrollo de las concepciones propias debe ir acompañado de
reelaboraciones permanentes para evitar el riesgo, al no repensar los
contextos, de quedar subsumidos en un folklore estéril que a nadie inquieta y
mucho menos al poder concentrado. La vemos en la aparición de discursos
obsesionados por lo que definen como “voluntad de poder” y que, en sus
enunciaciones, evidencian cada vez más que no se refieren a la construcción
de poder popular, de poder desde abajo, de poder que se construye desde y
con las clases populares, sino a la vieja disputa institucional-electoral que, en
los hechos, pasa a ser considerada la práctica principal. 

En esencia, advertimos la crisis en la existencia, en distintos grupos del
espacio, de “la política en espejo” tan afín a la vieja izquierda y que consiste en
pensar la política sobre todo como estrategia de disputa con organizaciones
afines. Se ve la crisis en aquellos que niegan, minimizan o ubican en el puro
pasado, la existencia de una subjetividad común. Está presente cuando se
apuran discusiones acerca de la necesidad de abandonar denominaciones
habituales del conjunto, como las que aquí utilizamos de izquierda
independiente o “nueva-nueva izquierda”, para sustituirlas por otras denominaciones. 
No negamos que la tarea de identificar a la totalidad del
espacio requiere de nombres que lo definan ya no desde la negatividad, de lo
que no se quiere, sino en términos más propositivos, que den pistas sobre lo
que se busca. Pero nos parece que una discusión sobre designaciones exige
una profunda reflexión sobre los valores principales que constituyen el núcleo
de la identidad del espacio. Y nos parece que esa discusión no se ha dado en
plenitud y corre riesgos de ser escamoteada por fuegos de artificio que
distraigan del asunto principal. 

Intuimos que existen tendencias hacia la cristalización de posturas que se
caracterizan por la negación de ciertas dimensiones de la disputa política que
resultan esenciales para erigirse en alternativa, en proyecto contrahegemónico;
que no perciben que no basta con el sector social que las propias prácticas
interpelan y organizan; que no avizoran que la revolución requiere de políticas
integrales que disputen en diferentes planos, todos subordinados a la
estrategia de poder popular (incluido el electoral), y que necesita, incluso, de la
existencia de un gobierno popular aunque el fin último no debe ser ese sino,
como lo afirma Miguel, la autoorganización, autoeducación y la
autoemancipación de las clases subalternas.

Por otro lado aparecen concepciones que mantienen sus construcciones de
base y que hacen gala de discursos y reflexiones típicas del espacio pero que
cada vez más aparecen utilizadas como mera retórica. Pareciera existir una
estrategia en ciernes –conciente o no– de formar una organización de cuadros
centralizada, con alto nivel de referencialidad mediática y visibilidad política,
6para desde allí capitalizar descontentos sociales y luchas. La “voluntad de
poder” expresa una lógica sustitucionista, un afán de representar las luchas
populares como nueva clase política con voluntad de presentarse como
dirección del pueblo. 

Sus aliados pasan a ser, en primer lugar, aquellos que
conciben que las transformaciones sólo se pueden realizar desde el Estado.
Todas las tareas orientadas a la transformación de las relaciones de fuerza en
la sociedad civil pasan a estar subordinadas a estos objetivos. La participación
en las elecciones se torna una cuestión esencial, de la manera que sea,
aunque no se haga con aliados y discursos afines al espacio.
Puestos a esquematizar –lo que nunca representa la totalidad de los procesos–
aparecen, por un lado espacios de construcción de base autoreferenciales con
tendencias al corporativismo y por el otro, opciones que tienden a esencializar
la participación en campos de acción fuertemente controlados por el enemigo.
Ninguna de estas visiones se presenta en su forma pura. Ni siquiera nos
atrevemos a afirmar que se han cristalizado hegemónicamente en
determinadas organizaciones –aunque algunas las expresan más fuertemente–
por eso hablamos de tendencias. Se trata de escenarios en disputa, de un
campo de conflictos cuyo devenir depende de diversos factores.

Aquí retomamos directamente el texto de Miguel. Su aporte va en el sentido de
procesar dialécticamente esas tensiones y resolverlas a favor de una praxis
revolucionaria. Desde nuestra mirada encontramos cuatro aspectos
fundamentales en el texto: a) detecta y pone en evidencia la crisis de la
izquierda independiente, indagando en sus causas más profundas; b) plantea,
de cara al conjunto, la pregunta acerca de qué concepción de la política es la
que debe primar en la izquierda independiente; c) ubica algunos de los
elementos centrales del poder popular a los que el espacio no puede renunciar
si quiere seguir siendo, al menos, opción potencial de cambio; d) lee la realidad
e intenta entrever las tendencias de largo plazo, los signos profundos de los
tiempos, los procesos históricos en marcha y sugiere que la subjetividad de
este espacio puede empalmar con esos procesos sólo si sus integrantes no se
niegan a sí mismos. 

Respecto a las razones profundas de esa crisis identitaria, la fortaleza de los
proyectos neodesarrollistas combinada con el reflujo de las luchas territoriales
–lugar de desarrollo por excelencia del espacio– aparece como un aspecto
central. El ritmo más pausado de las construcciones de base se enfrentó a una
dinámica de mayor fortaleza del Estado y toda una franja de activistas
barriales, que acompañó el ascenso de los movimientos, se replegó hacia otros
lugares. Allí emergió el signo más fuerte de una crisis identitaria: enfrentados a
los límites y dificultades de la construcción propia, muchos militantes perdieron
confianza en lo que hacían. De la certeza de que era necesario encarar
cambios profundos en su estrategia, dedujeron que los errores incluían dejar de
lado –en los hechos, no formalmente– una parte de los grandes aciertos de los
movimientos en la etapa anterior. Una pérdida de confianza en los y las de
abajo lleva a concebir el 90% de la actividad militante como decisiones y
elaboraciones de los que vuelcan mayor tiempo al ejercicio de la política
interna; conlleva a entender la política como acción de núcleos con saberes
especializados; a no dar determinadas discusiones con el conjunto porque: “los
compañeros no entienden”, “no tienen todas las variables en su cabeza”,
“perdemos eficacia y capacidad de intervención si retrasamos las decisiones”; a
olvidar, como nos lo recuerda Miguel, que la política tiene que ser abordada
como crítica de la política; es decir, como una praxis de acción transformadora
que trata de poner en tensión las funciones de liderar, conducir y dirigir. 

Sostenemos esta posición, no porque partamos de los planteos horizontalistas
abstractos que conducen a la impotencia las luchas populares. En toda
construcción masiva resultan imprescindibles las representaciones, dado que
determinadas tareas necesarias para las transformaciones sociales no surgen
espontáneamente de las construcciones de base. Lo que hay que evitar es la
cristalización y autonomización de estratos militantes que asumen tareas
centralizadas. En ese peligro residen los verdaderos gérmenes de la
cooptación y la integración, más allá de que esos procesos se den en
organizaciones que reinvidiquen el trabajo de base. 

Contra el remedio en boga de la centralización en aras de una supuesta
eficacia, Miguel propone el reaseguro de la politización de las bases, la
construcción de sociabilidades no capitalistas y la política ejercida y vivida
como experiencia de transformación radical que le devuelva a la sociedad civil
las funciones que el Estado y el sistema le han expropiado. 
Allí reside una de las diferencias estratégicas con el ciclo kirchnerista y su
militancia, incluidas las organizaciones ubicadas en ese campo político de
manera más crítica. Un sentido nodal del proceso kirchnerista ha sido reducir la
autonomía y la intervención crítica de las organizaciones populares,
supeditándolas a la razón de Estado. Llama la atención– ya que desde
determinadas agrupaciones de la izquierda independiente se señalan
diferencias estratégicas con el kirchnerismo– que no aparezca en primer lugar
el problema de la concepción del poder. En el caso de la militancia populista, y
de amplias franjas de la izquierda tradicional, la acción política siempre aparece
subordinada a la lógica estatal. 

La posición que reconoce como punto de partida de la lucha política a la crítica
de la política no supone rechazar al Estado, sino concebirlo como relación
social sobre el que la práctica emancipatoria agudiza sus contradicciones. No
implica rechazar la intervención electoral sino hacerla asumiendo una praxis
disruptiva en ese escenario y no de reproducción de lo existente. La
intervención electoral debe reforzar y acompañar el cambio de relaciones de
fuerza en la sociedad civil. Debe potenciar esos procesos y estar supeditada a
ellos para no autonomizarse como vehículo de nuevas élites políticas. Un signo
que potencia los peligros de la intervención electoral es no hacerla preservando
determinado grado de autonomía de las construcciones de base. Pretender
encarar la necesaria disputa en ese plano, desde la misma identidad que
intenta desarrollar una institucionalidad antagónica con la del capital. Esa
superposición es un gigantesco salto al vacío por más explicaciones “de
necesidad” y de “eficacia” que se realicen. Preservar las fuerzas principales en
cualquier terreno dominado por el enemigo debería ser parte del ABC de toda
política que se pretenda revolucionaria.

Respecto a las ideas-fuerza imprescindibles para la praxis del espacio, Miguel
propone recuperar las ideas de apuesta, resistencia, experimentación y
autonomía como pilares del poder popular. Las entiende como núcleo
identitario desde donde encarar los desafíos de estos tiempos. Esos desafíos
parten de avizorar un futuro donde el sentido profundo de los procesos no
marcha hacia la hegemonía de la representación, la delegación y la
gobernabilidad desde el Estado. Por el contrario, ve una separación cada vez
más profunda entre las necesidades cotidianas de las clases subalternas y la
capacidad de las instituciones para satisfacerlas, como lo evidenciaron –y
evidencian– las inundaciones, los masivos cortes de luz, el colapso del
transporte y – en un sentido menos directo– los recientes saqueos. 

Aunque sin duda, el ciclo kirchnerista significó una recomposición de la institucionalidad y
de la capacidad de canalizar determinadas demandas sociales por canales
intrasistémicos, esa capacidad siempre tuvo sus límites y estos se agudizan en
el nuevo escenario. Es por eso que es necesario evitar los polos en espejo de
negación de la política o de entenderla autonomizada y como disputa de
aparato. Sólo evadiendo esos clivajes, la izquierda independiente podrá asumir
un lugar central en las luchas venideras. 

El trabajo de Miguel Mazzeo orienta respecto de cual es el camino para superar
la crisis de identidad del espacio, señala cuales son los nudos principales de su
subjetividad que se necesitan recuperar y reelaborar. Sobre todo, construye un
piso de certezas estratégicas que es un bagaje insustituible para las batallas
políticas de los años venideros. Enfrentamientos sociales que demandarán
toda la vitalidad y toda la potencia creadora de las corrientes emancipatorias. 

Buenos Aires, enero de 2014. 

ver edición completa: http://lhblog.nuevaradio.org/b2-img/Mazzeo_ReinvencionVsFetichismo.pdf

https://twitter.com/mazzeo_miguel

 
 
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