Uruguay: Porqué hay que estar contra la baja en la edad de imputabilidad

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PORQUE ES INJUSTO, PORQUE ES INÚTIL, PORQUE ES CONTRA PRODUCENTE

Es injusto porque no se puede juzgar y castigar a menores como si fueran mayores. Todo límite de edad es arbitrario, pero los adultos sabemos que a los 15, a los 16, a los 17, no se tiene el criterio de una persona de más edad.

No se trata que el adolescente desconozca el resultado material de sus actos, cuando aprieta el gatillo sabe que puede hacer daño, pero:

1.- no es capaz de verse frente a las consecuencias penales de sus acciones (el castigo) y 2.- no puede discernir el significado ético de lo que hace.

Eso significa que cuando el adolescente roba y/o mata deliberadamente sabe que está robando y que le puede costar la prisión; pero no le atemoriza y además, no sabe o no comparte que lo hecho sea moralmente condenable.

No lo atemoriza,  porque la prisión la ve como un hecho lejano y por lo tanto improbable.  No le parece mal, porque es un precio que está dispuesto a pagar para ganarse el respeto de la gente que lo rodea y de sí mismo. Además tampoco lo avergüenza, porque sus códigos aparentemente distintos, no son realmente diferentes a los predominantes.

Sus códigos son los que son porque ha sido educado con esas reglas (“si todo el mundo roba y está bien porque yo no”) o porque cuando roba (o mata) no es capaz de captar que  está abusando de otro semejante a él y por ende, merecedor de respeto.

No es capaz de captarlo porque este mundo en el que vive le enseña en el día a día otra cosa.  No es un mundo en el que se practique la fraternidad y el amor al prójimo, todo lo contrario; es un mundo en “el que no llora no mama y el que no afana es un gil” Un mundo “que por razones que escapan a la vista de la gente- el hombre es el lobo del hombre” y cada cual  -quien más quien menos- está en la alternativa de defender “la propia”  o sucumbir. Un mundo paranoico que mientras desde el púlpito o la tribuna declara su amor al prójimo y el respeto por la criatura humana, simultáneamente por afán de lucro la extermina y la envilece.  Este doble discurso entre lo que hago y lo que digo, entre lo que predico y lo que vivo, no es justamente un mundo apropiado para educar moralmente a nadie.

Por lo tanto la actitud del pibe chorro frente a sus víctimas no es diferente a la de muchos adultos en su vida normal.  Se aprovechan del otro, lo utilizan, lo convierten en objeto de su codicia, solo que el pibe lo hace de manera brutal y al margen de la ley, con métodos que denotan su juventud y que le pueden costar algo que irónicamente a esa edad se aprecia poco: la libertad o la vida.

El comportamiento del pibe chorro no es esencialmente diferente al que predomina en el mundo de los adultos; solo su metodología es diferente; quiero algo y me lo llevo; se interpone alguien en mi camino y lo liquido. Lo único que le importa es lo que le satisface, los otros, los demás, son medios para alcanzar sus fines. ¿Acaso no es así como se comporta la inmensa mayoría de la gente? ¿Cuántos de los que se escandalizan de la conducta del pibe chorro se abstendrían de delinquir si supieran que su delito quedará impune? La cuestión es que nuestra sociedad convive con una inmensa contradicción: legalmente autoriza mucho de lo que moralmente se critica

Entonces la cuestión es: ¿la mayoría no delinque porque está mal hacerlo o no lo hace por temor al castigo?  ¿No delinque por amor al prójimo o por el miedo a las consecuencias?  Pues bien, ya sabemos cuál es la respuesta y en ese caso si el respeto a la ley se basa en lo segundo,  parecería que la única  diferencia entre un menor delincuente y un adulto respetuoso de la ley es una mera cuestión de “huevos”

En ese caso ¿con que autoridad moral se lo juzga? ¿Quién es el que está libre de culpa para tirar la primera piedra? Pocos, muy pocos. Sin embargo se lo juzga y se lo condena; no porque se tenga la autoridad moral o la pureza espiritual, sino porque se dispone de algo mucho más contundente: del poder concentrado de la Sociedad, de la fuerza punitiva del Estado. Es importante que quede claro, la Sociedad no impone su castigo al delincuente porque es “mejor” que él (aunque alguno se lo crea) sino porque dispone del poder; su Derecho (para castigar) se basa en ese simple hecho.  Porque no dispone de la fuerza moral para evitar o controlar al delito, es que debe echar mano de la fuerza material para poder hacerlo. No es por “hacer el bien” que los individuos de esta sociedad se mantienen dentro de la ley, es casi exclusivamente por el terror al castigo.

Los que piden penas más severas para los menores las fundamentan con dos argumentos: que el aumento de las penas atemorizará a los delincuentes o en su defecto los mantendrá alejados de las calles. En otras palabras, si el terror no funciona peor para ellos; más tiempo la Sociedad se librará de su presencia.

Que el aumento de las penas no es un disuasivo para la población que se intenta controlar es algo que está estadísticamente comprobado y eso lo saben los mismos promotores de la baja, pero insisten en ese argumento para encubrir lo que realmente les interesa: sacar de circulación durante el mayor tiempo posible a los que consideran el peligro y explotar del punto de vista político el temor y la bronca de la gente

Los inconvenientes que tiene la propuesta es: por un lado,  que  penas más largas no fabrican ni aquí ni en ninguna parte del mundo, honestos ciudadanos; más bien y en la mayoría de los casos, “reincidentes”; eso significa que los menores que resulten severamente castigados hoy, serán seguramente, los empedernidos delincuentes del mañana. Por el otro lado, engaña y oculta el verdadero origen del problema.

No hay una solución sencilla para un problema complejo y mucho menos puede haber una solución cuando nos negamos a reconocer que las causas de los delitos que se procuran combatir hay que ir a buscarlas en la estructura misma de la sociedad; que los menores que se quiere encarcelar no son extraterrestres caídos de los cielos sino que, por el contrario, son el producto necesario de una sociedad y de una cultura que los fabrica aunque no lo quiera. Intentar acabar la delincuencia juvenil con más cárcel para los menores infractores es algo tan inútil como pretender secar el océano con un balde.

Aparte de inútil, contraproducente e injusta, la propuesta de la rebaja de la edad de la imputabilidad tiene otro inconveniente, desvía la atención de las verdaderas causas que generan el malestar de las personas y la dirigen hacia un chivo expiatorio.  Una parte muy importante de la población adulta no es feliz. Aunque no lo admita, se siente triste, frustrada, resentida. Son individuos que han perdido la alegría de vivir pero que no saben las causas de lo que les pasa. Para esta gente cualquier explicación que les resulte más o menos verosímil es buena. Para estos individuos encontrar al supuesto responsable de su malestar o poder dirigir su rencor hacia alguna categoría social en particular constituye un alivio.

Esa categoría puede ser el judío, el negro, el extranjero, la bruja, según la Sociedad y el momento histórico; pero también puede ser el comunista o el “infanto juvenil” llegado el caso.  No importa que se sepa que la inmensa mayoría de los delitos no los cometen los menores y que la cárcel no mejora a nadie; insistir en rebajar la edad de imputabilidad es una manera de canalizar la frustración acumulada. Una válvula de escape.  Un sentimiento que si los individuos que lo padecen pudieran reconocerlo junto con las causas que lo originan, podría convertirse en energía para verdaderos cambios

BITTAN
postaporteñ@ 1135 – 2014-03-20

http://www.postaportenia.com.ar

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