Argentina_Córdoba: Evocación de nuestros desaparecidos del Hospital Rawson

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HOMENAJE DESAPARECIDOS DEL HOSPITAL RAWSON DE CÓRDOBA

enviado por elabajero@yahoo.com
10 de diciembre, 2014 hroland11@hotmail.com escribió:

EVOCACIÓN DE NUESTROS DESAPARECIDOS DEL HOSPITAL RAWSON DE CÓRDOBA

Por Abel Bohoslavsky[1]

  Como bien suponía que este homenaje a nuestros desaparecidos del Hospital Rawson de Córdoba iba a ser muy conmocionante para mí, y sabiendo que esa emoción podría enturbiar mi memoria, preferí altera mi costumbre de exponer más o menos improvisadamente. Este homenaje es demasiado importante.

Para los de las nuevas generaciones, soy Abel Bohoslavsky, médico graduado en esta Universidad Nacional de Córdoba en abril de 1972. Mi carrera universitaria transcurrió casi toda en dictadura. En 1966, el golpe militar encabezado por el general Onganía, intervino sindicatos y universidades, expulsó profesores y reprimió estudiantes y trabajadores.

El 7 de septiembre de ese año caía baleado el estudiante de ingeniería y obrero de IKA-Renault Santiago Pampillón, que murió cinco días después. El 29 de mayo de 1969 se produjo el cordobazo con una huelga obrero-estudiantil masiva, con un saldo de muertos indefinido y con la instalación de tribunales de guerra. El 15 de marzo de 1971 se produjo el viborazo o segundo cordobazo. El general Lanusse asumió como dictador. Poco tiempo después de graduarme, probablemente en mayo de 1972, ingresé a este Hospital Rawson, en el pabellón 6, en una sala que estaba bajo la jefatura del Dr. Waldemar Puszkin, un hiperkinético a toda prueba y obsesivo de la buena medicina. No conocía a casi nadie y no imaginaba que aquí, además de aprender mucha medicina, entablaría vínculos personales de una solidez inigualable, con personas de condiciones humanas extraordinarias, con algunas de las cuales alcancé ese altísimo grado de relación habitualmente denominado amigo.

Además de colegas, tuve compañeras y compañeros. Cuando ingresé, tampoco imaginaba que este sería un escenario de lucha social y también política. Tampoco imaginaba que alguna vez, este hospital, esta ciudad de Córdoba y el país mismo, serían escenario de acontecimientos trágicos, terribles, dolorosos, al punto de reproducir en Argentina, lo que desde niño y adolescente había conocido – por familia y por lecturas históricas – sobre la Europa asolada por la depredación y muerte que provocó el nazi-fascismo.
Al poco tiempo de ingresar, entré también a la guardia cuyo jefe era por entonces un joven instructor de residentes y brillante médico, el Dr. Alberto Dain, también un obsesivo de la buena medicina de quien aprendí tantas cosas, entre ellas, diagnosticar un infarto de miocardio mudo (sin dolor precordial), en un paciente que cursaba una miocarditis.

En esa época, apenas contábamos con un simple electrocardiógrafo…y nada más. En esa guardia y desde el primer día, conocí al Sopa, el Dr. Oscar Roger Mario Guidot, que llegaba fuera de horario, porque para mantenerse trabajaba como inspector de tráfico del transporte público en la Municipalidad. A partir de aquel día, desarrollamos una empatía que llegó a una profunda amistad que perduraría hasta aquella noche del 4 de abril de 1977, cuando nos vimos por última vez en la ciudad de Buenos Aires, adonde ambos recalamos escapando de la brutal represión y vivíamos clandestinos, trabajando para sobrevivir y ayudando a quien podíamos. Guidot fue capturado al día siguiente, atrapado en una confitería porteña por una patrulla militar, que al detectar que tenía documento de Córdoba, lo revisó y le encontró un sobre conteniendo denuncias sobre desaparecidos que le iba a entregar a un periodista sueco.

Guidot integraba la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHu), de la cual fue miembro también el Dr. Alberto Falicoff, pediatra y docente del Hospital de Niños, que ya había sido secuestrado el 25 de noviembre de 1976. Guidot era un ser excepcional. No era solamente médico infectólogo. Era folklorista, guitarrero y cantor, integraba el Coro de la Universidad de Córdoba. Fanático hincha de Talleres, gracias a él volví a las tribunas de las canchas que hacía tiempo había dejado. Poseía una picaresca cordobesa como pocos. Su ingenioso humor, lo llevó a ponerle motes a muchos colegas y compañeros de este y otros hospitales. Guidot era del Pabellón 3, el que estaba dirigido por el inolvidable Dr. Víctor Roland, uno de los mejores médicos que he conocido, maestro de generaciones, profesor inigualable, docente como pocos y solidario incondicional. La memoria de nuestros desaparecidos del Rawson está íntimamente ligada a la de Roland, ya que muchos fueron sus discípulos. Guidot además fue un incansable luchador social. En ese mismo año 1972 que nos conocimos, fue uno de los protagonistas principales del Movimiento de Médicos No Rentados, que protagonizamos una extensa huelga entre diciembre del ‘72 y enero del ’73. Ese movimiento médico, tuvo el explícito respaldo del movimiento obrero cordobés de la época.

Recuerdo las reuniones que mantuvimos con el inolvidable Agustín Tosco, con el también lucifuercista Felipe Alberti y con el dirigente del SMATA René Salamanca. En una ocasión, Tosco nos brindó la sede de la CGT para una conferencia de prensa. Por esa huelga, la dictadura de entonces (la del general Lanusse a nivel nacional y del almirante Guozden a nivel provincial), tuvo que reconocer la legitimidad de nuestro reclamo, que era simplemente que los mil médicos no rentados que sosteníamos las guardias de toda la provincia, debíamos ser remunerados. Obtuvimos 330 puestos de trabajo médico. Oscar obtuvo su cargo por concurso gracias a esa conquista.

También integró nuestra Asociación Médica Gremial del Rawson. Igualmente, pasó de trabajar de inspector municipal a ser médico de un dispensario en barrio Comercial. Oscar Guidot fue secuestrado el 5 de abril de 1977 y llevado al campo de concentración El Vesubio, en el Gran Buenos Aires. Hay varios testimonios sobre su paso por ese centro de torturas y exterminio. No quiero extenderme acerca de estos relatos desgarradores. Todas/os pueden leerlos en numerosos testimonios y en las actas y reseñas de los juicios por crímenes de lesa humanidad.

Solo quiero resaltar anticipadamente dos cosas: una, que ni en el caso del Sopa Guidot y de otras víctimas, los genocidas pudieron arrancarles una sola palabra que les permitiese a los cobardes obtener informaciones que pudieran perjudicar a otras/os. Frente ante tantas calumnias, debo decirles que yo soy un testimonio viviente de que Oscar Guidot no les dio ni un solo dato a los militares sobre mi persona y otros conocidos de él. La otra cosa, es que cuando tengan oportunidad de leer estos testimonios, que sepan y piensen que semejantes atrocidades fueron cometidas aquí, en esta tierra, que eso que las historias oficiales han pretendido encubrir pretextando que acá había dos“demonios”, es una falsedad histórica completa, con la que se ha pretendido justificar un premeditado plan criminal ejecutado por el terrorismo estatal.

El caso de otro de nuestros desaparecidos, el tano Salvador Privitera es también elocuente de aquella época de terrorismo estatal que ya sufríamos en Córdoba bajo la ilegal Intervención Federal impuesta tras el golpe de Estado policial en la Provincia , el 27 de febrero de 1974. El tano Privitera era uno de los practicantes que vivía en el hospital. En un momento de ese año 1974, enfermó: presentaba hemoptisis y tuvo que ser internado. Alguno de esos infaltables espías de los que infectaban todos los centros de trabajo, le pasó el dato a las fuerzas represivas que había internado un supuesto “guerrillero herido”. El hospital fue rodeado e invadido por tropas de asalto y fue llevado preso. No recuerdo en qué momento pudo obtener la libertad. Ya durante la dictadura, regresó al país para continuar la lucha. Privitera fue secuestrado y desaparecido el 1° de noviembre de 1980 junto a su pareja, una periodista llamada Toni Motta.
Otro caso elocuente del terrorismo estatal en ese período de formalidad constitucional pero de ilegalidad institucional, fue el crimen de Delia Burns, la Yiyí como le decíamos, y su marido, José Scabuzzo, que era operario de IKA Renault y delegado gremial de SMATA. Yiyí Burns era practicante en la guardia del Dr. Jorge Bepre. Se recibió rindiendo Medicina Legal en septiembre de 1975. La mañana del 19 de septiembre, supimos la noticia que había sido secuestrada de su casa. Inmediatamente nos movilizamos hacia el Colegio Médico, al que exigimos declarase el estado de alerta de todos los profesionales de la provincia para exigir su aparición.

Lamentablemente, horas después supimos de la aparición de sus cadáveres y que habían sido llevados a la morgue policial del viejo Hospital San Roque. Fuimos un grupo grande hacia allí y recuerdo aún cómo el negro Bepre, irrumpió en la sala de autopsias y los demás lo seguimos. Los cadáveres estaban a la vista nuestra.

El médico legista actuante se vio sorprendido. Intentó que desalojáramos el lugar, pero nos presentamos como los colegas de la víctima. Era el titular de la Cátedra de Medicina Legal, creo que se llamaba Mercado. Ante tal situación, el hombre, a pesar de ser miembro de la Policía , se quebró. Nos confesó que días antes él mismo le había tomado el examen a la Yiyí Burns y admitió que su muerte se había producido por el destrozo de su cráneo con golpes terribles. Igual a su marido. En el hospital, declaramos la huelga. Realizamos una masiva asamblea y algunos exigimos la presencia del jefe de personal, un tal Jorge Omar Heredia, al que las autoridades del hospital habían colocado tiempo atrás. Muchos de nosotros lo acusamos de ser el victimario, porque sabíamos que su oficio no era sanitario sino espía policial. Algunos exigíamos su renuncia inmediata, pero otros, titubeantes en esos momentos trágicos, alegaban que no teníamos “pruebas”.

El sujeto intentó defenderse. Durante un día y una noche velamos el féretro de Yiyí Burns en el hall de entrada. Las famosas “pruebas” que nos reclamaban timoratos cómplices, aparecieron tiempo después. El criminal, Jorge Omar Heredia fue casualmente capturado en ocasión de un robo. Era un agente de la siniestra triple A organización armada paralela a la policía creada para sembrar terror y muerte. Hoy día, está condenado por una sentencia judicial como crimina de lesa humanidad.

Otro de los desaparecidos también era discípulo del Dr. Roland en el pabellón 3. El Héctor Araujo, a quien el Sopa Guidot había bautizado con el mote de “Cara e’ caballo de ajedrez”, porque decía que su perfil se parecía mucho. Héctor Araujo fue también un luchador social y gremial. Participó activamente en el Movimiento de los Médicos No Rentados e igualmente obtuvo su puesto con aquella lucha. Además, junto a otros compañeros, participaba en las luchas por la salud de trabajadores tan precarizados como los pirujas (así se denominaba en esa época a lo que ahora se llama cartoneros) y atendía en una clínica que esos trabajadores habían conformado. Entre mayo de 1973 y febrero de 1974, Héctor Araujo fue asesor en Salud Pública del gobernador Ricardo Obregón Cano, hasta que el gobierno fue derribado por un golpe policial. ¡Entre 1966 y 1983 en Córdoba hubo apenas 9 meses de gobierno constitucional! En septiembre de ese año, fue asesinado el vicegobernador derrocado, que era el dirigente sindical de la UTA , Atilio López junto al compañero Juan José Varas. Héctor fue secuestrado el 24 de abril de 1976, junto a su compañera, Liliana Marchetti, que era practicante y luego médica en este hospital.

Eduardo Araujo era hermano menor de Héctor, practicante del hospital que participaba en las luchas por sus reivindicaciones. Oscar Guidot lo había bautizado como “Virulana”, porque tenía la cabellera con rulos que nuestro humorista asemejó a una virulana. Ese apodo llegó a ser conocido por los temibles represores y así figura en algún reporte que pude leer de los servicios de espionaje. Tuvo que huir de Córdoba y fue secuestrado en Tucumán en septiembre de 1976.

Horacio Álvarez era oriundo de General Pico, La Pampa. Practicante primero y después médico del Pabellón 5, trabajaba igual que Guidot para ganarse el sustento como zorro gris en la Municipalidad , donde también compartían el activismo sindical. Su rostro rubicundo fue la razón para que el Sopa le estampase el mote de “Pavo e’ chacra” que nos hacía reír a todos. Horacio fue secuestrado el 13 de abril de 1976 y llevado al campo de concentración La Perla , en donde muchos testimonios revelan la magnitud de su valor y humanidad: él mismo, brutalmente torturado, ayudaba a curar las heridas de otros prisioneros. Su esposa, Nora Méndez, primero practicante y después médica del Pabellón 5, sobrevivió a ese secuestro y sus testimonios pueden ser leídos. Se sabe que Horacio fue asesinado en febrero de 1977.

Fernando Florez ingresó como practicante por esa época en el pabellón 6 y allí lo conocí como un estudiante muy aplicado y también se sumó a las luchas gremiales del sector. Florez era pelirrojo y bastante pecoso. El Sopa Guidot lo apodó “Tallarín con tuco” y de ahí en adelante lo llamábamos Tallarín. El día que las tropas asaltaron el hospital, me pidió que le ayudase a esconder folletos del Centro de Practicantes. Flores continuó su lucha contra la dictadura y fue abatido por las tropas del III Cuerpo de Ejército el 17 de agosto de 1976.
Adriana Haidar era practicante en el Pabellón 6 y luego de graduarse, dejó el hospital y la ciudad. Supimos que había ido a trabajar a Mendoza. Adriana no había desarrollado activismo gremial en nuestro hospital. Ella era hermana de Ricardo René Haidar, un militante político que fue uno de los tres sobrevivientes de los fusilamientos de presos políticos que habían ocurrido el 22 de agosto de 1972 en Trelew durante la dictadura de Lanusse. Perseguida por la represión, se radicó en Quilmes junto a su hermana Mirta Malena. Allí fueron secuestradas ambas el 27 de febrero de 1977. Años más tarde, también sería desaparecido su hermano. Como ustedes ven, familias enteras destrozadas.

José Luis Boscarol, conocido familiarmente como el Chanchón, fue cronológicamente el primero de los caídos entre los médicos del Rawson. Nos graduamos el mismo día, el 19 de abril de 1972. Era oriundo de San Francisco e ingresó al Rawson poco tiempo después que yo, en el pabellón 5. Juntos trabajamos en el dispensario de la villa Barranca Yaco, en el Bajo Pueyrredón. Él después vivía y atendía en otro dispensario por Villa Libertador. Boscarol participó en una acción insurgente y en la madrugada del 11 de agosto de 1974, el vehículo que conducía, perseguido por móviles policiales, se accidentó y volcó en las cercanías de Alta Gracia. Quedó gravemente herido y fue llevado a una clínica. La represión lo hizo aparecer como muerto en el accidente, pero eso es falso, porque él llegó con vida al centro asistencial y las autoridades impidieron a sus familiares abrir el féretro.

Carlos Francisco Guidet ingresó en nuestro Pabellón 6 como practicante. Fue uno más que se sumó a las luchas reivindicativas. No recuerdo en qué momento se graduó, pero el destino nos encontró tiempo después en la ciudad de Buenos Aires, donde lo veía esporádicamente. Trabajaba como médico en el Hospital Castex. Vivía en una pensión y allí fue secuestrado el 5 de agosto de 1977. Hay informaciones no totalmente corroboradas que habría estado en el mismo campo de concentración El Vesubio.
A esta enumeración seguramente incompleta, hay que añadir otros nombres tan valiosos como los anteriores. Uno es el ya mencionado Jorge Bepre, ejemplar jefe de guardia y también integrante de nuestra Asociación Médica, que padeció prisión durante casi toda la dictadura. Al recuperar su libertad, se radicó en Villa Dolores. Infatigable luchador por la salud y contra la mercantilización de la medicina, Bepre fue asesinado por mafias del negocio médico en 1996.

No puede faltar en este homenaje, la mención del Dr. Ricardo Mora, veterano médico del pabellón 6, que fue capturado por la dictadura y tiempo después liberado. Él mismo me relató en 1986, su paso por la siniestra D2, donde vio y habló con el jefe de esa fuerza de tareas de asesinos, el siniestro Raúl Telleldín, a cuya madre había atendido mucho tiempo atrás. Mora fue mucho tiempo presidente de nuestra Asociación Médica Gremial y un puntal en la defensa del trabajo médico y del hospital público. Tampoco podemos olvidar la memoria del Dr. Silvio Arroyo, quien desde sus épocas de practicante y después ya como médico, fue un destacado luchador, razón por la cual, también fue prisionero de la dictadura y sobrevivió a un campo de concentración. Y también corresponde evocar al mencionado Dr. Víctor Roland, que además de un formador en nuestra profesión, fue un inestimable apoyo espiritual y moral en todas las difíciles circunstancias. No por casualidad, Roland fue cesanteado por la dictadura. En las fichas de los genocidas, figuraba como supuesto “ideólogo marxista”. Roland decía en su círculo íntimo: “Estos cretinos mataron a los mejores, a los buenos, a los lúcidos, mis discipulos, mis amigos. Estoy solo y no voy a parar de hacerles un buen quilombo”.

En un acto de arrojo temerario y casi irracional, ese profesor universitario de más de 50 años, se fue solo a la sede del III Cuerpo de Ejército y reclamó infructuosamente entrevistarse con el jefe de los genocidas, el chacal general Luciano B. Menéndez, que, por supuesto, no lo recibió. Un par de días después, cuatro represores lo vinieron a buscar aquí, al Pabellón 3 que él dirigía. Fue llevado a la siniestra D2. le mostraron fotos de muchos de los desaparecidos del Rawson y le preguntaron si los conocía y si sabía dónde estaban, a lo que Roland respondió identificando las fotos y diciendo que si ellos no sabían dónde estaban cómo lo iba a saber él. El maestro que nos enseñó a ver una fascies leonina en un paciente al que aún no le habían diagnosticado lepra y que nosotros, sus discípulos no veíamos, supo mofarse y desafiar a los cobardes.

Mujeres y varones de las nuevas generaciones: estas mujeres y estos hombres que hemos evocado, trabajaron en este mismo hospital, atendieron en sus salas y consultorios igual que ustedes, estudiaron y pasaron noches y días al pie de la cama de sus pacientes. Y además lucharon por elevar el nivel asistencial y sanitario del pueblo y aplicar la ciencia al servicio de la salud y no del lucro personal. Esos son los que el régimen intentó descalificar como “demonios”. Muchos de ellos asumieron por decisión y elección propia una definición y una identidad política. Esto debe ser respetado y no ocultado. De entre nuestros desaparecidos, Guidot, Yiyí Burns y Boscarol integraron el Partido Revolucionario de los Trabajadores.

Héctor y Eduardo Araujo, Liliana Marchetti, Adriana Haidar y Privitera, fueron miembros de la organización Montoneros. Alvarez y Flores participaban en la Organización Comunista Poder Obrero. Carlos Guidet, cuando lo conocí pertenecía al Peronismo de Base y cuando lo vi la última vez, integraba el PRT.

Ellas y ellos, y otras y otros cuyas pertenencias no conocemos, habían asumido un sueño de redención social. Sus nombres no deben permanecer en el anonimato. Un hospital, un dispensario, una sala, un aula, una biblioteca, bien puede y debe evocarlos para que sus vidas permanezcan en el saber colectivo. Si ellos permanecen en nuestra memoria, entonces podremos tener Historia.

[1] Médico del Hospital Rawson (mayo 1972-noviembre 1975)

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