Candidatura d’Unitat Popular (CUP): el sujeto colectivo lo es todo…

Frente al individualismo y a la jerarquía “a la que aboca la institución”, Anna Gabriel y Mireia Vehí reivindican liderazgos feministas y modos de hacer política que pongan en el centro los intereses del sujeto colectivo.

Anna Gabriel-Pikara Magazine

Mireia Vehí y Anna Gabriel antes de la manifestación de Feministok Prest!!, contra todas las expresiones de la violencia machista (Gasteiz, 9 de abril de 2016).

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Para Anna Gabriel y Mireia Vehí, diputadas en el Parlamento de Catalunya por la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), el sujeto colectivo “lo es todo”. Aunque la dinámica institucional y los medios de comunicación pongan el foco en ellas, mantienen que son solo “una pieza de un engranaje mucho más grande y complejo”: “No nos sentimos haciendo algo más importante que cualquier compañera militando en otro lado de la izquierda independentista y de la izquierda anticapitalista. Hay muchos frentes abiertos y todas las tareas tienen un valor equiparable”.

Vinieron a Gasteiz para participar en la charla ‘Putas, rojas y malfolladas’, junto a la diputada de EH Bildu Onintza Enbeita. El acto estuvo enmarcado en un ciclo sobre las mujeres en la política, organizado por esa coalición. Aprovechando su visita, se sumaron a la multitudinaria manifestación contra la violencia machista Feministok Prest!! 11 eraso 12 erantzun. ¡Vuestras agresiones tendrán respuesta!

¿Podemos hablar de liderazgos feministas en puestos de responsabilidad política?

Anna Gabriel: Tendría que haber mucho más liderazgo feminista, teniendo en cuenta el tipo de mujeres con cargos de representación. Las hay que tienen la trayectoria, la legitimidad y el espacio político como para expandir el discurso feminista. Sin embargo, la lógica perversa de partido, electoral e institucional hace que el feminismo se disimule, se esconda un poco. Tienes que estar permanentemente justificándote, combatiendo cuestiones burdas del tipo ‘¿Vosotras queréis el machismo pero al revés?’ Hay mil frentes y este, al final, no se prioriza.

Mireia Vehí: Aparte de los liderazgos concretos de mujeres potentes, otro reto nuestro es colectivizar el liderazgo feminista en esos palacios de hielo, a través de figuras corales, de rotación de portavoces, de la distribución de temáticas desde la cooperación o de la capacidad de ser versátiles. Hoy sale una y mañana, otra. Que nadie sea la persona única de referencia pero, a la vez, que ocupe espacios según sus habilidades y capacidades. Trabajar así no es fácil, porque la institución te lleva a otra cosa: a querer cooptar y al reconocimiento individual.

Anna Gabriel: Si vienes de una trayectoria forjada en currar mucho porque te lo crees y en no buscar nada que no sea contribuir a trabajar por las apuestas comunes, es difícil que la institución te absorba. Si no, las perversidades del sistema te pueden acabar comiendo. La lógica potente y rompedora es que la feminista que está en el movimiento antifascista o en la casa okupa actúe igual cuando está en la institución. Eso tiene que ver con no querer figurar, con entender muy bien el trabajo en red y con seguir pensando que la institución es un espacio más desde el que luchar, ni mejor ni más interesante, y no una plataforma de privilegio.

Mujeres candidatas en iniciativas municipalistas afirmaron que “en este momento histórico estamos asistiendo al ocaso de los modelos masculinos hegemónicos en las formas de relacionarnos en los espacios políticos”. ¿No es mucho decir?

A.G.: ¡Es muchísimo decir! Están apareciendo nuevos sujetos, pero los roles tradicionales siguen ahí y, a lo mejor, con más fuerza porque se ven amenazados. En mi opinión, no podemos decir que se está desmontando lo viejo, aunque sí que cada vez hay más gente con ganas de que nazca algo nuevo. Por otro lado, el ámbito político de representación está pensado para afianzar lógicas jerárquicas, nada acompasadas con lo colectivo y lo asambleario. Los ritmos determinan una improvisación y una actitud frívola incompatibles con tomas de decisiones pausadas. Lo normal es que te amoldes a ese paradigma hegemónico.

M.V.: Tenemos que aprender de lo que pasó en los 80 y en los 90 con las mujeres que comenzaron a asumir puestos de responsabilidad política. Reconociendo el valor que eso representó, adoptaron modelos de empoderamiento muy masculinizados y mantuvieron los roles y las expectativas de siempre. Habían logrado estar en el sitio tradicionalmente reservado a los hombres, pero eso no era suficiente. Es como las cuotas; aunque son necesarias, lo que debemos cambiar es la división sexual del trabajo, para que las mujeres dejemos de estar sujetas al trabajo reproductivo y podamos optar a hacer lo que nos dé la gana. La institución aboca al individualismo y a la jerarquía; cambiar caras y poner mujeres potentes con trayectoria política no vale por sí solo.

¿Cómo resolvéis la tensión entre colaborar con los movimientos sociales para introducir sus reivindicaciones en la agenda política y el riesgo de descapitalizarlos?

M.V.: Reflexiones sobre esto están todo el rato encima de la mesa. En los municipios, las alianzas entre los movimientos y la CUP salen de forma natural, porque la CUP viene de ahí y es donde tiene el peso político. La relación entre la institución y la calle se construye cotidianamente y el poder-contrapoder va pasando por distintas fases desde hace muchos años. A nivel nacional, las diputadas somos muy respetuosas con las diversas expresiones de la izquierda independentista y eso contribuye a que nuestra organización acabe siendo permeable. Desde el respeto y el cuidado se genera confianza en la gente. Yo, sin ir más lejos, estoy de diputada pero nunca había tenido el carné de la CUP. He sido una persona de movimiento organizado, entrando y saliendo de la CUP cuando se me necesitaba.

¿Y las contradicciones entre ser un partido político y ser movimiento social?

A.G.: La llamada ‘transición’ nos debería servir de alarma; ¿la institución y los partidos absorbieron de buena fe a todos esos dirigentes antifranquistas o tenían la intención de vaciar un claro foco de contrapoder? Ahora, ante los nuevos actores políticos, estábamos sobre aviso y hemos repetido bastante ciegamente. Es lógico escuchar a alguien de la institución decir que quiere dentro a los mejores, que son quienes han estado currando en la calle. También es lógico que alguien del movimiento social quiera entrar en la institución para llevar a cabo un proyecto que reivindicó durante mucho tiempo. ¡Pero fíjate qué individualistas son ambas lógicas! Tenemos que analizar qué poco ‘movimiento’ somos. Con una buena salud organizativa, decidiríamos colectivamente qué ponemos en cada sitio, qué priorizamos. ‘Tú no vas a ir a las listas porque, si no, el movimiento de estudiantes se decapita’ o ‘No puedes fichar a este de jefe de prensa, porque se nos va al garete el proyecto de comunicación alternativa’. Eso sería lo realmente transformador. A niveles más pequeños, en pueblos de 7.000 ó 10.000 habitantes, de dimensiones de relación más humana y sin foco mediático, eso sale de forma más natural. Si somos movimiento y vector de transformación, tenemos que hacer las cosas de diferente forma a como se hicieron hace 40 años.

¿Cuánto pesa el sujeto político colectivo?

A.G: Lo es todo. Ir a las listas para acabar siendo concejal o diputada nunca es una decisión individual. Tenemos muy presente que, desde ese mismo momento, somos solo una pieza de un engranaje mucho más grande y complejo. Sin embargo, la dinámica institucional pone el foco en dos o tres cabezas visibles. Se nos interpela constantemente con cuestiones a las que no deberíamos responder porque, aunque tenemos opinión personal, la que cuenta es la construida por el sujeto colectivo, que a lo mejor aún no se ha posicionado al respecto. Esto nos exige mantener el equilibrio entre no contestar todo el rato ‘Esto no lo hemos hablado’ o ‘Esto no lo hemos decidido’ y tener mucho cuidado y conexión con nuestra gente. Debemos responder lo que dice el grupo de refugiadas, por ejemplo, no lo que a nosotras nos parece que tendríamos que hacer o lo que podamos tratar en el grupo parlamentario. Esa es, a lo mejor, la gran diferencia con otros partidos.

Hay quien, por eso, os tacha de ineficaces e ineficientes.

A.G.: Lo que no es nada eficiente es que un señor o un grupo de cinco o seis tome una decisión sin tener ni idea, pero ni idea, de lo que piensan sus militantes. Decir algo porque lo dice tu gente da mucha tranquilidad; yo no sé cómo se siente ese señor cuando responde a las preguntas…

¿Y cuánto pesa la fama?

M.V.: Tenemos el cordón de seguridad colectivo de pasar un poco…

A.G.: …fue el principio de una conversación interesante que debemos retomar. Somos conscientes de que a cualquiera nos podría llegar a gustar la notoriedad y el punto atractivo del ‘éxito’, como le ha pasado a tanta gente. También está el riesgo de convertirnos, sin darnos cuenta, en los personajes que construyen los medios. Para alertar de eso, es necesario hacer un ejercicio colectivo, no puede depender solo de que cada cual crea que lo está llevando bien.

Mariluz Esteban plantea que, por parte de las feministas, organizadas y no, el apoyo a las feministas en puestos de responsabilidad y la crítica por las divergencias ideológicas deberían ir a la par.

“Se nos interpela constantemente con cuestiones a las que no deberíamos responder porque, aunque tenemos opinión personal, la que cuenta es la construida por el sujeto colectivo, que a lo mejor aún no se ha posicionado al respecto”

A.G.: Más que pedir nosotras acompañamiento y red, tendríamos que analizar entre todas cómo nos organizamos. Deberíamos plantear encuentros, talleres e intercambios entre feministas de las instituciones y de la calle, para hablar sobre cómo resolvemos este encaje específico, que está relacionado con tener que remover más obstáculos, con los cuestionamientos, con una campaña de insultos… Creo que ni los movimientos sociales ni la CUP lo estamos abordando desde esa perspectiva. De nada nos sirve que las compañeras que estén en el ámbito institucional acaben haciendo un relato muy negativo de su vivencia. De nada nos sirve pensar que tenemos que seleccionar a ‘las más valientes’ o que mejor abandonamos estas batallas.

¿Qué pinta adopta el machismo en la institución?

M.V.: La institución y sus dinámicas son patriarcales: las formas de comunicar, las estructuras internas, las relaciones con la gente de los otros partidos, las jerarquías… Además de lidiar con eso, partimos de tener que demostrar el doble para que se nos reconozca la pertenencia a ese sitio porque de entrada se nos ubica en otro, como los feminismos han señalado innumerables veces. Antes de las elecciones hablamos largo y tendido sobre las dinámicas parlamentarias con la compañera y los dos compañeros que estaban antes. Isabel [Isabel Vallet i Sànchez] nos avisó de que a ella nunca le hacían preguntas por lo que, tras una reflexión colectiva, acordaron que fuera ella la que hablara. Por otro lado, cada vez que se da una situación de tensión, la caverna desencadena toda la maquinaria y nos ataca por ser de izquierdas, por cuestionar el régimen, porque somos mujeres y feministas y porque, además, lo decimos.

A.G.: Sin ánimo de individualizar el tema, pongo un ejemplo. Yo soy la portavoz del grupo parlamentario. En su lógica, hay dos cargos importantes en el parlamento: presidente y portavoz. A mí me puentean permanentemente. Si yo fuera un señor, no me saltarían. ¿Saltarte al portavoz del grupo parlamentario? ¡Imposible! En la pasada legislatura, a nuestra diputada se la invisibilizó todo el tiempo. En esta, no han podido hacer lo mismo con nosotras y, entonces, nos han insultado. Esa ha sido la moneda de cambio: ‘Si queréis marcar perfil os vamos a machacar’. Como tampoco pueden estar todos los días insultándonos, ahora nos saltan. Es otra violencia simbólica.

Una treintena de mujeres de la CUP y de organizaciones de la izquierda independentista y anticapitalista catalana responden a la campaña de agresiones machistas (Barcelona, enero de 2016)

“Soy puta, traidora, amargada y malfollada”. Aquel ejercicio de inversión performativa fue muy potente.

A.G.: Me impactaron mucho mis compañeras. Yo no había oído de su voz los insultos que habían recibido y salí con la voz rota al escucharlas. Como a mí no me habían afectado, no había dedicado tiempo a pensar en ellas. Sin embargo, cuando salimos ahí, me di cuenta de que esta campaña de insultos perfectamente le podría haber inquietado o hecho sufrir a alguien.

M.V.: Para mí fue uno de los momentos más bonitos de cuidado. Como decíamos, la institución individualiza las experiencias, los sentires, los pesares… Frente a eso, el acto fue un ejercicio colectivo de decir: ‘Ni somos solo diez, ni vamos solas, ni me están insultado solo a mí. Están insultando a la izquierda anticapitalista, al movimiento independentista, al feminista y a las mujeres’. Nosotras, en la CUP, tenemos suerte porque somos 12 ó 15 en la oficina y funcionamos de modo muy familiar, pero todo va muy rápido y hay que estar siempre en la primera línea, así que a veces es fácil sentirte sola o sola colectivamente. Fue un acto precioso porque lo montaron las compañeras de la izquierda independentista y el movimiento feminista se cuadró.

A.G.: También queríamos reivindicar lo que hemos venido a hacer. Nos están insultando por defender la sanidad y la educación pública o un modelo de territorio sostenible. Que hablen de nuestras apuestas políticas y de nuestra ideología, no de nuestra talla de pantalón. Había una voluntad de expresar que no venimos a presentarnos como víctimas, ni a llorar ni a quejarnos. Somos muy conscientes de que en este país hay cantidad de gente que está dando lo mejor que tiene. Hay quien ha dado su vida por lo que piensa. Por eso yo recordé a los antifascistas Carlos Palomino y Guillem Agulló. El sistema puede ser atroz, salvaje y demoledor.

¿De qué manera integra la CUP la diversidad sexual y de género en su agenda política?

“Nos están insultando por defender la sanidad y la educación pública. Que hablen de nuestras apuestas políticas y no de nuestra talla de pantalón”

A.G.: En Catalunya hay un movimiento LGTBI con larga tradición, muchas expresiones y muy activo. Poder aprovechar toda esa riqueza organizada es un privilegio; nos construyen la agenda con una soberanía total.

Anna; hablas de “feministas intuitivas”, ¿las que lo son y no lo saben?

A.G.: No las vemos porque no están constituidas, pero ellas sí que son manada. El feminismo intuitivo es la organización mayoritaria. Pienso en abuelas y en madres que han hecho lo que ni se imaginan para contribuir a transmitir una fuerza, una conciencia, una forma de vivir, de protestar, de intransigir. Son mujeres que no se definirían como feministas y que, sin leer nada, han impactado mucho y han provocado réplicas. Me acuerdo cuando mi abuela me decía, casi en voz baja para que no nos oyera nadie: ‘Si tu hermano no hace la cama, tú no tienes por qué hacerla’ o ‘Tú siempre con la cabeza bien alta’. Era pequeña y no sabía muy bien lo que quería decir. Me creía que tenía que ver con algo físico de subir la barbilla (risas). Pero ahí quedaba eso… ¡Tenía el mismo efecto que leerte El segundo sexo a los 18 años! Mi abuela era analfabeta y creo que es uno de los aprendizajes más potentes que me han transmitido nunca.

¿Cuánta renuncia le supone a una feminista desempeñar un cargo de responsabilidad?

M.V.: Todas las mujeres militantes, se definan o no como feministas, renuncian a mucho más que sus compañeros, militen en el gaztetxe o sean concejalas. Nosotras no nos sentimos haciendo algo más importante que cualquier compañera militando en otro lado de la izquierda independentista y de la izquierda anticapitalista. Eso está relacionado con nuestra mirada feminista de la política; hay muchos frentes abiertos y todas las tareas tienen un valor equiparable.

A.G.: Además del enfoque feminista, a mí me gusta ponerle a todo el internacionalista. Si tú tienes medio presente cada día, al entrar por esa puñetera puerta del Parlament, la realidad de muchas mujeres en el mundo, tu lógica de coste- beneficio desaparece. Un día la cruzas pensado en las kurdas. Otro día, en las afganas… ¡Fíjate si tienes planeta por recorrer! ¿Cómo yo, en mi situación, no voy a poner todo lo que tengo? ¡Si hay crías a las que están lapidando por ir a la escuela!

¿Algo recurrente que os quite el sueño?

M.V.: Intentamos hacer política sin perder la honestidad precisamente para poder dormir tranquilas y poder mirarnos cada mañana al espejo.

A.G.: Yo duermo bien, intento estar despierta para pelear cada día. Lo que me puede llegar a quitar el sueño tiene bastante poco que ver con el trabajo en la institución, como las amenazas en la Universidad de Valencia la noche anterior al homenaje a Guillem Agulló.

fuente http://www.pikaramagazine.com/2016/05/la-institucion-es-un-espacio-de-lucha-no-una-plataforma-de-privilegio/
Pikara Magazine (19-05-2016)

enviado por novedades@nodo50.org
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