Argentina: Capitalismo de la devastación

Por Silvana Melo

(APe)

Hubieran sido un espectáculo juntas: Micaela amaba el patín. Y Milagros, el baile. Habían nacido en el mismo año. Y podrían haber armado juntas la fiesta que debió haber sido la vida. Aunque una viviera en una casita tucumana de La Cocha, con puerta trasera de nailon negro. Y la otra en Bahía Blanca, con modesto cuarto de muñeca y alto celular. Doce años tenían. Las dos. En una tierra brava donde se mata a las nenas por mujeres. Y por nenas. En una tierra brava que no tiene fronteras sino tentáculos sistémicos que determinan qué niños tienen que morir para que todo siga como está y nadie se anime a dar vuelta el mundo como una media. Y qué niñas tienen que morir para que todo el mundo recuerde que el poder es patriarca, capital y dios.

Milagros se quedó sin futuro ni carnaval. Elástica en la comparsa, contorsionista en la tela. Esa noche estaba sola y dormía. El hombre pudo entrar porque la puerta trasera era de nailon. Y ella vivía y dormía en un mundo enorme sin límites fronterizos. Ni medianeras para la muerte. El hombre era conocido. Había sido pareja de su madre. Primero vulneró su esquina de dar vida, su semilla de mujer aun en retoño. Y después la murió, como se mata a las flores silvestres.

Micaela se quedó sin ese deslizarse por las calles cortadas de la vida. Por donde la llevaban los patines, curiosa en ese despertar a tanto mundo. Pero el peligro acecha en todos lados. El capitalismo tira hilos, enhebra, hilvana, teje, desliza. Y atrapa. En la calle o en el cuarto. En el baldío o en la pantalla. Construye un mundo falaz donde es muy simple ser otro. Donde la mentira es la herramienta de seducción. Y el antifaz globalizado permite llegar a quienes en la plaza o en la vereda sería imposible.

En ese patio de la impostura que es el Facebook, donde los lobos se visten de princesa y los monstruos hablan como niños. Allí donde se comparte con multitudes en la soledad de un cuarto. Y donde los androides del sistema, quebrados, atravesados por la miserabilidad pero ordinarios, grises, parecidos al resto, se disparan de pronto como una máquina dislocada y matan a las niñas por niñas, por mujeres, por infancias, por carrillones alegres y bellos puestos para mejorar tanto amanecer oscuro.

Donde los hombres cercanos, padres, tíos, padrastros, se convierten en un peligro pavoroso. O aparecen en los chats con nombres de chicas de 12 (Rochi de River para Micaela), amigas a las que se puede confiar la discusión de anoche y pedirles refugio. Quién no soñó con embolsar muñeca, remera y zapatillas e irse de casa en el momento justo en que la infancia es una ruta libertaria. Y hay mil mundos inexplorados que prometen ser mejores.

Te va a ir a buscar mi primo, le escribió Rochi a Micaela. Que en realidad era Jonathan Luna. Los dos: Rochi y el primo eran Jonathan Luna. Flaco, menudo, pelo llovido, cara pequeña de rasgos filosos, cara de haber crecido con poco nutriente. Como el pibe que mató a Guadalupe (también de 12 años) en Rosario. Tiene 16 y fue construido pacientemente para destruir y destruirse.

Jonathan Luna estaba preso. Vio la calle en 2014 en una salida transitoria. No volvió y nadie lo buscó. El sistema funciona con lo disfuncional del sistema. Quien debe estar preso mata a una nena. Entonces aparecen los coreutas de la mano dura. Y piden penas terribles, muerte y ajusticiamiento en plaza pública: el sistema funciona con su disfuncionalidad. Cuando apareció el cuerpo de doce años, al borde de una ruta, como se arroja a la mujer y a la infancia, como basura que alguien recogerá, un pelotón de vecinos –tal vez alguno de ellos haya puesto en tela de juicio moral a Micaela mientras no estaba- incendiaron la casa de Luna. Se quitaron la indignación instintiva, vomitaron su inercia violenta y se fueron a casa, a preparar mate. La justicia suele ser un valor divorciado de las instituciones.

Dicen que Micaela dejó una carta antes de irse. Que inexplicablemente fue a parar a los medios bahienses. En una intrusión infame en la intimidad de Micaela, 35 días desaparecida. Y mientras un puñado de personas caminaba las calles de Bahía con un altavoz, pidiendo que la devolvieran y leyendo artículos de la ley de protección de la infancia y del pacto de San José de Costa Rica, los medios construían una imagen fácilmente estigmatizable. Se habló de la sexualidad de Micaela (como se habló en su momento de la sexualidad de Candela Sol Rodríguez, de once años), de lo que decían que fumaba, de su calidad de hija. Como habló Clarín de Melina Romero antes de que apareciera destrozada. Como se busca en el cuerpo de la mujer, en el cuerpo de la infancia, la culpa del horror.

Mientras se achicaban las marchas por su aparición, los buenos ciudadanos y los medios ad hoc se quejaban de que la zona liberada
que provocaba la búsqueda disparaba la inseguridad en la ciudad. “Seguro que se fue porque quiso”, decían en las esquinas. Al paso del altavoz que hablaba de derechos cuando hacía días ya que Micaela estaba muerta, al borde de una ruta. No tuvo derechos cuando estaba viva ni cuidado cuando estuvo en peligro ni vida cuando tenía el mundo por delante, para hacerlo de nuevo.

Micaela y Milagros estaban solas. Una, en su cuarto. La otra, en la casa. Las dos, solas y vacías, como deja la vida cuando empieza a asomar y la locomotora existencial pasa por encima.

Cómo se hace a los doce para suplir ese vacío. Para engañar a la soledad, que es vieja y ladina. Sin caer en los terrones de azúcar sistémicos. En los espejismos, en la calle virtual y acechante del Facebook, en lo que puede fumarse, en lo que puede aspirarse, en toda la oferta de muletas para la conciencia que jamás suplantarán la palabra y el abrazo.

Cómo hacen las chicas, las pequeñas mujeres, cuando la inocencia se hace mínima y sombría en sus perfiles en las redes, cuando sus cuerpos nacientes se vuelven territorio de conquista y venganza, cuando se quedan tan solas.

Cuando el capitalismo de la desolación elige apenas a un puñado para los privilegios. Y deja al resto a la buena de dios, patriarca y capital. Que nazcan como puedan, que crezcan como puedan. Que mueran como el capitalismo de la devastación mande.

Hubieran sido un espectáculo juntas: Micaela amaba el patín. Y Milagros, el baile. Habían nacido en el mismo año. Y podrían haber armado juntas la fiesta que debió haber sido la vida. Que se acabó a los doce. Temprano y de cuajo. Muertas y matadas por niñas. Por mujeres e infancias.

fuente:  http://www.pelotadetrapo.org.ar/2013-09-05-12-30-19/2016/3109-capitalismo-de-la-devastaci%C3%B3n-2.html

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