…última soledad en alta mar: Sin voz

__sin voz_

Sin voz
     Javier Couto

 

Yo conocí aquel hombre y cuando pude,
cuando ya tuve ojos en la cara,
cuando ya tuve la voz en la boca
lo busqué entre las tumbas, y le dije
apretándole un brazo que aún no era polvo:
«Todos se irán, tú quedarás viviente»

PABLO NERUDA

 

Oh Barbara
Quelle connerie la guerre
Qu’es-tu devenue maintenant
Sous cette pluie de fer
De feu d’acier de sang

JACQUES PRÉVERT

 

por

El primero, mucho antes de la oleada inconsolable, llegó a la cala Poseidón un lunes de mañana. Lo vi flotar desde lejos como un fantasma pardo y pensé en otras islas, Kálimnos, Lesbos, Samos, nombres también llenos de sol que empezaban a conocerse por lo mismo. Bastaron unos minutos para que los otros aparecieran. Casi sin comprender pagué el desayuno y bajé a la cala, donde apenas tres locales desafiaban el viento frío. Conté los catorce cuerpos incapaz de sentir algo preciso, mientras recorría los cantos rodados hacia uno de ellos. Me detuve en los rasgos suaves, el pelo de aserrín que le cubría fatalmente la frente; del cuello helado colgaba un chupete azul. No tenía más de un año. Pensé en Chloé jugando en un parque en París o durmiendo en la cama con Monique, y durante una hora me quedé en silencio junto al bebé, intentando comprender, pensando estúpidamente en lo que me había llevado a la isla (un número especial de una revista de turismo) mientras todo continuaba detenido en esos cuerpos edematosos, en el cielo sucio de la tormenta nocturna y el rumor del Egeo como única respuesta.

Cuando llegaron los policías apenas rompieron el silencio. Caminaron entre los cuerpos sin alcanzar a comprenderlo ellos tampoco, murmurando frases breves, calculando si estaban lo suficientemente equipados. El mayor se acercó al bebé. Lo vi levantar el cuerpo delicadamente e introducirlo en una bolsa negra de plástico, y noté que él también lloraba. A pocos metros un niño llevaba un flotador de piscina como chaleco salvavidas; dos cangrejos se alejaron cuando otro policía fue a recogerlo, y al acercarme para ayudarle me detuvo con un gesto; no supe qué decirle y él tampoco pudo hablar, porque ya el frío y el latigazo sordo de las olas no dolían, porque ya entonces no éramos más nosotros mismos, y no imaginábamos que más tarde avistaríamos más cuerpos y la lancha neumática oscilando a lo lejos, acercándose vacía a la costa.

Del resto del día quedan fragmentos, los policías cargando las bolsas negras, subiéndose sin hablar a las patrullas, y entonces un vacío rabioso, el Egeo de un azul incongruente, caminar sin rumbo por el pueblo costero, por plazas sin gente y comercios cerrados, hasta darme cuenta de que estaba en Nautilia, la única taberna tradicional abierta. Recién al tercer vaso de ouzo sentí la música y las manos heladas, vi al anciano rascando un buzuki maltrecho mientras otro canturreaba a su lado con voz aguardentosa; todo giraba en el calor turbio, con los gatos ovillados en las sillas mugrientas, las pocas palabras griegas que mi ignorancia filtraba, costa, muertos, policía, niños, mujeres, palabras hinchadas de tristeza, en la taberna no se hablaba de otra cosa, mirando el televisor de cuando en cuando a la espera de la noticia o una explicación aunque todos supiéramos lo que había sucedido en la maldita cala.

Pasaron muchas horas luego —en Nautilia con los locales, en la cala ventosa inspeccionando la embarcación encallada, en el hotel a solas— para que comprendiera que no había comido y que por alguna razón había fotografiado los cuerpos. Durante la videoconferencia nocturna, incapaz de frases coherentes, esquivé las preguntas de Monique aprovechando las canciones aprendidas por Chloé en la guardería, il était un petit homme, pirouette, cacahuète, y a cada risa estridente de Chloé emergía monstruosa la imagen del chupete azul sucio de arena. Supongo que Monique ya sabía entonces, que en sus preguntas se escondía el temor, aunque ella no hubiese estado en la cala esperando el milagro, masticando en silencio la infinita tristeza de morir sin gloria en una tierra desconocida, aunque no pudiese ver la cala como yo la veía desde mi habitación, forzándome a reír con Chloé, y en algún momento, porque ese lunes fue tan confuso como la bruma malva que desdibujaba entonces la cala, me encontraba en la orla apagada, botella de ouzo en la mano, sintiendo los cantos rodados bajo los pies desnudos. La silueta oscura de la lancha se imponía en la ensenada. Chillaron dos gaviotas y de golpe oí los chapoteos, una sombra que se movía frenética en el agua, y me lancé sin pensarlo; nadé sintiendo la ropa pegada al cuerpo hasta el niño que se ahogaba, y cuando pude socorrerlo, cuando al fin tosió roncamente agua y terror, quiso hablarme pero de su boca no salió ningún sonido. Me desperté gritando, comprendiendo lentamente —en la cama con escalofríos, abrazado al inodoro mientras veía correr la bilis— que era el niño del flotador de piscina. Imaginé a sus padres ajustándole el flotador, señalándole los pulpos estampados para calmarlo, y hasta que salió el sol me quedé en el sofá mirando fotos y videos de Chloé.

Cuando llegué a la estación de policía busqué en las miradas llenas de tedio al hombre mayor. «En la morgue», me dijo evitando el tema. «Todos», agregó molesto cuando le pregunté por el niño del flotador. En la morgue no me dejaron entrar; tampoco tenían datos sobre los muertos, aunque estimaban que eran afganos o paquistaníes; mi pregunta sobre el nombre del niño del flotador amarillo merecía el silencio.

Al mediodía en Nautilia, intentando olvidar frente a un plato ya frío de musaca, sentí la mano en el hombro.

—Ayer lo vi en la cala —me dijo el hombre; al girar reconocí a uno de los locales que había bajado cuando llegaron los cuerpos; vestía la misma ropa; sudaba.

—Yo también lo vi —dije.

—No —insistió—, lo vi ayer de noche cuando se lanzó al agua para salvar al niño.

Dudé de su inglés e intenté mi mejor griego, pero el hombre siguió hablando.

—No supe qué hacer —repitió—, por suerte usted se lanzó al agua, y en un momento me desperté… Fue horrible, lo que ha sucedido es terrible.

Pálido, temblando por momentos, me dijo que se llamaba Yorgos. Era pescador. Intenté explicarle que había tenido la misma pesadilla, pero el hombre seguía repitiendo que no había sabido qué hacer, y de golpe, sin comprender del todo, supe que no tenía sentido razonar con él.

El resto del día no conseguí trabajar; volví una y otra vez a esa noche artificial donde chapoteaba desesperado el niño del flotador, incapaz de mirar las fotos de los cuerpos, pensando en la fragilidad, en la inocencia, en esa última soledad en alta mar, y apenas había dormitado unas horas cuando me despertaron unos gritos en el pasillo del hotel. Bajamos en grupo a la cala Nimos, percibiendo a lo lejos una gran mancha naranja en el agua; al otro lado del espigón podía verse todavía la primera lancha encallada. De este lado sesenta o setenta personas desembarcaban en una zodiac bamboleante, llenando el aire de un movimiento confuso, salvavidas naranjas que iban siendo abandonados en la costa, niños llorando, muchachos que sacaban teléfonos cubiertos por preservativos y se tomaban una selfie con la lancha detrás mientras tres hombres la tajeaban indiferentes.

—La pinchan para que no los puedan remolcar de regreso.

Reconocí la voz de Yorgos, hundido en su chamarra gris, allí en la ensenada como si estuviese en otro lado, temiendo, como yo, como tantos locales, que en algún momento comenzaran a llegar cuerpos a la costa; pero pasó el tiempo y lo único que llegaron fueron las patrullas de policía. Me acerqué a Yorgos, que examinaba los salvavidas abandonados.

—Los compran en Turquía a precio de oro —me dijo—. Muchos son falsos, no flotan, por eso los niños se ahogan.

Tenía razón, porque ya entonces había empezado a informarme sobre lo que sucedía en otras islas, con la esperanza de que a los de la revista les interesara incluir un artículo sobre los refugiados, anticipando la respuesta negativa porque esas noticias no venden cuando se trata de turismo.

Por la noche, después de las evasivas mientras conversaba con Monique, y Chloé me explicaba de cuántos colores puede ser una vaca, volví a soñar. Caminé las callejas empedradas del pueblo sumergidas en un aire verde plateado, abierto a un mundo tan real como el de la vigilia, donde se erguían olivos y fontanas y casas blancas con terrazas, donde ladraban perros. Dejándome llevar por la sensación aérea, recorrí el pueblo a la búsqueda del niño del flotador, sintiendo la urgencia de decirle algo que no alcanzaba a precisar, cruzando a unos pocos locales que vagaban como yo, y cuando vi a Yorgos hablando con una familia en una plazuela me acerqué a él; desesperado, el pobre Yorgos se agotaba en frases que encontraban el silencio; la pareja y los tres niños intentaban hablar pero el resultado era una mímica impotente. Quise intervenir pero todo se consumió de golpe como un gorrión en llamas y sentí que algo me arrastraba a la vigilia. Volver suponía un desgarro, una de las tantas caras de la resignación a una vida tan irreal como cualquier sueño.

—Yo lo vi ayer —le dije al día siguiente a Yorgos en Nautilia—. Le hablaba a una familia. Ellos no tenían voz —El pescador me observó un instante—. La mujer llevaba el pelo cubierto con un velo negro.

—Eran tres niños —murmuró sin fuerza—. ¿Se da cuenta?

—No hablan.

—No —confirmó Yorgos—. Alexis y Stavros también sueñan. Sus muertos tampoco hablan.

Miré a Yorgos terminar el ouzo de un trago, abandonar su cazuela y marcharse sin despedirse. Cuando le dije a Monique que me quedaría una semana más, me contó cuánto me extrañaba Chloé; esa noche cantamos juntos y repasamos las aventuras de Coco y los bomberos, esas ventanas felices que ayudan a respirar, como si al otro día no nos esperase la tragedia, o esa misma noche cuando volví a bajar a la ciudad de calles empedradas, vagando entre farolas y casas de tejas terracota. Esa noche vi al niño del flotador con otro niño; buscaban algo en las calas, caminando entre los salvavidas, inspeccionando las embarcaciones pinchadas. Con temor les pregunté el nombre pero la única respuesta fueron cuatro ojos tristísimos; miraron alrededor como si yo no existiera, buscando algo que al principio no imaginé.

—¿Los puedo ayudar? —pregunté.

Los niños intentaron hablar pero a la gestual del habla no siguió ningún sonido; recordé a los laringectomizados que se reúnen en una asociación cerca de casa en París y repetí mi pregunta. Sus miradas ausentes me dolían, y cuando repetí una vez más mi pregunta vi al niño del flotador mover la cabeza resignado y me desperté jadeando. Supuse luego, mientras me duchaba imaginándolo en alta mar con su flotador amarillo, mientras recordaba los ojos negros enormes del otro niño, que buscaban a sus padres. Sabía de los padres que no podían partir con sus hijos por falta de dinero pero igual pagaban los mil euros por niño para que huyeran de la guerra y el hambre, y le pedían a un amigo o vecino que los cuidase. Los traficantes los hacinaban en lanchas neumáticas o barcos de madera vieja, con motores que escupían en cubierta humo y un olor a petróleo mortíferos, motores que de golpe se detenían en alta mar, en una noche sin faros ni puntos cardinales, y eran seguidos por llamados a Alá; entonces quien fuera que condujese, porque los malditos traficantes nunca iban a bordo, también suplicaba a Alá y se encomendaba a su voluntad ya que tampoco era infrecuente que viera el mar por primera vez.

Por la noche Monique me dijo que había leído las noticias. Nuestra charla fue breve; comprendía que quisiera quedarme un poco más aunque yo no supiera explicarle para qué. Recordando una función de teatro guiñol que habíamos visto hacía poco, Chloé me dijo que si mentía me iba a crecer la nariz. Esa noche no pude dormir.

Entonces todo cambió bruscamente y hubo que acostumbrarse a las cincuenta embarcaciones diarias, a la costa naranja de salvavidas abandonados como pájaros muertos, a las hileras de ropa húmeda secándose en rocas y puentes; y también a lo otro, las escenas de reanimación de bebés ahogados, los gritos conmovedores desde las zodiacs que se aproximaban a la costa, las historias de pescadores que afirmaban traer cuerpos en sus redes, persuadidos de que su chiste sobre la nueva especie de pescado, el pescado árabe, era gracioso. Pero Yorgos, con las manos curtidas de temprano pescador, no reía ni era capaz de bromear con algo así; porque él conocía esa manera de estar fuera del tiempo, y sabía que tenía todo el sentido del mundo bajar en la noche —era así, nocturno siempre— a vagar entre los muertos sin voz. Sirios, iraquíes, birmanos, bangladesíes, afganos, todos ellos erraban por la isla a la búsqueda de algo.

No éramos más de veinte los que soñábamos, y preferíamos no mencionarlo cuando nos cruzábamos en Nautilia, el mercado o alguna cala; a veces comentábamos un sueño hablando en código, como una cofradía que no se resuelve a asumirse. Con Yorgos, después de compartir una botella de ouzo, era posible hablar abiertamente de algo para lo que costaba encontrar palabras; el pescador curtido estaba cada vez más afectado por los sueños. Todos coincidíamos en el aumento de los muertos que erraban por la isla. Una noche encontré a una anciana sentada en un banco en la costanera; aceptó que me sentara a su lado y nos quedamos observando durante rato el mar nervioso donde temblaba la luna; en la ensenada se veían los restos de uno de los naufragios de la noche anterior, calzados, bolsos, aros salvavidas; el rumor de las olas nos llegaba misteriosamente apagado. De pronto nuestro silencio me resultó insoportable.

—¿Qué busca? —pregunté.

La anciana me miró un instante y cuando me desperté con taquicardia todavía la veía señalando el mar con la mano, consciente de que no señalaba el Egeo sino la tierra que se encontraba más allá, las montañas que habría atravesado con esfuerzo, huyendo del fuego cruzado aunque tuviese que soportar la abyección y el abuso en Turquía.

Todo se daba en una dualidad difícilmente soportable, la vigilia con sus miserias, los policías que desaparecían apenas avistaban una lancha clandestina para no tener que asistirla, los sobrevivientes dispersos luego, librados a una suerte que creían preciosa al principio pero que adivinaban banal apenas se enfrentaban a la carretera, a los kilómetros bajo el sol o la lluvia, al rigor de un continente donde los esperaban burocracia y xenofobia, miserias apenas aliviadas por el humanismo más elemental de Rhoda ofreciendo comida a los refugiados, de Eunice recibiéndolos con mantas y ropa seca en las calas, de Giannis improvisándose traductor; y después lo otro, un submundo donde el sufrimiento se daba en un silencio de catedral. Familias enteras vagando por la costa, niños descalzos con el pelo todavía mojado, miradas que se clavaban con la expresividad que sólo puede tener la ternura desecha por la agonía en alta mar, cada noche era un calvario colectivo y al día siguiente yo sólo podía escribir notas que los de la revista nunca me publicarían, sin mencionar que no lograban explicarse por qué me quedaba en la isla.

Para cuando llegó la primavera el tiempo que no estaba ayudando a los refugiados lo dedicaba a patrullar la isla; me subía al scooter que le había comprado a un sobrino de Yorgos y recorría la costa rogando para que el trasto no se partiera en dos en las rutas sinuosas. Una mañana inspeccioné el flanco meridional de la isla, donde las costas escarpadas ocultan territorios vírgenes; después de una hora de scooter llegué a una playa ignorada por los crecientes turistas; bajé franqueando con dificultad los filos rocosos, perturbado por la calma del mar y lo que me parecía haber visto. Haría dos meses, tal vez tres ya, del teatro guiñol con Chloé y Monique:

—Yo te doy la vida —había dicho el hada azul tocando a Pinocho.

Y de pronto se había dado el milagro, articulaciones, corazón, ojos en la cara y voz en la boca; los niños gritaban y reían, no faltaba un llanto monótono. Mientras remontaba sofocado una gran roca, recordé que Strómboli, malvado arquetípico de barba tupida, tenía acento árabe. Me agaché junto al bebé que yacía tumefacto entre las piedras, soportando apenas el olor que desprendía, consciente de que era imposible hacer como el hada azul pero por lo menos el pobre santo podía ser enterrado. Un manto de algas podridas lo rodeaba. Vacié la mochila e introduje el cuerpo sintiendo que la vida es hermosa pero el mundo una gran mierda. En la estación de policía no se decidieron entre la estupefacción y la condena.

—Usted está cada vez más loco —me dijo uno de los policías—. Como sus amigos.

No se refería a los pocos que soñábamos sino a los socorristas voluntarios. Habían llegado sin que nadie los llamase; ayudaban a los guardacostas griegos vigilando las playas y calas, rescatando a personas del agua, prestando primeros auxilios.

Para entonces ya lo sabíamos. Yorgos, Alexis, Stavros y todos los demás estábamos tan condenados como los pobres muertos. Ya no era necesario el sueño profundo, una duermevela podía bastar para sentirse arrastrado al submundo y vagar por esa otra isla.

Por la noche recorrí las callejas grises e insonoras buscando al bebé de las rocas. En una plaza cercana lo vi con su madre; llevaba el mismo conjunto azul marino con diseños color trigo. Intenté acercarme a ellos pero la mujer tuvo miedo y se perdió detrás de una empalizada. Resignado, contemplé las familias que iban y venían. El aire olía a ceniza y salitre; persistía la garúa de la tarde. Vagué por la costa durante horas, pensando en Chloé y sus preguntas inocentes, en Monique y sus súplicas para que regresara a París, y cuando percibí al niño del flotador amarillo comprendí que no existía salvación posible; se movía ahora junto a un grupo de cinco niños, todos explorando las lanchas y barcas abandonadas.

A la mañana siguiente fui a uno de los cementerios improvisados en la ciudad portuaria de Milos. Recorriendo los montículos de tierra que señalaban tumbas rudimentarias, pensé en los ritos funerarios japoneses; sonajeros sucios de barro, peluches deformados por la humedad, ropa diminuta, las tumbas de los niños eran identificadas con una ternura que dolía, acompañadas con frecuencia por la mención desconocido junto al código de la muestra de ADN que tal vez un día los identificase. Tres socorristas lloraban frente a una tumba; Yorgos me había dicho que era común, muchos de sus abuelos habían conocido la guerra en Europa y ellos, convencidos de que elegir entre morir de hambre, bombardeado o ahogado en alta mar no es realmente una elección, no soportaban que la solidaridad no fuese retribuida. Sabía que entre esas tumbas estaba el niño del flotador amarillo, el primer bebé junto al que estuve sentado, niñas y mujeres que podían ser Chloé o Monique; sabía que yo mismo estaba sepultado allí también, y la profunda tristeza me golpeaba sordamente, como si de alguna forma el verdadero mundo fuese el otro.

Ahora el negocio del turismo ya ha recobrado su pulso y los bares y tabernas se adornan con flores; hay música y ouzo y cocina tradicional, un aire festivo que ignora los sobrevivientes que no muy lejos se hacinan en campos de refugiados mientras sueñan con el ferry que los trasladará a Atenas. Los que tienen suerte comenzarán su peregrinaje por la ruta de los Balcanes, si es que a esa extensa humillación se le puede llamar suerte.

Por la tarde en Nautilia vimos a Marianna en las noticias internacionales. Desde la terraza de su restaurante dijo que siente pena por los refugiados pero que no es bueno para el negocio:

—Vienen a nuestra playa y quieren ducharse, duermen en cualquier lado, es un desastre para todos. Queremos ayudarlos pero no podemos.

El gesto de Yorgos no necesitaba palabras, y a los insultos en griego de Alexis y Stavros ya me he acostumbrado. Me imaginé a Marianna en el confort de su casa de altos, maravillándose frente al televisor con las aves migratorias, con los éxodos épicos y patrióticos, con los desplazamientos de cebras buscando abrevaderos para sobrevivir. Porque en la voz de Marianna resuenan los ecos de cínicos, apáticos y cobardes, afirmando con afectada solemnidad que Europa no puede acoger toda la miseria del mundo.

En cuanto a nosotros, seguimos en la isla, acostumbrados al bamboleo de las zodiacs clandestinas, a las morgues llenas, a la confusión, la tragedia y el milagro. Poco a poco nos hemos ido acostumbrando también a los turistas eufóricos o indiferentes, bebiendo y comiendo al sol como una metáfora de un mundo irreal. No hay un día en que no circule un nuevo rumor sobre los traficantes, oportunistas y carroñeros, amenazando con armas a quienes se nieguen a abordar las lanchas sobrecargadas, festejando con estrépito cuando las ven zarpar hacia un destino que no les importa.

En unos minutos charlaré con Chloé y Monique, cantaremos juntos, me contarán del verano en París y yo les diré de nuevo que en breve estaré allí con ellas, intentando una vez más encontrar las palabras para hablarle a Monique sobre este otro mundo donde los muertos, inconsolablemente condenados a una tierra hostil, vagan hundidos en un gran sueño, este mundo donde nosotros les hablamos aunque nunca digan nada porque no tienen voz.

 

fuente: https://javiercouto.com/2016/05/18/sin-voz-relato/#more-1617

Anuncios

About this entry