Argentina: #muchasmas

Por Alfredo Grande

(APe)

Varias veces expresé mi total rechazo al “día internacional o nacional” sobre lo que sea. Si hubiera -a lo mejor lo hay y como de tantas cosas (además de las off shore) no me enteré- un día internacional del cooperativismo de trabajo en salud mental, no iría a los festejos. ATICO con más de 30 años, ha sido para mí, origen y destino de mis deseos libertarios e igualitarios en el campo de la salud mental.

Mucho antes, por qué no decirlo, que la Ley de Salud Mental nacional y de la Ciudad de Buenos Aires legislara sobre aspectos necesarios. Más allá del habitual vaciamiento de legitimidad por los sectores reaccionarios que la han convertido en letra moribunda. Digo moribunda porque hay colectivos, y pienso en el de Prácticas Comunitarias, que insisten y resisten al avasallamiento de lo que tenemos en común los profesionales y los trabajadores (y hasta pueden coincidir ambas categorías) cuando nos convoca el arte de curar y no el arte de lucrar y de currar.

Dicho lo cual vuelvo a porque la segunda convocatoria #NIUNAMENOS me interesó menos que la primera. A un año de aquella, la transformación en lo real es nula. O sea: las condiciones concretas, materiales, objetivas y subjetivas no se han modificado. El alucinatorio social y político que sostiene nuestra decadencia, o sea, al decir del Zorzal Criollo, la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser, pretende que un botón antipánico, o la difusión mediática del día y la semana después, no mucho más, una larga colección de adjetivos alarmistas, la evidencia de que el escándalo sigue siendo la cara visible de la hipocresía, el horror del maltrato y los asesinatos, sean conjurados con marchas que en realidad tiene más de desfile y peregrinación.

En las marchas a Luján, en las peregrinaciones a La Meca, hubo tragedias inconcebibles para cualquiera que se tome en serio las cuestiones de fe. No sé a quién interpela el NIUNAMENOS. Los lectores de esta columna saben que la culpabilidad del victimario se diluye en la culpa de la víctima. Por lo tanto no es posible invocar al victimario para que deje de asesinar. O peor dicho: es posible pero es inútil, peligroso y letal. El empoderamiento de la víctima (aborrezco la palabra empoderamiento porque a mi criterio arrasa con el fundamento clasista de la subjetividad) no es cultural. Ni siquiera es político.

Los derechos humanos, incluso el derecho a tener derechos, no se tienen. Se ejercen. Y ese ejercicio es un acto poder. Las mujeres asesinadas, en cuotas o al contado, no ejercen ese acto poder fundante. Defender la propia vida. Enfrentar con violencia a la crueldad del asesino serial que algunas llaman pareja o marido. La cultura represora decreta el tabú de la violencia y entonces nos deja indefensos ante la crueldad del victimario. Crueldad que va desde la tortura sexualizada que algunos llaman violación, la tortura vincular que es el daño permanente a hijas e hijos, la tortura psicológica que el daño profundo y también permanente a la autoestima, la tortura física que implica quemar, cortar, golpear, perforar los cuerpos. Todas estar torturas van juntas y los torturadores son asesinos por naturaleza.

Naturaleza cultural, pero naturaleza. La naturalización es la burocratización de la vida, es la inercia, la repetición, es el maldito refranero represor “mejor malo conocido que bueno por conocer”. El meritócrata, que es un burócrata en la salita de 3, es una de las formas de congelar la vida. La vida entendida como aquello que en común nos hace humanos.

No es problema que el hombre sea el lobo del hombre. El lobo tiene su dignidad. Por algo no aceptó ser un perro sometido a las limosnas de sus dueños y dueñas. Ante una pregunta de Vicente Zito Lema, me definí como “lobo estrafalario”. No estamos rodeados de lobos sino de hienas carroñeras. Los asesinos seriales que practican el femicidio bajo el manto de neblina de los amores que matan, viven de la carroña de los amores que han degradado, contaminado, envenenado y luego, asesinado. Por eso, marcha más, peregrinación menos, hasta no arrasar el tabú de la violencia que la cultura represora nos encriptó, nada, pero nada cambiará. Todo será peor que antes.

En el año 91 se estrenó “Durmiendo con el enemigo”. Cuando en un programa televisivo hice mía la propuesta del personaje de la mujer torturada, la conductora se alarmó. Sigo pensando lo mismo. El que a hierro mata, a hierro muere, Y si no me creen, o se enojan, o me acusan de instigar a la violencia, sólo puedo responderles: están, más allá de las mejores intenciones que sólo conducen al camino de todos los infiernos, trabajando para el #MUCHASMAS.

fuente:  http://www.pelotadetrapo.org.ar/2013-09-05-12-30-19/2016/3128-muchasmas.html

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