Sobre la noción de desarrollo sostenible

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La invención de Brundtland. Sobre la noción de desarrollo sostenible

Luis Ponce

Nota previa

El presente texto fue escrito a mediados de 2008, como trabajo académico para la asignatura titulada «Historia y Medio Ambiente en el Mundo Contemporáneo», incluida dentro de la licenciatura de Historia de la Universidad de Granada. Me honra decir que mereció la calificación de notable. Pero me honra mucho más que, cinco años después, la revista Argelaga haya considerado que el texto merece ser rescatado. Y no como vulgar trabajo de clase, sino como algo mucho mejor, más digno y más apasionante: como un texto militante, como una contribución al esfuerzo colectivo. Como una modesta aportación a la lucha.

Es necesario decir que, en el momento de escribir lo que sigue, no podíamos predecir la deriva de la actual «crisis». Con lo que tenemos encima, es casi sonrojante referirse a la «reestructuración capitalista» que tanto nos preocupaba aquí hace diez años (como siempre, con notable retraso respecto a otros lugares). No había «acontecido» Fukushima –cosas que pasan– y por ello podía referirme a la energía nuclear en los términos en que lo hice. Aún no sabía nada del fracking ni de otros horrores novedosos. En resumen, de escribirse hoy este texto tendría otra forma y otras referencias. Pero aquí queda, y el lector –además de perdonarme el plural mayestático– juzgará si merece la pena.

Introducción

Tenemos el poder de armonizar los asuntos humanos con las leyes naturales, y prosperar al hacerlo. En esta empresa, nuestra herencia cultural y espiritual puede fortalecer los intereses económicos y la necesidad imperiosa de supervivencia.
Comisión Mundial del medio ambiente y del desarrollo

Resulta imposible abordar la crítica del concepto de «desarrollo sostenible» sin referirse al llamado «informe Brundtland», que le dio carta de naturaleza. Recordemos que ese texto –cuyo nombre completo es Informe de la Comisión Mundial del medio ambiente y del desarrollo, y que fue publicado bajo el emotivo título de Nuestro futuro común– fue elaborado por encargo de la onu, ante cuya Asamblea General fue presentado en 1987.

Para contextualizar el informe Brundtland conviene recordar las circunstancias históricas que, a mediados de los años 80, acompañaron a su redacción. Se asistía a la fase final de la «Guerra Fría», con un bloque del Este muy próximo ya al colapso y embarcado en una reforma aperturista tan tímida como tardía. En este sentido, las reiteradas alusiones del informe Brundtland a la necesaria «participación» de las poblaciones para afrontar los retos del desarrollo sostenible pueden ser entendidas, precisamente, como dardos disparados contra el esclerótico campo socialista.

Por otra parte, el conjunto de la economía capitalista mundial se encontraba inmersa en un profundo proceso de transformación. Resulta casi tópico referirse a la crisis del petróleo de 1973 como comienzo del fin del paradigma productivo que había imperado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Es indudable que este sobresalto contribuyó fuertemente a extender en las instancias de poder la preocupación por la cuestión energética, reflejada en el informe Brundtland. A esta crisis había que añadir en 1973 otros factores como la tendencia a la sobreproducción de la organización fordista del trabajo, los costes «excesivos» del pacto social keynesiano, la no menos «excesiva» fuerza contractual acumulada por el proletariado en estos marcos, y la pérdida general de legitimidad de los poderes establecidos que se extendió a partir del año 1968.

En este contexto de crisis, como es sabido, se inicia el giro hacia las políticas económicas que luego serán llamadas «neoliberales». Sin querer entrar ahora en la discusión terminológica que nos llevaría del «neoliberalismo» al «postfordismo», pasando por la «globalización», el hecho es que se asiste a una profunda reestructuración del orden capitalista. Un proceso desarrollado a escala mundial, que afecta a todos los ámbitos de la vida económica, social y política.

Debemos tener claro que los ponentes del informe Brundtland desarrollan su trabajo en el marco de esta reestructuración general. En ese momento de crisis y redefinición de la economía mundial es cuando cobran todo su sentido afirmaciones como la que sigue:

El reto de la reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial fue la verdadera energía motriz que impulsó la creación de nuestro sistema económico internacional de la postguerra […] Lo que actualmente se necesita es una nueva era de crecimiento económico, un crecimiento que sea poderoso a la par que sostenible social y medioambientalmente1.

Esto nos lleva a establecer una primera proposición: que el informe Brundtland –y por extensión la noción de «desarrollo sostenible»– cumple una función legitimadora de la reestructuración capitalista en curso en el momento de su redacción, con el argumento de la insostenibilidad ecológica del modelo precedente (el de la postguerra mundial). Por su propia lógica, esta legitimación del nuevo paradigma productivo –cuya introducción vino acompañada de múltiples tensiones– se hace extensiva a los nuevos campos de inversión que van a permitir la recuperación de la economía capitalista. Dicho de otro modo, serán las «nuevas tecnologías» las que hagan posible la puesta en práctica del desarrollo sostenible, el cual

implica límites –no límites absolutos, sino limitaciones que imponen a los recursos del medio ambiente el estado actual de la tecnología y de la organización social y la capacidad de la biosfera de absorber los efectos de las actividades humanas–, pero tanto la tecnología como la organización social pueden ser ordenadas y mejoradas de manera que abran el camino a una nueva era de crecimiento económico2.

Sobre la cuestión de la tecnología habrá que volver más adelante. Por ahora podemos anotar que, desde que se publicó el informe Brundtland, sucesivas reformas laborales, recortes sociales, leyes de extranjería y endurecimiento de los códigos penales han dado fe de hasta qué punto la organización social puede ser «ordenada y mejorada» para «abrir el camino a una nueva era de crecimiento económico».

La noción de «desarrollo sostenible» y el empleo del lenguaje en el informe Brundtland

Con estos elementos de juicio, podemos enfrentarnos con la definición canónica del desarrollo sostenible, tal como la establece el informe Brundtland. Según este,

El desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades3.

El rasgo principal de esta definición es su calculada ambigüedad, algo en lo que coinciden todos los comentaristas del concepto de desarrollo sostenible, ya sean contrarios o favorables al mismo. El informe Brundtland en conjunto se caracteriza por la vacuidad de su lenguaje tecnocrático. El fenómeno es habitual y se produce cada vez que una burocracia intenta ocultar sus intenciones, fingiendo que expresa sus ideas4. No se trata aquí de hacer semiótica ni embarcarnos en la crítica de lo políticamente correcto. Tan solo queremos señalar que el concepto que nos ocupa pertenece a este universo discursivo y ello debe ser tenido en cuenta a la hora del análisis.

Es elocuente la deliberada indefinición en que son mantenidas las nociones clave de «desarrollo» y «necesidades». A pesar de las vagas alusiones al «desarrollo social», y de afirmaciones del tipo el desarrollo económico y el desarrollo social pueden y deben fortalecerse mutuamente5, está claro que por «desarrollo» se entiende aquí la continuidad y aceleración de la acumulación de capital, incluyendo la necesaria expansión permanente de sus bases físicas –extracción, transformación, producción, transporte y distribución–, todas ellas contaminantes. Desarrollo y expansión que no admitirán en ningún caso «límites absolutos», sino relativos: «limitaciones» flexibles que irán cediendo bajo la presión de los avances tecnológicos. Por lo que respecta a las «necesidades», permanecen en la misma conveniente indefinición. Podrían ser las de un europeo de clase alta o un africano de clase baja, o el justo término medio entre ambas. Y es que la «generación presente» y las «generaciones futuras» son contempladas como conjuntos indiferenciados y homogéneos, como si toda suerte de desigualdades sociales no entraran en relación con la «capacidad para satisfacer las propias necesidades» y con la definición concreta de dichas necesidades.

El informe Brundtland es por tanto eufemístico y ambiguo en el planteamiento del problema, en las categorías que utiliza para analizarlo y en las soluciones que propone para resolverlo. Resulta fácil, con la perspectiva que dan las décadas transcurridas, señalar el carácter ilusorio de dichas «soluciones»: la tecnología, la intervención estatal, la búsqueda de la rentabilidad, las energías renovables, la «implicación y participación» de la población…

Pero en esas décadas –y esto constituye nuestra segunda proposición– el informe ha cumplido plenamente con otra de sus funciones: crear confusión. Como quien siembra de minas el terreno, la Comisión Mundial para el medio ambiente y el desarrollo sembró una multitud de conceptos equívocos –resumidos en el de «desarrollo sostenible»– en los cuales la crítica ecologista se ha enredado6, perdiendo un tiempo precioso para avizorar lo que se avecinaba. Los críticos se han visto puestos a la defensiva y obligados a precisar todo aquello que el informe Brundtland dejaba deliberadamente entre brumas. De poco sirve que el debate en torno al informe Brundtland haya servido en cierta medida para afilar el arsenal conceptual de la ecología política7, si tenemos en cuenta los horrores que han tomado cuerpo desde entonces, y el hecho de que las aportaciones más lúcidas se disuelven en el magma de discursos huecos o reiterativos.

Hay que señalar que algunos defensores del concepto de desarrollo sostenible no ven en su ambigüedad un defecto o una limitación, sino una virtud añadida. El argumento es doble. En primer lugar, la «amplitud» del concepto permite un amplio juego para el enunciado de diferentes posturas, de modo que el crecimiento exponencial de la confusión en torno al tema es interpretado como «enriquecimiento». En segundo lugar, la indefinición del desarrollo sostenible ha sido un acierto porque ha permitido establecer un «amplio consenso»… ¿en torno a qué? En torno al desarrollo sostenible, naturalmente.8

El informe Brundtland es quizá el máximo paradigma de la traducción de la problemática ecológica a la jerga tecnocrática. O si se prefiere, de la invención de una jerga eco-tecnocrática, un nuevo campo semántico en cuyo centro brilla con fuerza la noción de desarrollo sostenible. Este campo semántico se funda sobre la aceptación de la economía capitalista y sus necesidades, dentro de la cual se integran las «consideraciones medioambientales» o «la perspectiva» de las mismas. Al mismo tiempo ofrece, gracias a la ambigüedad de sus formulaciones, la flexibilidad suficiente como para permitir la escenificación de múltiples debates. Finalmente, se constituye en baremo de la legitimidad democrática de todo discurso ecologista, que será tanto más «radical», «utópico», etc, cuanto más se aleje de sus postulados.

Partiendo de aquí estableceremos una tercera proposición: que el informe Brundtland y su divisa del desarrollo sostenible tienden a la neutralización de la problemática ecológica. No a la neutralización efectiva del desastre ecológico, sino a la de sus eventuales efectos desestabilizadores. Operación necesaria porque la evidencia creciente del desastre ecológico podía (y puede) fundamentar la impugnación del capitalismo y de la sociedad industrial. Del mismo modo, el informe apuntaba a acallar a las voces críticas que, desde la década de 1960, se venían alzando en el mundo científico y académico. Entre estas voces cabría destacar las de Herman E. Daly y, sobre todo, la del economista Nicholas Georgescu-Roegen9.

Esta neutralización de la problemática ecológica se efectúa mediante su reconocimiento y simultánea subordinación al universo económico capitalista, sintetizados ambos en la noción de desarrollo sostenible. El proceso no se limita a un plano puramente conceptual: la enunciación del concepto y su difusión masiva después de la Cumbre de Río (1992) han dado pie a efectos bien concretos, pues esta herramienta lingüística y discursiva cumple varias funciones precisas: a) dotar a los poderes públicos –desde la escala local hasta la internacional– de un discurso ecológico unitario, permitiendo la puesta en escena de un «ecologismo institucional»; b) favorecer la integración sistémica de una parte importante del movimiento ecologista, al señalarle el campo discursivo dentro de cuyos límites puede ser aceptado como interlocutor válido; c) fijar en una fórmula publicitaria eficaz (desarrollo + sostenible) la idea de la convergencia de intereses económicos y ecológicos, abriendo el camino a la constitución de un «mercado verde».

La suma de estas funciones, con todo lo que implican, es la forma concreta de la neutralización de la problemática ecológica. Con ello comienza a estar claro que el informe Brundtland no es un brindis al sol, sino una herramienta lingüística y discursiva que ha jugado su papel en la reparación y puesta a punto de algunas de las maquinarias más averiadas del capitalismo.

¿Qué fue del desarrollo sostenible?

La mayor parte de las propuestas del informe Brundtland para conciliar economía y medio ambiente podían ser desmontadas, ya en 1987, desde una perspectiva puramente teórica. Otros con más capacidad y conocimientos que nosotros se han dedicado a ello desde entonces. Nos gustaría por tanto atenernos a los hechos, y hacer un balance de los progresos del desarrollo sostenible desde que el informe Brundtland recibiera los aplausos de la onu y las subvenciones de la Fundación Ford y la Carnegie Corporation10. En la literatura sobre el tema abundan las lamentaciones por lo poco que se ha avanzado, así como las muestras de perplejidad ante el hecho de que cuanto más se habla de desarrollo sostenible, más parece éste alejarse, y más nos acercamos nosotros al desastre ecológico o energético.

Elaborado en un momento de transición, el informe Brundtland no podía estar exento de contradicciones. Uno de los rasgos principales de la reestructuración capitalista, en cuya estela hay que situar el texto, ha sido la pérdida progresiva de la autonomía –o soberanía, si se prefiere– de los Estados, frente a la escala global en que actúan los capitales. Sin embargo el informe asigna precisamente a estos Estados la misión de imponer a una economía globalizada unos mínimos de disciplina ecológica: en último término el desarrollo sostenible deberá apoyarse en la voluntad política11. Y esto a escala mundial:

La integración de factores económicos y ecológicos en la legislación y en los órganos de decisiones [sic] en cada Estado a nivel interno de cada país, debe equipararse en el plano internacional12.

Dos décadas de fundamentalismo neoliberal han reducido a sus justos términos esta declaración de buenas intenciones. Bien poco cabe esperar de unos Estados que compiten desesperadamente por atraer inversiones y dar toda suerte de facilidades a las grandes empresas, además de estar sumergidos en una oleada privatizadora que afecta también a recursos básicos como el agua, etcétera. En cuanto al nivel internacional, el protocolo de Kyoto y todo lo acontecido en torno a él da la medida de lo que cabe esperar. Las tímidas legislaciones aprobadas de cara a la galería o ante situaciones puntualmente escandalosas no pueden alcanzar a paliar siquiera los efectos del desastre ecológico, teniendo en cuenta que las dimensiones de éste exigen un cambio estructural completo.

Esos poderes públicos nacionales e internacionales que deben conciliar medio ambiente y economía en la toma de decisiones13 operan por lo general en plazos fijos de cuatro años, reorientando su actividad en función de situaciones coyunturales y sometidos en todo momento, como ya se ha dicho, a la presión de los movimientos del capital. Su vulnerabilidad se multiplica en el caso de países sometidos al neocolonialismo, cuyo problema inmediato parece ser el subdesarrollo insostenible más que su contrario. En el caso de los gobiernos de países «desarrollados», cualquier medida que apuntara en serio hacia la sustentabilidad –incluso hacia una sustentabilidad «débil»– supondría el hundimiento inmediato de su apoyo electoral, al implicar necesariamente un drástico descenso de lo que entendemos por nivel de vida. En estas condiciones, es ilusorio esperar que estos poderes se sometan a las exigencias de un largo plazo que escapa a su gestión directa, y que atenta abiertamente contra un sinfín de intereses creados que actúan de manera inmediata –y contundente– en el corto plazo.

Otro de los agentes que según el informe Brundtland debía impulsarnos hacia el desarrollo sostenible era el puro interés económico de las empresas: Las soluciones que conducen a la eficiencia en el uso de la energía influyen a menudo favorablemente sobre los costos14. O también: Al utilizarse más eficientemente la energía y el material empleado se cumple con una finalidad ecológica y al mismo tiempo se reducen los costes15. La idea se reitera numerosas veces en el mismo tono. Dejando de lado que lo que subyace es el dogma liberal según el cual cada uno beneficia a la sociedad al beneficiarse a sí mismo, salta a la vista que estas afirmaciones carecen de sentido. De qué sirve en términos ecológicos que disminuya el gasto de energía por unidad producida, si el objetivo perseguido es que la producción global no deje de aumentar. Dos décadas de nuevas tecnologías, de innovaciones pretendidamente ecológicas, no han paliado el problema sino que lo han agravado. Y eso sin contemplar el coste ecológico añadido que suponen la investigación y el desarrollo, así como la producción de dichas innovaciones.

Para aumentar «la eficiencia en el uso de la energía» era imprescindible el concurso de la tecnología. A ella fiaba en gran parte el informe Brundtland el cumplimiento de su programa. Hoy empezamos a estar en condiciones de apreciar el saldo ecológico tan favorable que arrojan nuevas tecnologías como la ingeniería genética, que según todos los indicios va a impulsar el próximo salto mortal del capitalismo. En cuanto a la informática, protagonista destacada de la reestructuración emprendida en los setenta, no acumula méritos mejores. Dejando de lado el coste ecológico directo de la fabricación y distribución de miles de millones de ordenadores, la «revolución informática» ha permitido al capital operar a una velocidad y unos niveles de complejidad desconocidos hasta ahora. Con ello se ha acelerado también, de modo inevitable, el ritmo de sus operaciones destructivas. Por lo demás, no existía ni existe ninguna razón lógica para suponer que la tecnología pueda estar en todo momento a la altura de las exigencias ecológicas de un desarrollo continuo. A despecho del informe Brundtland, las propias leyes físicas imponen límites absolutos que la tecnología no puede sobrepasar16. Negarlo es entrar en los dominios de la superstición o de la ciencia ficción.

También las energías renovables y el reciclaje debían jugar un papel para alcanzar el objetivo del desarrollo sostenible, sin que sea necesario extenderse demasiado sobre estos puntos. A estas alturas nadie cree seriamente que los niveles actuales de consumo energético puedan mantenerse con fuentes renovables –algo que afirmaba con aplomo el informe Brundtland17–, y mientras cada cual toma posiciones militares frente al previsible agotamiento de los combustibles fósiles, reaparecen con fuerza creciente los partidarios de la energía nuclear18. En cuanto al reciclaje de materiales, no se trata ya de que su incidencia global sea irrelevante, sino de que constituye en sí mismo una entelequia, por cuanto exige un gasto energético en muchos casos equivalente o superior al de la producción ex novo, y ello mediante procesos con frecuencia contaminantes19.

Siguiendo con los agentes impulsores de la sostenibilidad que enumeraba el informe Brundtland, la «participación e implicación» de la población no ha sido requerida, excepto para inculcarnos un estricto disciplinamiento «cívico» en materia de reciclaje, o para que ahorremos agua al ducharnos y lavarnos los dientes, a fin de que los ricos puedan seguir regando sus campos de golf sin que les salpique el odio social. Lo que sí se ha extendido es el rechazo y oposición de las poblaciones frente a numerosos atropellos ecológicos y sociales, encontrando por lo general el ninguneo o la represión de los mismos poderes que debían velar por «conciliar medio ambiente y economía en la toma de decisiones».

En resumen, basta un breve vistazo retrospectivo para entender que el informe Brundtland jugaba con cartas marcadas. Detrás de la cortina de humo de sus formulaciones idealistas, se ha seguido desarrollando el juego de la política y la economía según sus reglas reales, enunciadas respectivamente por Maquiavelo y Marx. Por ello, si algo hemos dicho ya sobre la política, en el siguiente apartado nos gustaría hacerlo sobre la economía.

Economía, desarrollo y «sustentabilidad»

El informe Brundtland está enteramente atravesado por una especie de llamamiento interclasista a preocuparnos por ese «futuro común» que le da título. El receptor de este llamamiento parece ser la humanidad en su conjunto, cuya buena voluntad basada en el «interés común» vendrá a ser el motor último del desarrollo sostenible. Sin embargo, es un hecho que los que tienen más poder para revertir esta situación de desastre ecológico y social son precisamente los menos interesados en hacerlo, ya que el sistema económico que sustenta sus privilegios es el mismo que destruye el planeta a toda velocidad.

Al margen de los intereses de clase, en el nivel de los intereses individuales la situación no varía, porque el desastre ecológico no va a llegar –no está llegando– para todos por igual. A mayor nivel de ingresos, menos motivos de preocupación inmediata. Y hablo de preocupación directa por la propia supervivencia, no de preocupación humanista o de conciencia ecológica. A medida que la situación se degrade, veremos a los ricos monopolizar los recursos menguantes merced al alza de precios, y recluirse en paraísos inaccesibles más o menos verdes. Ello no será más que la continuación lineal de un proceso que ya está en curso. Si hoy se manifiesta en la segregación clasista del espacio urbano y las barreras cada vez más impenetrables puestas a los movimientos internacionales del proletariado, mañana lo hará en ciudadelas con videovigilancia y respuesta armada20. Son hechos –el de los muros del Estrecho, del Río Grande o los territorios palestinos– ante los cuales nunca estará de más recordar la retórica de la Guerra Fría sobre el muro de Berlín y el «Telón de Acero», y contrastarla con el posicionamiento actual de los que entonces eran paladines de la libertad de movimientos.

De todos modos no se trata de un problema moral, de que los ricos y poderosos sean buenos o malos, a título individual o colectivo. Denunciar su «maldad» carece de sentido, tanto como apelar a su buena voluntad, que es justamente lo que hace el informe Brundtland. El problema no está inscrito en las deficiencias éticas de las élites que nos gobiernan, sino en el propio funcionamiento de la economía capitalista. Una economía tal se rige por la lógica de la acumulación, por la búsqueda de un crecimiento indefinido que apunta tendencialmente al infinito. Su supervivencia consiste precisamente en su propio crecimiento dinámico. Y no se puede perder de vista que el capitalismo es inseparable en última instancia de su base material, y que el crecimiento de una economía capitalista no puede producirse sin el desarrollo de esta base, que es la que percute y repercute sobre el medio ambiente.

El capital y su acumulación no dejan de ser abstracciones, y por ello pueden en teoría crecer infinitamente. Que ello nos ponga a todos en rumbo de colisión con el carácter finito de la energía y los recursos contenidos en el medio ambiente, no va modificar en lo más mínimo la naturaleza del proceso económico capitalista. Éste no salió tal cual de ninguna cabeza, no ha nacido de la voluntad consciente de nadie, y es absurdo creer que un acto de voluntarismo (¿de quién?) puede modificar sus reglas abstractas para conciliarlas con la realidad concreta del medio ambiente.

Pero hay una razón más por la cual no cabe esperar que la contención del desastre ecológico venga del ámbito de la economía capitalista, y es que para ésta el propio desastre deviene rentable. El desastre ecológico impulsa numerosos procesos económicos: investigación, desarrollo y producción de tecnologías, equipamientos y productos «verdes» de todo tipo; gestión y prevención de catástrofes ambientales; gestión de residuos y reciclaje, y un largo etcétera. La banca gana, tanto si el Prestige flota como si se hunde. Cuando vemos que se atrae al consumidor con mensajes ecológico-publicitarios –incluidos los de las industrias y empresas más destructivas que ha conocido la Historia–, entendemos para qué ha servido la «conciencia ecológica planetaria». Cuando llegamos a las patentes de organismos vivos (suponemos que tanto más cotizados cuanto más próximos a la extinción) o a la compraventa de cuotas de contaminación, entendemos mejor para qué ha servido la traducción de los recursos naturales a los métodos económicos de cuantificación, y qué bien han hecho su trabajo algunos que se presentaban como defensores del medio ambiente desde el ámbito de las ciencias económicas. Y estos logros, como señalaba antes, no hubieran sido posibles sin la borrosa neolengua del informe Brundtland, que ha logrado fijar en todas las cabezas la idea de que economía y ecología no solo son compatibles, sino complementarias.

Lo único que se desprende claramente de la definición de desarrollo sostenible es que implica una proyección hacia el futuro. Propone humildemente a la economía establecer ciertas limitaciones a su desarrollo presente, con la vista puesta en su desarrollo futuro. O, si se prefiere, anteponer el largo plazo al corto plazo. Pero una economía capitalista no puede detenerse «voluntariamente», porque se alimenta de su propia inercia. Cuando este impulso se agota, la economía entra en crisis21. La economía capitalista no puede permitirse, en nombre del «futuro común», ninguna clase de limitación efectiva, ya proceda de los poderes públicos o de cualquier otra instancia. La economía capitalista solamente tolera una intervención estatal a fondo en los casos en que la necesita, literalmente, para salvarse. Los casos más extremos los tenemos en eeuu y Alemania tras el crack del 29, y en toda la Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial. En cada caso, para que los intereses económicos renunciaran a su autonomía fueron necesarios desastres consumados, no desastres anunciados.

Crítica de la crítica a la noción del desarrollo sostenible

Fuera de los casos citados, para someter la economía a una voluntad política colectiva ha sido siempre necesaria una revolución, y esto solo se ha verificado históricamente en economías capitalistas escasamente desarrolladas con fuertes pervivencias de los modos de producción anteriores. Hay que destacar que los países «socialistas» –es decir, de propiedad estatal y planificación económica centralizada– no se mostraron menos destructivos que los capitalistas en lo que al medio ambiente se refiere. Para algunos autores, ello invalidaría la crítica ecológica al capitalismo, que debería trasladarse en todo caso al «industrialismo» de cualquier signo ideológico. Aparte del hecho de que el sistema económico de los regímenes del «socialismo real» se puede caracterizar con todo rigor como capitalismo de Estado (así lo hacen varias corrientes del marxismo), es necesario hacer aquí varias observaciones: a) que la industria tal como la conocemos, y por extensión el «industrialismo» (si tal cosa existe) es un producto genuino del desarrollo capitalista; b) que el capitalismo había comenzado a mostrarse ecológicamente destructivo ya desde sus fases preindustriales, aunque lógicamente en una escala menor22; c) que el «industrialismo» demencial de la urss no vino dado solamente por razones ideológicas, sino también por la desesperada carrera industrial y armamentística con las potencias imperialistas, a la que se vio forzada tras frustrarse el contagio revolucionario en Europa tras la Primera Guerra Mundial.

Por todo ello creo que la constatación de los desastres ecológicos acontecidos en la urss y sus satélites no invalida la atribución del problema, en último término, a la dinámica propia del capitalismo. La actual deriva de la República Popular China permitiría interesantes reflexiones al respecto, si el debate ecologista sobre el particular no hubiera sido abandonado a raíz del desplome del bloque del Este. Es interesante una observación de Michael Jacobs, realizada en los últimos coletazos de ese debate. Según él, de haberse dado las condiciones ideológicas necesarias hubiera sido mucho más fácil introducir medidas encaminadas a la sustentabilidad en los países «socialistas» que en los capitalistas, precisamente en virtud de la centralización de la economía y su subordinación al nivel político23.

Lo que este comentario lleva implícito es lo que todos los autores piensan, pero ninguno expresa abiertamente: que para imponer frenos efectivos al crecimiento económico serían necesarias medidas dictatoriales. Para establecer una economía íntegramente sometida a criterios de racionalidad ecológica y social será ineludible, desde luego, un proceso revolucionario constituyente, cuya eventualidad es dudosa antes del desastre al que vamos encaminados.

Al hilo de lo anterior queremos señalar, sin ironía alguna, que el campo «socialista» nos ha brindado el que quizá sea el único ejemplo en el siglo xx de reducción voluntarista del crecimiento económico, y de sustentabilidad de un país entero. Me refiero a Camboya bajo el dominio de Pol Pot y los jemeres rojos (1975-1979). El descenso demográfico que todos los autores consideran imprescindible para la sustentabilidad se operó allí no solo por efecto de la guerra, sino mediante el asesinato sistemático de todos los disconformes o sospechosos de serlo, además de todos los que tuvieran estudios, hablaran un idioma extranjero, etc. La tasa de mortalidad continuó aumentando, y la de natalidad descendiendo, cuando la población urbana superviviente fue trasladada forzosamente al campo para practicar una agricultura de subsistencia sin circulación monetaria. Ello resolvió de paso el problema ecológico del abastecimiento de las ciudades. Así hasta que la intervención militar de Vietnam puso fin al experimento.

Nadie que esté en sus cabales querrá alcanzar la sustentabilidad a este precio ni con estos medios. Pero traigo el ejemplo a colación porque con frecuencia las alternativas propuestas por algunos críticos del desarrollo sostenible son tan indefinidas e irreales como el objeto de su crítica, ya que evitan mencionar en qué marcos políticos y económicos concretos podrían aplicarse sus alternativas. Un ejemplo de ello es la propuesta del «crecimiento cero», basada en la idea de la «economía estacionaria» que lanzó en los años setenta el economista Herman E. Daly. Éste venía a establecer sus premisas del siguiente modo:

La economía en estado estacionario (eee) se define por cuatro características:

Una población constante de organismos humanos.

Una población o un acervo de artefactos constantes (el capital exosomático o las extensiones del cuerpo humano).

Los niveles en que se mantienen constantes las dos poblaciones bastan para una vida placentera y pueden sostenerse en el largo plazo.

La tasa de procesamiento de materia y energía para mantener a los dos acervos se reduce al nivel más bajo posible. Para la población, esto significa que las tasas de natalidad sean iguales a las de mortalidad en niveles bajos, de modo que la esperanza de vida es alta. Para los artefactos, esto significa que la producción es igual a la depreciación en niveles bajos, de modo que los artefactos son duraderos y el agotamiento y la contaminación se mantienen en niveles pequeños24.

El objetivo es una sociedad capaz de sostenerse indefinidamente con los recursos finitos que brinda el medio ambiente. Lo que Daly no especifica son algunas cuestiones fundamentales como la estructura de la propiedad y del poder político en este bucólico cuadro de sostenibilidad25. Tampoco brinda ninguna sugerencia sobre los medios para alcanzar estos resultados, como no lo hacen los partidarios de la más reciente teoría del «decrecimiento», que como su propio nombre indica propugna el descenso de la actividad económica hasta situarla en marcos sostenibles. De este modo, las «alternativas» no pasan por lo general de ser castillos en el aire, muy bien perfilados, eso sí, con profusión de estadísticas, gráficos y fórmulas matemáticas. De ello se reía Georgescu-Roegen:

No cabe duda de que el actual crecimiento debe cesar; más aún, se debe invertir. Pero quien crea que puede dibujar un plano para la salvación ecológica de la especie humana no comprende la naturaleza de la evolución, y ni siquiera de la historia, que es la de una lucha permanente en forma siempre nueva, no la de un proceso físicoquímico predecible y controlable, como cocinar unos huevos o lanzar un cohete a la luna26.

Cuando estas cuestiones se presentan como objetivos y no como meras especulaciones teóricas, es decir, cuando se plantea el problema de los medios –cosa que no ocurre siempre–, el común de los autores ligados al mundo académico o científico plantea dos soluciones. Una, puramente idealista, lo libra todo a la famosa «conciencia ecológica planetaria» que, extendida hasta cierto nivel, dará lugar a un incierto salto cualitativo por el cual se obrará el milagro. La otra, de raíz socialdemócrata, lo fía todo a la intervención del Estado sometido a la noble presión de la «ciudadanía». Y aunque ya criticamos esta perspectiva refiriéndome al informe Brundtland, hay que añadir que la ejemplar conversión a la realpolitik de los Verdes alemanes deja menos margen todavía para ilusiones de este tipo.

Por decirlo claramente una vez más, una economía «estacionaria» o «sostenible» no será posible sin un colapso previo del orden capitalista, o una ruptura revolucionaria con el mismo, o las dos cosas a la vez, o una detrás de otra. Carece de sentido pensar en una supervivencia «estacionaria» o «estática» de los intereses económicos capitalistas, que se detendrían «voluntariamente» en un cierto umbral de acumulación o beneficio, a fin de no comprometer su existencia futura. Si algo así ocurriera, sería para entra en el colapso mundial al minuto siguiente. Siendo el capital inmovilizado capital muerto, pretender esto es como rogarle al capitalismo que nos haga el favor de suicidarse.

Conclusiones

La noción de desarrollo sostenible no constituye ninguna clase de programa para combatir el desastre ecológico, ni siquiera desde la perspectiva empresarial o institucional. No pretende serlo, tan solo parecerlo. Estamos ante un trabajo de ingeniería ideológica que debe ser entendido en el contexto de la entrada del capitalismo en una nueva fase de su desarrollo, y de la toma de posiciones frente a la previsible postguerra fría y los problemas –como el ecológico– que se iban a hacer ineludibles en la misma. A lo largo de este trabajo hemos desgranado alguna de las funciones reales que en nuestra opinión pretendía cumplir, y que ha cumplido gracias a su difusión masiva por parte de los poderes establecidos a los que sirve:

–La legitimación de la reestructuración capitalista en curso, legitimación necesaria por cuanto este proceso no podía llevarse a cabo sin tensiones y resistencias de todo tipo. El argumento legitimador central era la «insostenibilidad» del paradigma productivo de la postguerra mundial, y la presunta «sostenibilidad» que brindaría un capitalismo renovado. La verdadera motivación de fondo era el patente agotamiento del paradigma fordista-keynesiano, y no su alto grado de nocividad ecológica, que el nuevo paradigma ha conseguido incluso multiplicar.

–La legitimación subsidiaria de «nuevas tecnologías» pretendidamente más tolerables para el medio ambiente. Tecnologías que implicaban la liquidación socialmente traumática de industrias obsoletas, o entrañan –caso de la ingeniería genética– costes éticos intolerables.

–La distorsión de las verdaderas dimensiones, el verdadero alcance y, por así decirlo, la verdadera naturaleza del problema ecológico. Para ello era necesaria la introducción de un potente vector de confusión dentro del movimiento ecologista y del debate académico y científico en torno a las cuestiones ecológicas. Este vector ha sido precisamente la noción de desarrollo sostenible.

–Lo que hemos definido torpemente como «neutralización de la problemática ecológica», presentándola como una variable más de la problemática económica del capitalismo, a la cual queda subordinada. Esta neutralización es concretada a su vez en:

La apertura de la perspectiva ideológica que hiciera posible la existencia de un «ecologismo de Estado», caracterizado por su moderación y respetuoso en líneas generales con los intereses económicos. Ecologismo de Estado que servirá en última instancia para legitimar toda clase de intervenciones estatales en beneficio de los mencionados intereses27.

La cooptación de una parte importante del movimiento ecologista, cuyo crecimiento y radicalización eran más que previsibles en las condiciones dadas28. En relación con este punto y con el anterior, no se trataba tanto de introducir al ecologismo en el palacio como de sacarlo de la calle.

Fijar, empleando toda la artillería mediática, académica, etc, el dogma de la coincidencia de intereses entre la economía y el medio ambiente. Esta era una de las condiciones previas necesarias para el despliegue de un green business que debía contribuir al relanzamiento de la economía capitalista. Aquí es necesario destacar, más allá de cualquier otra consideración, el valor publicitario de la fórmula «desarrollo sostenible».

Según este análisis, «desarrollo sostenible» es un oximoron que encubre un vacío conceptual. Su verdadero sentido es externo, está en los efectos reales que produce a través de su difusión masiva, efectos que he intentado aislar y definir. La cuestión no es discutir ad nauseam si el desarrollo sostenible es o no viable, ya que la caracterización real del problema es la de una batalla ideológica en torno a la cuestión medioambiental. En esta batalla son imprescindibles las aportaciones de todos aquellos que, desde el ámbito académico, se han consagrado a demostrar la imposibilidad lógica del «desarrollo sostenible». Pero no se puede perder de vista que en última instancia no estamos ante un mero debate académico, sino ante una cuestión de orden político con todo lo que ello implica.

Philip K. Dick fue un prolífico escritor de ciencia ficción que contribuyó a la renovación del género desde los años sesenta, entre otras cosas sacándolo de su habitual complacencia tecnocientífica y obligándolo a contemplar las eventuales consecuencias desastrosas de un desarrollo tecnológico indefinido. Una de sus mejores novelas lleva por título ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?29 En ella nos presenta un planeta Tierra donde ha desaparecido todo rastro de lo que fue la naturaleza. El que puede emigra a Marte, que ofrece mejores condiciones de habitabilidad. El que encuentra un animal vivo en libertad –así sea una humilde araña, como le sucede al protagonista– experimenta una especie de epifanía religiosa. Pero lo habitual es adquirir a precios prohibitivos un animal doméstico criado en cautividad. Para los que no se lo pueden permitir, se venden sofisticadas réplicas artificiales que, a simple vista, en nada se diferencian del animal original. Los propios ciudadanos tienen motivos para dudar de su humanidad, por cuanto emplean unas consolas que les permiten regular en todo momento su estado de ánimo, y en último término nada les asegura que no estén ellos mismos llenos de tornillos y circuitos.

Este mundo es el mundo en el que ya hemos empezado a vivir. A falta de una buena Guerra Mundial, el capital excedente se quema por el momento en una delirante exploración de Marte; y poco importa que no nos regulemos el ánimo mediante una consola, sino a golpe de antidepresivos o cocaína. Ante el dogma de la capacidad de la tecnología para salvarnos en todo momento de los efectos del desastre ambiental –expresado claramente por el informe Brundtland e implícito en la noción de desarrollo sostenible–, no puede uno menos que preguntarse si es que sueñan los tecnócratas con ovejas eléctricas, o es que han sacado ya su billete para el Planeta Rojo. Desde allí nos seguirán gobernando con la sabiduría y la prudencia que les caracterizan, gracias a nuevas tecnologías de control remoto interplanetario.

NOTAS

1. Comisión Mundial del medio ambiente y del desarrollo: Nuestro futuro común. Alianza Editorial, Madrid, 1988. Pg 14. El subrayado es nuestro.

2. Ibid, pg 29. En la misma línea: La realización de todas estas medidas requerirá una nueva orientación de la tecnología: encontrar un eslabón clave entre el hombre y la naturaleza (pg 86). Resulta difícil contener la imaginación y no pensar en el aspecto que tendrá semejante eslabón perdido, cuando salga de alguna probeta del MIT.

3. Ibid, pg 67.

4. Así han nacido delicados tropos y eufemismos, como el ya clásico “reconversión industrial” o el más reciente “flexiseguridad”, e incluso invenciones tan sublimes como “nuevo yacimiento de empleo”, sugestiva expresión que no carece de cierto valor poético: ¿Quién, al escucharla, no siente el impulso de buscar trabajo debajo de las piedras?

5. Ibid, pg 78.

6. No hay un solo crítico que deje de lamentarse de la confusión creada en torno al concepto. Por citar solo dos casos: Naredo, José Manuel, Sobre el origen, el uso y el contenido del término “sostenible”, incluido en La construcción de la ciudad sostenible, Ministerio de Obras Publicas, Transportes y Medio Ambiente, Madrid, 1996 (versión electrónica disponible en http://habitat.aq.upm.es/cs/). Igualmente García, Ernest, El trampolín faústico. Ciencia, mito y poder en el desarrollo sostenible, Ediciones Tilde, Valencia, 1999.

7. Por ejemplo con el desarrollo de la noción de “sostenibilidad”, independizada del “desarrollo” (vid Naredo, op. cit.)

8. Puede apreciarse una muestra de esta defensa en Jacobs, Michael, La economía verde. Medio ambiente, desarrollo sostenible y la política del futuro, Icaria/Fuhem, Barcelona, 1997. Aquí se expone otro argumento que no tiene relación directa con la ambigüedad del lenguaje, y que viene a decir: “las utopías están muy bien, pero vivimos en el mundo real y esto del desarrollo sostenible es algo que los amos parecen por lo menos dispuestos a escuchar. Si jugamos bien nuestras cartas a lo mejor los convencemos para que hagan algo. Y algo siempre es mejor que nada”. Por supuesto, esta actitud “realista” es una muestra de idealismo en sentido estricto, que tiende a producir y reproducir aquellas relaciones de poder que impiden, precisamente, hacer algo.

9. Considerado el fundador de la ecología política –aunque él empleó el término de “bioeconomía”–, Georgescu-Roegen (1906-1994) estableció la inviabilidad material de la sociedad industrial a medio-largo plazo, mediante la aplicación de las leyes de la termodinámica a las bases físicas del crecimiento económico. Por ello fue reducido al ostracismo académico, a pesar del sólido prestigio que había adquirido anteriormente en el campo de la economía “clásica”.

10. Así consta en un remoto párrafo de la sección de agradecimientos de Nuestro futuro común.

11. Comisión Mundial… Op, cit., pg 29.

12. Ibid, pg 88.

13. Ibid, pg 88.

14. Ibid, pg 35.

15. Ibid, pg 88.

16. Esto ya había sido señalado por Georgescu-Roegen con anterioridad a la redacción del informe Brundtland, que naturalmente obvia sus conclusiones. A pesar de su extensión, no me resisto a incluir una cita del economista rumano: El verdadero mito de la economía convencional se refiere al poder de la tecnología para resolver cualquier crisis que se de entre la especie humana y la oferta de energía y materiales procedente del medio ambiente […] Aquellos que han invertido un esfuerzo intelectual inmenso en teorías del crecimiento basadas en la noción de que el crecimiento exponencial no sólo es un estado deseable sino el estado normal, ahora mantienen con total seriedad que la tecnología también progresa exponencialmente. Georgescu-Roegen, Nicholas, Mitos sobre la energía y la materia. Incluido en Ensayos bioeconómicos (edición de Óscar Carpintero). Los libros de la catarata, Madrid, 2007.

17. Comisión Mundial… op. cit., pg 35.

18. Que aseguran, igual que hace treinta años, que no hay nada que temer de la energía nuclear. Lo de Three Mile Island (Pennsylvania) jamás ocurrió, lo de Chernobil fue un efecto del “comunismo” más que de la energía nuclear propiamente dicha, y los eructos recurrentes de Vandellós a lo largo de este año 2008 son puramente anecdóticos. Se persigue el reactor nuclear de fusión –es decir, a lo grande, por no perdernos en explicaciones técnicas– y se nos asegura que las “nuevas tecnologías” harán imposible, cómo no, el fallo en materia de seguridad.

19. Una vez más, Georgescu-Roegen había desarrollado la crítica del reciclaje cuando éste apenas había pasado del estadio de mera hipótesis especulativa. Y desde luego, antes de que el informe Brundtland le diera luz verde a su práctica generalizada. Véase por ejemplo La ley de la entropía y el problema económico, en Georgescu-Roegen, op. cit., pp 46-47.

20. El género cinematográfico de muertos vivientes nos ha brindado algunas interesantes metáforas de esta situación, por ejemplo en Amanecer de los muertos o 28 semanas después. No es difícil establecer una analogía entre el ataque de los muertos vivientes y el ataque de los desposeídos. Unos y otros son una masa, se visten con harapos y tienen mala cara. Además van a por tí, ciudadano de clase media-alta, para convertirte en un ser desguazado como ellos. Así, el miedo al muerto viviente resulta ser miedo al desclasamiento, a entrar sin remedio en las filas de los desposeídos.

21. Véase al respecto el interesantísimo debate bizantino sobre si el reciente agotamiento de la burbuja especulativa inmobiliaria ha dado lugar a una crisis, una recesión o una desaceleración. Lo único claro al respecto es que el número de incendios forestales se ha reducido sensiblemente este año 2008, y es que al menos en este caso los intereses económicos y ecológicos parecen no haber ido de la mano.

22. Me limitaré al ejemplo de la deforestación casi integral de Inglaterra, consumada a lo largo del siglo XVI para obtener pastos destinados a la cría de ovejas, destinadas a su vez a proveer de lana a las manufacturas textiles de los Países Bajos. La deforestación continuó en los siglos XVII y XVIII en las colonias inglesas, que proveían de madera a la metrópoli. Podría citarse también la deforestación de territorios en el Nuevo Mundo para extender la economía de plantación, etc.

23. Jacobs, op. cit., pp 53-54.

24. Daly, Herman E., La economía en estado estacionario: hacia una economía política del equilibrio biofísico y el crecimiento moral. Incluido en Daly, Herman E. (ed), Economía, ecología, ética: Ensayos hacia una economía en estado estacionario. Fondo de Cultura Económica, México DF, 1989. pg 334.

25. Georgescu-Roegen señaló también que la noción de “sostenibilidad” en sí debe ser relativizada, pues a la larga el carácter finito de los recursos daría al traste incluso con una economía estacionaria (vid. Georgescu-Roegen, Mitos de la economía y de la energía, en Daly, op. cit., pg 82). Con todo, seguimos pensando que la crítica central al concepto sigue siendo la de no insertarse dentro de una teoría más amplia del cambio social, ya que de cualquier modo la especie humana tendrá que desaparecer en algún momento del futuro.

26. Georgescu-Roegen, op. cit., pg 82.

27. Ya hemos visto al nuevo imperialismo de la Potguerra Fría justificar sus guerras con argumentos humanitarios. Pronto lo hará con argumentos ecológicos. En las guerras imperialistas que se avecinan, el agresor se presentará como garante de una gestión “ecológicamente racional” de los recursos del territorio agredido.

28. Véase por ejemplo la potencia desplegada en la primera mitad de los ochenta por el movimiento antinuclear, especialmente en la entonces RFA. Un ejemplo más cercano lo tenemos en el vasto movimiento popular que se opuso a la central nuclear de Lemóniz, Vizcaya.

29. Dick, Philip K., ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Edhasa, Madrid, 1982. La obra inspiró el excelente film Blade Runner, dirigido por Ridley Scott, que además anticipaba la hipermezcolanza cultural de la “globalización”.

fuente:  https://argelaga.wordpress.com/2016/07/07/la-invencion-de-brundtland-sobre-la-nocion-de-desarrollo-sostenible/

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