Argentina: Resistencia popular desde abajo y a la izquierda

___RESISTIR__ARG_Resistencia popular en tiempos macristas: desafíos desde abajo y a la izquierda

por Sergio Zeta    

Cada vez con más fuerza -aunque aún fragmentada y reaccionando a contragolpe – brota la rebeldía popular contra la ofensiva macrista, el gobierno de “los ricos”

El kirchnerismo por su parte aparece cada vez más fragmentado y debilitado, en proporciones tales que puede hablarse de un derrumbe, acelerado por la corrupción de muchas de sus figuras (más allá de la utilización que el macrismo hace de las denuncias), y el abandono de otras de ese espacio, en transas de las que el pueblo y gran parte de su militancia se siente ajena.

A varios meses de gobierno macrista, el desinterés de la dirigencia kirchnerista en impulsar la resistencia, escudándose en un aporte a la “gobernabilidad”, no es un dato menor del derrumbe. No les sirvió patear la pelota hacia adelante con un “volveremos” que justificaría tanto la inacción actual como las alianzas más espurias. Las abismales diferencias entre lo que fue la “resistencia peronista” contra la Libertadora -obrera, popular y desde abajo- con el actual “aguante”, resaltan la ajenidad de esta dirigencia con un pueblo que, como puede, viene dando pelea. Y constata, una vez más, que el PJ ya nada tiene que ver con el “hecho maldito del país burgués” y mucho que ver con un partido del poder, garante del orden del capital.

La multitudinaria y ruidosa protesta del jueves 14 de julio contra los tarifazos tuvo ya poco de “volveremos” y mucho de la alegría de un reencuentro con el vecino del barrio y de respuesta colectiva.

Por su parte el macrismo apuesta a combinar consenso y represión para afianzar su proyecto. Si bien, a diferencia del menemismo no cuenta a su favor con un pueblo derrotado para aplicar sus planes profundamente antipopulares, no parte tampoco de cero. Se apoya en lógicas y en un horizonte de “sentido” que ha construido el kirchnerismo para restaurar el orden institucional y la acumulación de capital que la rebelión popular del 2001 puso en crisis. Desde los sectores populares necesitamos poner en cuestión esas lógicas y ese “sentido común” que operan dificultando tanto las resistencias como la construcción de alternativas.

Macrismo y kirchnerismo ¿antagonismo o continuidad?

La “ceocracia” gubernamental con su insensibilidad frente al sufrimiento popular, su desembozada dominación de clase y su desprecio a los pobres: “están los pobres y la gente normal” -afirmó la vicepresidenta Gabriela Michetti sin ponerse colorada- nos produce repudio, bronca e indignación que despiertan una primera sensación de antagonismo de este gobierno respecto al anterior. Pero una mirada atenta descubre -más allá de algunas diferencias que podemos reconocer- importantes continuidades que necesitamos considerar para construir un nuevo rumbo.

La importancia de rastrear estas continuidades no es menor. Incide en la disyuntiva entre aspirar a “volver” a la “década ganada”, (con más o menos críticas a la misma), o luchar por salir del capitalismo -que de humano no tiene el rostro ni nada-, construyendo más articulación y organización popular, prefigurado nuevas subjetividades plebeyas y emancipatorias, nuevas respuestas para nuevos y viejos problemas.
Está claro que algunas de las medidas adoptadas durante el kirchnerismo serían impensables en este gobierno, como los juicios a los genocidas u otras. Pero coincidimos con Alberto Bonnet en que la pregunta sobre ¿qué fue el kirchnerismo? “… no puede responderse seleccionando y amontonando hechos sueltos en los platillos de una balanza imaginaria, ya sean los juicios a los genocidas, la asignación universal por hijo o el matrimonio igualitario, ya sean las ganancias extraordinarias de los empresarios, la megaminería contaminante o la corrupción generalizada. La pregunta reclama más bien una respuesta que involucre una conceptualización de conjunto del kirchnerismo. En este sentido, el kirchnerismo expresó ciertas relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase y las expresó de determinada manera: expresó, más específicamente, las relaciones de fuerzas emergentes de la crisis de acumulación y dominación que culminó a fines del 2001 y las expresó como recomposición de esa acumulación y esa dominacióni”.

Esta conceptualización de conjunto de la política kirchnerista es la que no ven -o no quieren ver- quienes escinden entre “lo bueno y lo que faltó profundizar”, fórmula que es sostenida tanto por organizaciones que de buena fe apoyan al kirchnerismo como por aquellos dispuestos a disputar su herencia. Por convicción o conveniencia sostienen mitos que impregnaron de legitimidad impostada al kirchnerismo como su supuesta similitud con los proceso de Venezuela o Bolivia.

Sin embargo el kirchnerismo no fue parte de las movilizaciones populares contra el neoliberalismo, a diferencia del chavismo y del MAS en Bolivia. Mientras que en la Argentina el K viene a recomponer el orden previo a la rebelión y movilización popular del 2001, en Venezuela se impulsa una transformación con contenido democrático-radical que llegó a proyectarse como socialismo del siglo XXI y el poder comunal, de modo que solo con gran imaginación, muy buena voluntad y algo de miopía, pueden  ubicarse como parte de un mismo “ciclo progresista”. La diferencia entre ambos procesos explica la relativa facilidad con que el macrismo viene desmontando lo que de la estructura kirchnerista favorecía al pueblo, hecho que no se está dando de igual manera en Venezuela, con un fuerte avance de la derecha pero que se enfrenta a fuerzas populares que resisten su embestida.

Desde el primer momento el kirchnerismo se propuso ir hacia “un país donde las posibilidades y la defensa del capital argentino, el empresariado nacional, la producción y el trabajo argentino sean prioritarios” (discurso de Néstor Kirchner en el Encuentro Nacional de la Militancia, Parque Norte, 11/3/04). Para ello no sólo mantuvo sin alteraciones la estructura económico-social heredada del neoliberalismo, no sólo expandió el empleo sobre la base de conservar la precarización laboral que facilita la ofensiva macrista sobre los trabajadores, sino transfirió millonarios recursos hacia quienes “juntándola con pala” formarían ese “empresariado nacional” que desarrollaría el país: los Cirigliano, los Roggio, Taselli, Szpolsky, Eurnekian, López, Báez, Blaquier, Werthein y muchos más. Sin embargo nada de eso significó para el país el surgimiento de un “capitalismo serio” (como si tal cosa existiera) sino de un “capitalismo de amigos” y puso un techo a la disminución de la pobreza o a la solución de los graves problemas de vivienda, salud o educación, entre otros.

Creemos que esta experiencia confirma que solo el pueblo trabajador puede defender intereses nacionales, concibiendo estos tal como lo expresa Miguel Mazzeo: “Frente al espacio antiutópico que impone la globalización, frente a sus modalidades de homogenización compulsiva y opresora, pero también frente a la inconsistencia e inviabilidad histórica de los artefactos culturales y las “topías” burguesas, la nación puede reconfigurarse y redefinirse como el espacio de una comunidad construida por los y las de abajo en base a la diversidad, la igualdad sustantiva y el poder popular”ii.

Para construir esa comunidad de los de abajo y el poder popular, no podemos aspirar a “volver” al pasado, aún en alguna pretendida versión mejorada, sino innovar mirando al futuro.

Tarifazo, política energética y resistencia al ajuste

Desde los primeros ataques del macrismo contra el empleo y el salario, los trabajadores lograron frenar en parte la ferocidad de los mismos y obligaron al gobierno a algunos retrocesos momentáneos.

Ahora cobra fuerza la resistencia popular contra los brutales tarifazos que va consiguiendo triunfos parciales y aplazamientos, pero para derrotarlos definitivamente necesita aspirar a un objetivo diferente que sostener lo hecho por el kirchnerismo, en tanto la política del actual gobierno no difiere radicalmente de la que se implementó durante la década pasada.
La política kirchnerista respecto a los servicios públicos se paró sobre dos pilares. El primero  fue el estímulo a las empresas prestatarias a través de millonarios subsidios (que nunca se auditaron) y, desde el año 2012, en que se renacionalizó parcialmente YPF, a través del aumento de precios. Desde ese año y fines del 2015 se aplicaron 24 aumentos en la nafta por un total de 137% en la Capital Federal y de 154% en Mendoza.iii”  En el mismo período el precio internacional del barril de petróleo pasó de 106,1 u$s a solo 41,8 u$s, convirtiendo el petróleo argentino en uno de los más caros del mundo. El segundo pilar fue mantener la matriz energética basada en energías fósiles (petróleo y gas), en sintonía con la política de los EE.UU y las corporaciones petroleras, lo que llevó a priorizar Vaca Muerta y a los acuerdos con Chevrón, dejando de lado el desarrollo en energías renovables como la eólica, para las que Argentina tiene condiciones excepcionales.
El macrismo solo tuvo que generalizar y profundizar esta política haciendo caer esta vez, el grueso de los pagos a las empresas, sobre el bolsillo de los consumidores.

¿Puede resultar extraño, entonces, que a pesar de la bronca que genera el brutal tarifazo, la mayor parte de la población acepte desde el “sentido común” los aumentos, aunque cuestionando los porcentajes? ¿Que la reacción sea solo de contragolpe, cuando el macrismo avanza demasiado, dejándole la iniciativa? Esta es otra herencia de la década K.
Para derrotar al macrismo y su tarifazo necesitamos recuperar iniciativa e impulsar alternativas populares que rompan con la racionalidad neoliberal de que todo es mercantilizable. Imponer una auditoría sobre las ganancias de las concesionarias, recuperar el control estatal y de los usuarios sobre los servicios públicos y avanzar hacia energías renovables, diversificadas y no contaminantes. Podemos lograrlo con la organización popular en cada barrio y localidad, partiendo de las necesidades concretas, con la convicción de que la energía es un derecho de todos y todas.

Hace algunos años, frente a una soberanía domesticada e institucionalizada que levantaba el progresismo, movimientos populares independientes acuñamos la frase y el objetivo de “soberanía popular”. Frente a un kirchnerismo que nunca se planteó salir de los marcos en que el imperialismo imponía su política energética, que dejó en manos de las grandes corporaciones y fondos de inversión la producción y comercialización agrícola y alimentaria, que entregó los bienes de la naturaleza a las multinacionales contaminadoras y saqueadoras, y frente al gobierno actual que profundiza tal subordinación al punto de hacer la energía y los alimentos inaccesibles para el pueblo, frente a las necesidades de la lucha que esta situación impone, vale la pena renovar su actualidad.

El capital no sólo busca imponer su agenda sino elige el terreno de las batallas. Se siente cómodo sólo cuando todo se decide entre ministerios, legislaturas o juzgados. Que el pueblo proteste contra la magnitud de los aumentos no les gusta, pero les resulta aceptable. Que se exija la renuncia de algún ministro, como en este caso de Juan José Aranguren, les gusta menos, pero no sería la primera vez que sacrifiquen un peón para dar jaque mate. Pero lo que resulta inaceptable al poder político y económico, es que el pueblo elija también el terreno de las batallas, que la política salga del “palacio” y se discuta en las “calles”. Sin dudas, si renuncia Aranguren, lo festejaremos como un primer triunfo de la lucha popular. Pero no habrá triunfo duradero si el pueblo no debate sus propias alternativas y las impone con la lucha.

Resistencia popular y acumulación de fuerza político-social

A pesar de algunos rasgos comunes del macrismo con los años ’90, la resistencia y lucha popular no puede seguir acumulando fuerzas a través de las mismas prácticas y ejes políticos que fueron acertados durante la resistencia al neoliberalismo.  
Por entonces, la lucha, con “unidad y organización” de los nacientes movimientos piqueteros señalaba un rumbo claro. “Trabajo y dignidad”, objetivos primordiales, no podían obtenerse dentro de los marcos del capitalismo existente sin librar por lo menos enormes batallas; la democracia de base, condición del poder popular, era otro signo distintivo de la nueva izquierda naciente que la emparentaba con todo sector resistente, sea en los barrios, empresas, escuelas o Universidades y “cambio social”, otra idea fuerza de la izquierda independiente que nacía en esas organizaciones de lucha, apuntaba certeramente no sólo contra el gobierno sino también contra el capitalismo en la forma concreta que asumía por entonces, contra el relato neoliberal del “fin de la historia” “el fin de las ideologías” y señalaba la necesidad de transformación revolucionaria del sistema.

Pero en aquellos años no había un “progresismo” que disputara proyecto político. Tampoco lo disputaba la vieja izquierda, incapaz de percatarse del multitudinario cuestionamiento a la democracia representativa, del surgimiento de nuevas formas de hacer política, de los cambios estructurales en la clase trabajadora y en los mecanismos de dominación, así como tampoco se sintió interpelada a sacar conclusiones de la caída del muro o del fracaso de los nacionalismos revolucionarios.  

En el escenario actual es primordial avanzar unos cuantos pasos más de los que ya dimos y aprendimos. Junto a la participación y el impulso de las luchas, la politización de las mismas es indispensable. También el enfrentamiento a las burocracias para el desarrollo de la organización popular y de la democracia de base, así como la articulación de los diversos sectores del pueblo trabajador, aún pendiente desde que el grito “piquete y cacerola, la lucha es una sola” fuera congelado durante la década kirchnerista.  La disputa política, ideológica y cultural que nos impone el consenso neoliberal y su versión progresista se hace imprescindible.

Estas batallas solo pueden librarse desde la más amplia unidad, paradxs desde nuevas o renovadas formas de organización que como pueblo somos capaces de alcanzar. En su transcurso podrá irse construyendo un amplio movimiento político-social, con toda la diversidad del pueblo trabajador y los sectores oprimidos, hacia una verdadera transformación de la sociedad y el país, en sintonía con los pueblos de América Latina.

Unas palabras sobre la politización

Hoy día hablar de “politización” suele ser fuente de malos entendidos. Los distintos gobiernos que se han sucedido en las últimas décadas con sus gestiones corruptas, mentirosas e indiferentes a las necesidades del pueblo construyeron una idea de la política escindida de las prácticas cotidianas del pueblo trabajador. Para el kirchnerismo “política” fue sinónimo de “regreso del Estado”, expropiándola al pueblo que la había comenzado a ejercer en la resistencia al neoliberalismo y más masivamente con la rebelión popular del 2001, para devolver su ejercicio a la casta de políticos profesionales, a “los que saben”, que -con un partido u otro- gobiernan al servicio del poder económico-político y de su propio enriquecimiento.

Si la rebelión del 2001 había colocado en primer plano la política como algo que excedía al Estado y que refería a como el pueblo tomaba en sus propias manos lo que hacía al interés general, la restauración K volvió a concentrar todo en y hacia el Estado. El pueblo dejó de ser protagonista hasta en los análisis de situación, muchas organizaciones e intelectuales, cooptados o atrapados por un  análisis binario de la realidad, redujeron todo a un enfrentamiento entre derechas y gobiernos (así como antes entre democracia liberal y dictadura).
Esto, si bien le permitió al K reconstruir cierta institucionalidad, también  fue lo que facilitó, cuando el progresismo chocó con sus propios límites, que vastos sectores populares no vieran otra alternativa que la derecha.

El macrismo y su grupo de asesores que hicieron una buena lectura de todo esto, aprovechó este imaginario sembrado en la sociedad para denigrar la militancia y basó su campaña y actos públicos -profundamente políticos- como producto de una racionalidad técnica y de sentido común en el que la “política” no tendría nada que ver.

Ambos, aún con diferentes discursos, tuvieron y tienen el objetivo de que el pueblo no haga política, con el fin último de frenar el avance de la organización popular por abajo y el consecuente empoderamiento del pueblo.

Cabe mencionar también que sectores de la izquierda comenzaron a hacerse eco de la acusación de “antipolítica” a todo lo que no se refiera directamente a la disputa por el Estado, enfocándose en las campañas electorales como modo de construcción política. Otros sectores de las izquierdas creen que son sus partidos los que tienen el monopolio del “saber” de una política “correcta” y creen que “politizar” es ganar trabajadores para sus filas.

La actual resistencia contra el macrismo abre una nueva posibilidad de que el pueblo recupere el sentido y el ejercicio de la política o, como se popularizó durante la rebelión del 2001, una “otra” política que se proponga, no la conservación de lo existente sino su transformación, construyendo poder popular desde el Estado, fuera del Estado y contra el Estado.

Será desde esas luchas y desde sus organizaciones, que el pueblo podrá imponer sus propias soluciones a los problemas de fondo del empleo, de la educación, del transporte, de la vivienda, de la salud, de la igualdad de género, del medio ambiente.  Los legisladores que logren las izquierdas, los partidos, las organizaciones políticas, no deberán buscar canalizar estas luchas sino ponerse a su servicio.

Rumbos diversos en las izquierdas

La coyuntura que se vive en el país abre un espacio importante para la izquierda. Sin embargo, este espacio no está logrando intervenir de conjunto y se van delineando por lo menos 3 rumbos diferentes en este espacio.
Esquemáticamente, podemos señalar a una izquierda que apunta a construirse -más o menos críticamente- desde el espacio K y la defensa de las “conquistas”. Sus principales preocupaciones pasan por “hacer política” institucional, coincidentemente con la restauración K. Mientras algunas agrupaciones de la llamada izquierda “popular” pretenden un kirchnerismo sin PJ;  otras, como el Movimiento Evita, se integran a la conducción del PJ mientras coquetean con Massa y con agrupaciones de esa izquierda “popular” en sintonía con el Papa Francisco, que viene interviniendo para conformar una oposición sistémica al macrismo.

Otro sector de la izquierda, quienes mayor expectativa despertaron, fueron quienes conformaron el FIT. Pero parece que ya han llegado a su techo. Su práctica y discurso se limita a la mera lucha contra el ajuste, como si el capitalismo, con su crisis civilizatoria, humana, ambiental, se resumiera en un ajuste que, por más terrible que sea, es sólo una parte de los padecimientos que produce el capitalismo en el pueblo trabajador, llegando, incluso, a poner en riesgo la continuidad de la vida en la Tierra. Ninguno de los integrantes del FIT va más allá de la lucha contra el ajuste porque su proyecto de cambio social revolucionario lo resumen en su propia autoconstrucción, desatando una lucha fratricida entre ellos que destruye iniciativas de unidad de lxs trabajadorxs y hunde las expectativas que despertaron.

Cuanto más se necesita la unidad, más allá de lo electoral, más convierten al FIT en una cooperativa colectora de votos mientras sus integrantes priorizan sus peleas, aún a costa de intervenir enfrentados en las luchas sociales y malograr iniciativas de unidad del conjunto de las agrupaciones clasistas y de base, como ocurrió con el Encuentro Sindical del 5 de marzo de este año.

Lamentablemente que ocurra esto con el FIT es una desgracia, no solo para sus integrantes sino para el conjunto de la izquierda que habíamos considerado su formación, aún con sus límites, como un posible avance para las izquierdas y los sectores populares.

El espacio de la nueva izquierda independiente o “en búsqueda”

Por fuera de estos dos sectores claramente delimitados existe otro espacio, más amplio y difuso. Podemos considerar como parte del mismo a las organizaciones político-sociales que nacieron de los movimientos piqueteros y territoriales que lucharon contra el neoliberalismo, a agrupaciones de trabajadores ocupados como Rompiendo Cadenas o de sindicalismo de base y antiburocráticos entre las docentes, aceiteros, delegados de la línea 60, estatales y otras. También forman parte de este espacio asambleas socio-ambientales, colectivas de género, estudiantiles, culturales, de comunicación, de pueblos originarios. Si bien diferentes, las prácticas denotan similares coordenadas emparentadas con la construcción de poder popular, la democracia de base y una politización alternativa. Seguramente la resistencia parirá otras organizaciones y colectivos, como en su momento parió los movimientos piqueteros, a lo que debemos estar muy atentos e ir ensayando experiencias y acercamientos.
La inserción en las luchas y la búsqueda constante de articulaciones entre ellas son los pilares de los que partir para instalar un espacio de izquierda, diferente al tradicional y al progresismo, sin perder con ello capacidad de diálogo ni apertura, así como potencialidad para instalar agenda popular.

Nos queda el desafío de pensar cómo fortalecer el espacio de una nueva “izquierda en búsqueda”, como la llamó certeramente un compañero, teniendo en cuenta que la clave está en insertarse, pacientemente, en la luchas con el pueblo y avanzar en iniciativas para desandar la fragmentación y dispersión de este espacio.

El espacio de la nueva izquierda independiente podrá avanzar mucho en esta nueva situación de la lucha de clases en tanto sea capaz de insertarse en las luchas de nuestro pueblo e ir articulándose sin sectarismo y en forma movimientista, con perspectivas socialistas, feministas, antimperialistas, de ecologismo popular, latinoamericanistas y radicalmente democráticas. Necesitamos reconstruir la convicción de la necesidad y posibilidad de una nueva izquierda para la construcción del poder popular, que no se opone a la vieja idea de la toma del poder sino la supera, integrándola como momento de un proceso más extenso y complejo.
En un mundo donde desde la caída del mal llamado “socialismo real” solo se habla de mejorar un poco la vida en el marco del capitalismo -con la honrosa excepción de Chávez-, recuperar la utopía que otro mundo es posible se hace vital. Sin ella la mística se transforma en liturgia vacía y se hace imposible cualquier transformación.  Necesitamos una izquierda que considere -a diferencia de la cháchara progre- que realmente llegó la hora de ir por todo.

fuente: https://www.rebelion.org/noticia.php?id=215291

otras notas del autor:
http://www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=5&id=Sergio%20Zeta&inicio=0

Anuncios

About this entry