Argentina_Còrdoba: Habitar La Libertad (I y II)

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Habitar La Libertad. Parte 1

Un recorrido por la comunidad campesina que, desde hace décadas, convive en un territorio de 13 mil hectáreas en las puertas de las Salinas Grandes. Un día con mujeres, hombres y niñxs que hacen del campo un lugar donde vivir. Un encuentro con treinta familias que, hoy, enfrentan, una vez más, el intento de rematarles una parte de su tierra y su libertad.

Por Lucía Maina para La tinta

A qué le llaman distancia
eso me habrán de explicar.
Sólo están lejos las cosas
que no sabemos mirar.

Atahualpa Yupanqui

¿Dónde queda La Libertad? En el medio de un camino de tierra. Después de pasar la ciudad de Córdoba, todo el Valle de Punilla, el pueblo de Cruz del Eje y 45 km de un surco de polvo bordeado de monte, que, en algún momento del más allá, se transforma en el desierto blanco de las Salinas Grandes.

Termina el asfalto, cruzan el paso a nivel, doblan a la derecha y siguen 45 km hasta La Libertad. Eso nos dijo Mario en el audio de whatsapp que volvemos a escuchar ahora que ya pasamos el paso a nivel y el surco de polvo se abre ante nosotrxs. Y hacia allá vamos, hacia esa comunidad campesina que habita un territorio de 13 mil hectáreas desde hace décadas, hacia esas mujeres, hombres y niñxs que viven de esas tierras.


Hacia esas treinta familias que, en los últimos seis años, ya han resistido los intentos de una empresa de tomar posesión del lugar donde habitan y que, ahora, enfrentan por segunda vez el intento de un grupo de abogados de rematarles una parte de La Libertad.


Jarillas, algarrobos, pichanas, mistoles, quebrachos pasan por los espejos del auto, de un lado y del otro. No hay casas, no hay gente, solo este serrucho del camino que nos hace saltar dentro del auto cubierto de tierra. Recién vamos 8 kilómetros recorridos y nos es inevitable especular cuántas tuercas del auto se están aflojando en este vibrar interminable.

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(Imagen: La tinta)

De repente, un cartel cruza el camino: “Bienvenidos, comuna de San Nicolás”. Y ahí sí, unas diez o veinte casas, unos cuatro o cinco humanos parados en una esquina con sus motos –los nuevos caballos de los campesinos, como descubriremos mañana-. Después, los primeros cultivos que vemos en la zona: olivos, olivos, más olivos y así hasta la entrada de la estancia Olivares San Nicolás –denunciada por lxs campesinxs por haber hecho perforaciones ilegales para regar su producción con la poca agua que hay en la zona, como sabremos también mañana-. Todavía nos faltan unos 20 km.

Pasa un camión con leña, un par de motos, cuatro pavos que bordean el camino. Y, otra vez, el surco, el monte y una pregunta que zumba: ¿Se puede? ¿Se puede vivir tan tierra adentro? ¿Tan en medio de la tierra?

A pesar de nuestro miedo a perdernos, de la desconfianza urbana hecha de GPS y calles numeradas, llegamos y la certeza es total. No solo por la bandera roja del Movimiento Campesino de Córdoba que ondea frente a la tranquera de una casa, sino, sobre todo, porque, sin señal de teléfono y con el cálculo poco calculado de nuestro horario de llegada, Mario está ahí, como nos prometió hace días, esperándonos en la puerta de La Libertad. Sí, en La Libertad, no hay señal de celular.

Mario nos saluda con una sonrisa bajo su gorra roja que dice “Somos tierra para alimentar a los pueblos”. Detrás de él, aparecen tímidamente su hija Ester y sus nietos. Con la última luz del día, entramos a la casa y charlamos entre mates que Ester ceba con mucha azúcar y en silencio, mientras su padre empieza a explicarnos dónde estamos.

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(Imagen: La tinta)

Sobre la mesa, Mario despliega la hoja de un cuaderno para mostrarnos cómo es el campo, cuya extensión equivale a un cuarto del ejido urbano de Córdoba capital, solo que sin más edificios que los ranchos y casas de las treinta familias que lo habitan. Entonces, con su lapicera, dibuja rayas, curvas, ríos, escribe nombres de ciudades y parajes.


Después, da vuelta la hoja y hace el mismo mapa, pero lo que forma son territorios campesinos y lo que escribe son las organizaciones que integran el Movimiento Campesino de Córdoba (MCC). Nosotros estamos acá, formamos parte de la Organización de Campesinos Unidos del Norte de Córdoba, la OCUN, dice.


Unos mates más tarde, salimos a la noche, donde un horno de barro que lxs niñxs encendieron en este rato arde sin parar con un naranja que interrumpe el frío y la oscuridad. Mientras Ester pone ahí adentro las masas que, en unos minutos, serán un pan riquísimo, su padre nos muestra en su celular la foto de dos bichos grandes cocinándose a la leña: estos lechones comimos hace unos días, para celebrar que el campo no se había rematado, cuenta.

La comida y la comunidad

El día amanece con un sol tímido, opacado por algunas nubes, pero, ahora sí, empezamos a ver dónde estamos. Estamos acá, sobre este suelo marrón sin un rastro de césped que recubre todas las hectáreas del campo. Estamos en este lote que es el espacio común donde lxs habitantes dispersos por todo el territorio de La Libertad se encuentran y se organizan.

— ¿Y cómo se organizan? ¿La producción es comunitaria? —le preguntamos a Mario mientras recorremos el lugar.

— Lo comunitario es el campo, el territorio, después, en lo demás, cada familia tiene lo suyo. Son trabajos individuales por familia, porque es muy difícil mantener un trabajo comunitario, porque vos conocés a todos y te dicen dame cinco kilos hasta que venda la leña o el cabrito, pero, a lo mejor, no pudo vender la leña o el camión no vino, el cabrito se le murió, se le enfermó un chico y tuvo que gastar la plata y no le podés decir que no lleve.

— Pero casi todos producen lo mismo, ¿no?

— Claaaro: cabras, miel, leña…

— ¡Llamala a la Negra que se fue a correr al chivo! —se escucha que grita, desde el corral, Rubén, el hijo más chico de Ester, que, junto con sus hermanos, intenta mantener bajo control a su perra mientras ayuda a su madre con los cabritos, como cada mañana.

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(Imagen: La tinta)

Mario nos señala un caño verde de apenas unos centímetros que sobresale de la tierra y nos cuenta lo que no vemos: que ese caño atraviesa las napas y se hunde hasta llegar a los 50 metros de profundidad para conseguir agua de buena calidad. Esa es la perforación de la comunidad, la que abastece a las familias en sus necesidades.


Para lxs habitantes de La Libertad, conseguir los alimentos que no producen no solo es difícil porque requiere plata que, muchas veces, no tienen, sino también porque ir a comprar requiere recorrer kilómetros y kilómetros.


— Por eso, muchas veces, si me quedo sin harina, azúcar, yerba, qué sé yo, voy al vecino y le digo prestame. Y si después no tenés para devolverle, le das un cabrito o algo.

En las explicaciones de Mario sobre las relaciones entre comida y comunidad, resuenan inevitablemente aquellas que, hace un siglo y medio, acá mismo, en la provincia de Córdoba, le daba un ranquel al coronel y escritor Lucio V. Mansilla –nombre que lleva, también, un pueblo de esta zona, casi como un recuerdo de la colonización-:

— ¿Y cuánto vale una vaca?

— No tiene precio

— Cómo, ¿no tiene precio?

— Cuando es para comercio, depende de la abundancia; cuando es para comer, no vale nada; la comida no se vende aquí, se le pide al que tiene más.

— ¿De modo que los que hoy tienen mucho pronto se quedarán sin tener que dar?

— No, señor, porque lo que se da tiene vuelta. Aquí, el que da una vaca, una yegua, una cabra o una oveja para comer la cobra después; el que la recibe, algún día, ha de tener¹.

Pero Mario dice que ahora, en las reuniones del Movimiento Campesino de Córdoba, no tienen tiempo de hablar de pueblos originarios. En el siglo XXI, hay otras urgencias –otras, o las mismas-.

 


La tierra y la resistencia

Caminamos hacia una construcción, un salón comunitario que construyeron los vecinos hace unos años. Después, consiguieron chapa y pudieron armar una galería, y, con algunos materiales más, hicieron una cocinita, un baño y un puesto de salud.

— Acá se festeja el Día de la Madre, el Día del Niño, esas cosas, y ahí vienen las 30 familias. Y el primer jueves de cada mes, hacemos reunión de la comunidad, donde hablamos distintos temas. Ahora, la prioridad es el tema territorial y suele venir el abogado –cuenta Mario-.

Después, con su gorra roja de siempre, se sienta frente a la pared del salón o, más bien, frente al cielo y las montañas que la cubren gracias al mural que hicieron hace un tiempo. Ahí, junto a la ventana, un puño se alza sobre el cielo atrapando un camino de tierra. Sobre el camino, una frase: “Luchamos por lo nuestro”.

— ¿Desde cuándo viven ustedes acá, en el campo La Libertad? –le preguntamos a Mario y él empieza a hilar el resto.

— Desde siempre. O sea… hay varias respuestas, pero la que encierra todo es esa: desde siempre. Por ejemplo, yo nací aquí, vivo aquí y viviré acá hasta el final de los días. ¿Y desde cuándo estamos organizados en la comunidad? Hace 20, 21 años, y hace 19 que estamos en el Movimiento Campesino de Córdoba. ¿Y desde cuándo tenemos los conflictos territoriales? Desde que se comenzó a agudizar en todos los lugares de esta patria grande que queremos construir. Pero acá estamos de pie, peleándola. Creo que lo más importante es poder pelear con la verdad y la verdad es la que nos respalda, sobre todas las áreas de nuestra vida.

Entonces, empieza a contarnos cómo vienen resistiendo al remate de sus tierras. Primero, a fines de 2013, cuando la Justicia subastó 8.900 hectáreas, un 60% del campo La Libertad, con títulos de la firma Feigin Hnos., la cual quebró. Fue entonces que la empresa Petrocord compró los títulos del campo en remate, sabiendo que se encontraban ocupadas por familias campesinas.

— Ellos vinieron y tomaron posesión de 2000 hectáreas, que quedan muy al fondo del campo y nuestros animales no llegaban hasta allá, o sea que nosotros no usábamos esos territorios. Pero, después, vinieron para querer tomar posesión de los otros lotes del campo y ahí es cuando se avivó el fuego porque no lo permitimos. Desde entonces, ellos nos sacaron los carteles, candados y pusieron los de ellos, y nosotros vamos y se los sacamos, y vienen ellos y nos lo sacan, eso ha sido constante durante un año. Y cuando vieron que no es fácil, se ha calmado, pero nosotros estamos atentos siempre.


Pero, hace un año, apareció otro frente de conflicto, cuando se enteraron que otro lote iba a ser rematado, esta vez, de 2.800 hectáreas. La titular del campo es hoy una mujer anciana, cuya familia abandonó el campo hace alrededor de cuarenta años y nunca ha reclamado, pero ahora, cuenta Mario, ella tiene una deuda con un grupo de abogados a quienes les ha ofrecido el campo como pago. Así fue que se llegó al remate, pero con un acta de constatación que indica que el territorio está ocupado por una comunidad del Movimiento Campesino de Córdoba.


— El Movimiento Campesino tiene sus raíces ya, tiene su historia. Entonces, eso llevó a que, el día del remate, no hubiese oferentes. Y como no había oferentes en la primera etapa, se bajó dos tercios el precio, se vuelve a hacer la base y, de nuevo, no hay oferentes por esa causa, porque la gente que está en el campo está organizada –explica.

Una organización y una lucha, agrega, que no es solo del MCC, sino de todos. Por eso, el reclamo es que el territorio en conflicto se expropie mediante un proyecto que ya fue presentado en la Legislatura de Córdoba con la firma de algunos legisladores y que ahora espera a ser tratado mientras la comunidad intenta negociar con el Gobierno Provincial.

— ¿Y cuál es la situación hoy?

— La situación hoy está así, ¿viste? –responde Mario riendo y señalando hacia el cielo-: como está el día, que no es un sol radiante, pero que tampoco está tan oscuro porque esté nublado. Yo la tomo como bastante favorable. Es lo que nosotros siempre le decimos al Gobierno Provincial: hoy, ustedes tienen la oportunidad histórica de hacer algo por este campesinado, que produce no solo para nosotros, sino para los pueblos y ciudades vecinas.


No somos ese campesinado que tiene dos o tres mil hectáreas de soja o maíz, que producen para exportar y recibir dinero para su bolsillo. Nosotros somos ese campesinado que produce cabrito para todos, lechones, miel, y es un producto sano.


Entonces, creo que puede llegar un tiempo de cambio, histórico, pero que no sale a la luz de la noche a la mañana.

campesinos-la-libertad-mcc9(Imagen: La tinta)

Las vecinas y la crianza

Vamos a visitar algunas vecinas. Mario baja en una de las casas que se encuentra al lado del camino y nos pide que lo esperemos en el auto. Lo vemos hablar con una chica de buzo rojo, que, al escucharlo, baja la cabeza y, en un gesto de vergüenza, se mira sus crocs y el perro blanco que se pega a sus pies. Después de unos minutos, la convence y Yamila se anima a darnos una entrevista. Nos sentamos en unas sillas sobre la tierra, al frente de su casa.

Yamila es de apellido Soria, una de las familias que, hace décadas, habita la zona. Sus padres nacieron acá, buscaron el éxito -o vaya a saber qué- en la ciudad, pero tuvieron que volver a Campo La Libertad. Ella igual: vivió hasta los cuatro años en el campo, después, pasó por Córdoba capital, el sur del país y, hace ocho años, regresó. Hizo familia y se instaló definitivamente.


— La mayoría somos parientes de alguna manera. De las treinta familias que hay, hay cinco o seis familias numerosas. Y todos producimos casi lo mismo en el terreno comunitario. Las familias estamos casi todas sobre el camino y después compartimos el campo para los animales —explica a medida que va entrando en confianza.


Con el sol que le da en la cara y las avispas que revolotean a su alrededor, Yami cuenta que, por no haber vivido toda su vida en el campo, se siente medio inútil con los trabajos que hay que hacer acá y que su marido se lo repite. Ella, que se levanta cada día a la madrugada y pasa horas en el corral alimentando y atendiendo a sus más de cien animales. Ella, que, apenas termina, vuelve a la casa para cocinar y limpiar para después volver a encerrar a los animales, mientras se las arregla para cuidar a sus hijos y, a la tarde, llevarlos a la escuela, que queda a un kilómetro de allí.

Ahora, cuenta, lleva a los chicxs en moto a la escuela, si es que tiene nafta, porque, hace tres o cuatro años, su suegro los llevaba caminando y se les cruzó un león, como llaman por estos pagos a los pumas de la zona.

Después, caminamos hasta el corral que está a unos metros de la casa. Yamila repite que no sabía trabajar el campo, que se había ido muy chica, pero que bueno, que no es nada del otro mundo y que le gustan los animales. Cuando volvió a vivir a La Libertad, empezó con cuatro cabras que le regalaron sus padres. Ahora, tiene 70 cabritos de unas 50 cabras y otro tanto de cabrillitas, que todavía no se han servido y están en sus primeros celos. Todas con un solo chivo, que ahora nos mira atado del cuello en el medio del corral con un chanchito y dos perros que dan vuelta a su alrededor.

— Los cabritos empezaron a nacer el 12 de junio —cuenta la vecina y explica que las cabras, los chanchos, las vacas y las gallinas son para consumo propio, mientras que los cabritos son para la venta en temporada.

Después, levanta uno de los cabritos que, como el resto, se ha acurrucado contra el cerco ante la invasión de lxs cinco adultxs y lxs seis niñxs que hemos entrado en su territorio. Y nos muestra, preocupada, que nació con una malformación en las patas de atrás y no puede caminar.

— Cuando carneamos, yo siempre tengo la sangre —dice con orgullo uno de sus hijos, de buzo azul y unos ocho años, sentado sobre la pared del corral con una hondera roja en la mano.


— A mí, una vez, me preguntaron en una universidad por qué hacíamos trabajar a los niños. Los chicos juegan trabajando y no es un trabajo, es un aprendizaje. ¿Cómo decirles que no lo hagan si eso es de ellos y va a quedar para ellos? –dice Mario como pensando en voz alta.


— Es verdad. Los hijos van y ayudan. Todas las tardes, viene mi sobrinita también, por ejemplo, o sea que, imagínate, tengo cinco o seis chicos en el corral todos los días –responde Yamila.

campesinos-la-libertad-mcc5(Imagen: La tinta)

El monte y los hombres

Las tareas de crianza de animales y de niños -no es casual que compartan el verbo- han sido, casi siempre, tarea de las mujeres, pero, ahora, las cosas empezaron a cambiar. ¿Por el feminismo? Tal vez haya algo de eso. Pero, con seguridad, por la Ley de Bosques.


Hasta hace unos años, lo normal, en el norte cordobés, era que los hombres se fueran todo el día al campo a cortar leña, mientras las mujeres se quedaban en la casa con los animales. La restricción geográfica para buscar madera -la Ley de Bosques establece zonas donde no se puede avanzar sobre monte nativo- obligó a una reconfiguración en las tareas cotidianas y a que los hombres tengan que quedarse más tiempo en la casa.


Mario explica que, antes, se cortaba leña en cantidad y era uno más de los productos que podían vender, pero que, ahora, la producción es cada vez menor porque ya no se puede sacar leña verde.

— Pero está bueno que a veces te ajuste el zapato, no solo para valorar lo que hacés y tenés, sino para administrar bien lo que uno consigue. Y si nosotros estamos peleando para que se respete la Ley de Bosques, tenemos que ser los primeros en demostrarlo. Estamos muy cerca de las Salinas, que es zona roja, entonces, para lo único que nos han autorizado ahora es para leña seca. ¿Ves, por ejemplo, ese algarrobo que está allá, está casi todo seco? Vos le sacás lo que está seco y lo cortás –explica.

— ¿Y reciben una compensación económica por cuidar el monte?

— Sí, eso ayuda. Está bueno que esto te da un aliento, un reconocimiento oficial de parte del gobierno.

Pero el monte en La Libertad es mucho más que leña, como nos muestra Mario al recorrer algunos de los tantos árboles que hay en el espacio comunitario donde nos alojamos.

— Esta es la tusca, ¿ves? Casi todo el año, tiene fruto –dice y saca una chaucha de una rama-. Y mirá, vienen las cabras, los conejos, las vizcachas y se lo comen. Y este es el garabato –dice después, señalando un arbusto-. Para los de la Federación Agraria, esto no sirve, pero, para nosotros, sí porque, aunque tiene espinas muy bravas, el brote lo come la cabra y, después, cuando florece, vos vas a escuchar las abejas ahí…

Unos pasos más adelante, nos acercamos a un árbol de un verde diferente, brillante: la brea. Esta vez, el campesino pone su mano sobre el tronco y, con sus palabras, hace brotar de ahí una gomería:

— Por la zona de Lucio V. Mansilla, trabajaban mucho con esto, con la goma de la brea: hieren el tronco, así, y, a los tres días, sale como una resina que le cuelga y eso es una goma que se usa. Yo siempre los jodo a los muchachos acá para que la usen para pegar los parches.

— ¿Parches… de la moto, por ejemplo? –preguntamos incrédulos.

— Claro –responde él en tono de obviedad.

campesinos-la-libertad-mcc7(Imagen: La tinta)

La escuela y lxs niñxs

Al costado del camino, entre la casa de Yamila y el espacio comunitario, está la escuela primaria Miguel de Azcuénaga, la única de la zona. Natalia, una de las nietas de Mario, de unos 11 años, entra con nosotrxs a recorrer el predio. Se trata de una hectárea que donó la dueña de este campo para que lxs niñxs de la comunidad puedan estudiar, desde hace 45 años, en este edificio blanco y simple que hoy, como es sábado, está cerrado. Su cuerpo corre entre los juegos que están en la entrada, el mástil del patio y el pozo de agua con una familiaridad de casa propia, como mostrándonos con orgullo el lugar que habita todos los días de la semana. Ahora, en invierno, cuentan, lxs estudiantes van a la tarde al colegio, para evitar que se enfermen por las bajas temperaturas.

Junto a su abuelo, Nati nos señala desde fuera cada uno de los espacios: acá, hay dos aulas; de aquel lado, está el pasillo que usan como comedor y ahí, donde está el foquito blanco, está la pieza de la maestra, que, por las distancias entre La Libertad y Cruz del Eje, de lunes a viernes, se queda a dormir en la escuela.

Debajo de un árbol alto y frondoso -que debe tener la misma edad que el edificio que acompaña-, hay cuatro pupitres de madera apoyados sobre la tierra, despintados por el tiempo.

— Estos son los mismos bancos que usaba yo…— dice Mario sentado en uno de ellos. Y nos cuenta que él fue a la primaria cuando ésta quedaba en otro lugar y era solo un rancho de seis metros por cuatro-. El colegio aquí, en la comunidad, se puso en 1938.  Lo sé con certeza porque mi papá me lo contó: él tenía 12 años cuando empezó el colegio. Y cuando yo iba a la primaria, aquí había muy mucha gente, éramos como 90, 95 alumnos, así que, cuando era día viernes, era sentarse de a tres o cuatro en el mismo banco porque eran poquitos.

De sus compañeros, cuenta Mario, solo tres o cuatro se quedaron en la comunidad, uno de ellos, el padre de Yamila. El resto se fue a la ciudad.

campesinos-la-libertad-mcc6(Imagen: La tinta)

— Hace 15 años, estuvo a punto de cerrarse el primario porque no había niños y, claro, las familias se iban, los jóvenes, como no había trabajo aquí en el campo, se iban. Y a través de organizarnos como comunidad entre algunos vecinos, fuimos logrando que los jóvenes se quedaran y fueran haciendo su propia familia.


Hoy, son 23 los niños y las niñas que vienen a la escuela, la única institución pública que hay en La Libertad. El problema es que, a los 12 o 13 años, para poder seguir estudiando, tienen que irse.


El hermano mayor de Nati, por ejemplo, al igual que la mayoría de lxs chicxs que terminan la primaria, vive de lunes a viernes como interno en un secundario de Cruz del Eje, a 50 kilómetros de su casa, su familia y su comunidad. Por eso, hace tiempo que reclaman al Ministerio de Educación que construya un secundario en esta zona.

— Es una gran discusión que tenemos con la gente que está en el poder, porque es una manera silenciosa de desalojar el campesinado. Y también es una discusión que hemos tenido con muchas maestras de las comunidades, porque, por ahí, hay un niño que es un “bochazo”, como se dice, y la maestra ¿qué le dice? “Usted no se tiene que quedar acá, usted tiene que estudiar para ser alguien”. Pero ese niño ¿no es alguien hoy día? Yo estoy de acuerdo que vaya a estudiar, pero que vuelva y lo vuelque en el lugar donde ha nacido, donde están sus raíces, sus orígenes.

Nota:

¹Una incursión a los indios ranqueles, Lucio V. Mansilla.

*Por Lucía Maina para La tinta / Imágenes y Audiovisual: La tinta

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Habitar La Libertad. Parte 2

Un recorrido por la comunidad campesina que, desde hace décadas, convive en un territorio de 13 mil hectáreas en las puertas de las Salinas Grandes. Un día con mujeres, hombres y niñxs que hacen del campo un lugar donde vivir. Un encuentro con treinta familias que hoy enfrentan, una vez más, el intento de rematarles una parte de su tierra y su libertad.

Por Lucía Maina para La tinta

Somos tierra para alimentar a los pueblos. Esa ya no es la frase inscripta en la gorra de Mario, esa con la que nos recibió en nuestra llegada a Campo La Libertad y que ahora también lleva puesta sobre su pelo corto y canoso. No. Es una experiencia que ocurre en nuestra boca, nuestro estómago, mientras comemos el arroz con pollo que Amalia, su esposa, preparó para nosotrxs y que saboreamos en la galería de su casa, mientras miramos una de las tantas gallinas que tiene la familia caminar sobre la tierra alrededor de una cocina rota y a la intemperie.

Después de almorzar, cruzamos la calle para ir a lo de Daniel, que es, junto a su cuñado Mario, uno de los integrantes de la comunidad que hace más años participa en el Movimiento Campesino de Córdoba (MCC). Yo camino con Nati, que nos acompaña en la visita, y, aprovechando sus diez años, juego a analizar las huellas que encontramos sobre la tierra. Ésta es de ganzo, ésta de caballo, ésta de motos, acá la de un perro. Y así, mientras adivinamos y las suelas de nuestras zapatillas van grabando nuestros propios pasos, pienso que, para describir la vida y la convivencia en este lugar, bastaría con mirar lo que está escrito en este suelo, en su textura capaz de desafiar al tiempo.

Daniel tiene una sonrisa ordenada, perfecta, pero, a la vez, simple y espontánea, que aparece apenas nos ve llegar. Tiene también una nariz ancha y un pelo rígido y negro salpicado de canas. Como la mayoría de lxs campesinxs de la zona, nació y se crió en las tierras que son hoy Campo La Libertad. Uno de sus abuelos vivió incluso acá, en este mismo terreno donde ahora nos recibe y donde siempre compartió un rancho junto a su familia, hasta que, hace algunos años, pudo hacerse una casa de material.


— En el campo, la producción y la vivencia es prácticamente lo mismo: no se puede vivir acá sin producir, no tenés otra forma de ingreso. Y tampoco se puede producir acá sin vivir acá. Hay una convivencia con la producción. Somos unos convencidos de que la tierra nos pertenece y es un derecho, y de que, más allá de que nos cueste y nos lleve tiempo, es parte de nuestra convivencia.


Sus palabras suenan entre el zumbido de las moscas, que, a pesar de que todavía es invierno, dan vueltas sobre la mesa y el mate que circula entre nosotrxs en la galería de la casa, frente a un patio sin nada de césped y lleno de tunas.

campo-la-libertad-cordoba-mcc2 campesinos(Imagen: La tinta)

El movimiento

A través del movimiento, como llama Daniel al MCC, han visitado muchas comunidades campesinas y, en todas ellas, las problemáticas son similares a las que se viven en La Libertad: la tenencia de la tierra, la falta de servicios como agua y luz, el acceso a la educación y a la salud.

— Acá, no es fácil que las políticas de Estado lleguen, siempre están pensadas para donde está la masa mayor de gente. Nosotros luchamos para reemplazar el Estado ausente, garantizando algunas cosas desde el movimiento, pero también como vía de negociación con el Estado mismo. Somos persistentes, no es nada fácil, pero tenemos que tratar de armar y garantizar el futuro de nuestras familias —dice Daniel mientras su compañera se asoma detrás de la puerta de la casa. Va y viene, acomoda, toma notas, pero no se acerca.

Aunque vivan a muchos kilómetros de la ciudad más cercana, ellos también tienen derechos, agrega Daniel, pero, a eso, mucha gente de la zona no lo sabe y, si no sabés tus derechos, es muy fácil que venga un político con el verso.


— El movimiento es una herramienta fundamental para poder pararnos ante el Gobierno o la Justicia. No es lo mismo diez personas que cien o mil. La Justicia cordobesa sabe las problemáticas que ha tenido el Movimiento Campesino con la tenencia de la tierra. Contar con la tierra para producir va a ser siempre nuestro mayor logro y, sin la organización, la historia sería totalmente otra y no podríamos estar viviendo en estos lugares.


Pero la historia fue esta: allá por los años 90, lxs habitantes de la zona empezaron a juntarse y armaron un grupo vecinal para conseguir fondos ante alguna urgencia, como trasladar a un enfermo o conseguir remedios. Después, con el subsidio de una ONG alemana, pudieran empezar a producir pollos. Ya por el año 2000, con la ayuda de algunxs estudiantes e ingenierxs agrónomxs, iniciaron el trabajo con las cabras. Y para asesorarlos en esa tarea, llegaron a visitarlos desde APENOC, la Asociación de Pequeños Productores del Noreste de Córdoba, que les contaron cómo estaban organizados. Un par de años después, se juntaron para hacer las perforaciones y garantizar el agua para todas las familias.

campo-la-libertad-cordoba-mcc campesinos(Imagen: La tinta)

El debate por la tenencia de la tierra apareció recién en el año 2003, cuando lxs vecinxs ya habían empezado a funcionar como comunidad ante otras necesidades. Fue entonces que decidieron declararse como organización, a la que bautizaron Organización de Campesinos Unidos del Norte de Córdoba (OCUN). Un año más tarde, después de conocer experiencias en otras regiones, se juntaron en Cruz del Eje con otras comunidades campesinas y, esta vez, le pusieron nombre a lo que, hasta entonces, eran organizaciones dispersas por toda la provincia: Movimiento Campesino de Córdoba.

Mientras ceba un mate, el cuñado de Mario nos cuenta que, actualmente, con la Provincia, han logrado tener cierto diálogo y avanzar en algunas negociaciones, aunque no en la tenencia definitiva de la tierra. Pero lo que es a nivel nacional, dice, es un desastre total: es el peor gobierno que he visto del 83 a la fecha, no han pegado en una política económica y hay un deterioro general.


A pesar de que en la comunidad logran resolver su alimentación básica mediante la producción, la crisis y el ajuste también se siente en la calidad de vida de las familias. Sobre todo, porque dependen, explica el integrante del MCC, de un mercado regional que se ve directamente afectado por el valor del dólar.


— Nos afecta para comprar los insumos, como el maíz que estaba a 1 peso el kilo y ahora está a 6 o 7 mangos, un 500 por ciento de aumento. Lo mismo el alimento para los pollos. A eso, sumale el tema del combustible, la luz. Y ningún ingreso ni salario aumentó como aumentaron los gastos, entonces, no podemos remarcar esos porcentajes en los productos que vendemos —explica Daniel.

El conflicto

A pocos metros de la casa de Daniel, vive la familia de Marcelo, uno de los cuatro poseedores de tierras que está en conflicto por las 2.800 hectáreas de La Libertad que, desde hace un año, intentan ser rematadas por la deuda que tiene la titular de ese campo, al cual abandonó hace unos cuarenta años, con un grupo de abogados.

Aunque Marcelo sea quien está en conflicto judicial, toda la comunidad se ve afectada, ya que son más de 20 las familias que utilizan el campo en remate para los animales, para leña o colmenas. Es que acá los poseedores formales de las tierras les permiten la utilización al resto de los vecinos, por eso es un campo comunitario, nos aclara Mario, que nos acompaña en la visita.

— Para que te des una idea, en el portón, hay tres o cuatro candados y son los vecinos los que tienen las llaves —dice Marcelo mientras charlamos en la mesa larga de su comedor.

Cuando le preguntamos cuánto tiempo lleva viviendo en estas tierras, se repite, como un déjà vu, la respuesta que dan todxs lxs habitantes de La Libertad: toda mi vida, y mis padres y abuelos también.

— Nosotros somos nueve hermanos y sólo quedamos dos en el campo porque no había tierras para trabajar —dice Marcelo—. Nosotros no queremos eso, queremos estar acá trabajando. La situación de la ciudad es complicada, lo sé por mis hermanos: no tienen casa, tienen que alquilar y tenés que tener un sueldo de 25.000 o 30.000 pesos para vivir. Sumale que irse de acá y conseguir un trabajo no es fácil. A nosotros, si nos dejan sin la tierra, no tenemos a dónde ir, porque no sabemos hacer otra cosa que lo que hacemos acá.


La presencia campesina en esas tierras no sólo es importante por el sustento que implica para las familias, sino también porque su vida, sus conocimientos, su forma de producir, está desde siempre arraigada a este ecosistema. Dicho de otro modo: somos parte de la tierra. Aunque eso, en este rincón del planeta, tampoco es una frase, sino un sentir que recorre el día. Una manera de ser y de estar.


campo-la-libertad-cordoba-mcc8(Imagen: La tinta)

— Acá cerca, había una estancia que desmontó todo y sembró pasto hasta con avión. Tenía de todo, un lujo. Hoy está perdido, la tierra dejó de ser fértil y no nació nunca más nada. Se perdieron montones de hectáreas y así hay un montón de campos improductivos. A ellos, les fue sustentable por muy poco tiempo y, en dos o tres años, ya no les sirvió más. Nosotros, en nuestra forma de producción, mantenemos un equilibrio. En el monte, si no hay pasto, hay algarroba, mistol, cualquier fruto sirve —dice Marcelo.

Él aprendió los quehaceres del campo desde chico, trabajando con su padre. Y ahora, nos cuenta, le enseña a sus hijxs también, para que vayan aprendiendo, porque, cuando ya no esté, van a estar ellxs para seguir cuidando el campo.

— Yo, a veces, le doy de comer a los chanchos y la ayudo a mi mamá con los cabritos. A los patos, a veces, les tiro maíz… pero no soy de levantarme temprano —interviene Anto, una de sus hijas que está sentada junto a nosotrxs con sus once años y su pelo negro y largo. Y cuenta que la familia tiene ganzos, cabras, vacas, chanchos, cabritos, pollos, gallinas y patos, además de los perros y los gatos.

— ¿Y para qué queremos el campo? — le pregunta Mario.

— Para tener los animales. No podemos tenerlos todos juntos en el patio de nuestra casa, aunque sea grande, no podemos tener las cabras, los chanchos… ¡todos los animales no entran, sería un zoológico! Y nosotros no tendríamos dónde vivir, dónde jugar.

Del mapa a la tierra

Nos subimos al auto para seguir avanzando kilómetros y kilómetros tierra adentro de estas 13 mil hectáreas que desembocan en las Salinas Grandes. Mientras nos sacudimos una vez más entre los saltos del camino que atraviesa La Libertad, Mario, desde el asiento del acompañante, va señalando lugares para ubicarnos: acá, dice señalando a la izquierda, es el campo La Envidia, acá es la Nueva Esperanza, dice ante una tranquera, unos kilómetros más allá. Y así, hasta que nos indica que detengamos el auto: acá es el campo en conflicto.

campo-la-libertad-cordoba-mcc4 campesinos(Imagen: La tinta)

Sobre la tierra, Mario se pone a dibujar un mapa, justo frente a la tranquera de entrada, y, entonces, las referencias pasan a ser huellas que intentan reducir a un cuadrado, a un tamaño visible, esta inmensidad.

— Estamos aquí. Ahora, estamos yendo hacia el oeste y el campo es así —dice mientras, con una rama, traza caminos y fronteras—: este lote son 1700 hectáreas; acá está el último lote que nosotros usamos, que son 1500 hectáreas. En total, nosotros usamos esto –agrega señalando una parte del mapa que acaba de dibujar—: La Nueva Esperanza, La Envidia, La Concepción, La Marcela, San Juan. Y acá hay otro que se llama La Salvación. Lo que compraron en el remate hace cinco años es todo esto.


Todo esto son las 8.900 hectáreas del territorio de La Libertad que la Justicia subastó hace tiempo, cuyos títulos fueron compradas por la empresa Petrocord. Sin embargo, la firma solo pudo tomar posesión de 2000 hectáreas que no eran utilizadas por la comunidad, mientras que el resto permanece hasta ahora, resistencias y enfrentamientos de por medio, en manos de las familias campesinas.


campo-la-libertad-cordoba-mcc3(Imagen: La tinta)

Pero ahora estamos paradxs frente a otro conflicto, el que involucra a Marcelo y el que más preocupa hoy a la comunidad: el territorio de 2.800 hectáreas que se despliega atrás de esta tranquera.

— El lote que está en conflicto esta acá, donde está la perforación que hicimos nosotros, así, con sabiduría, porque, en este lote, hicimos un tanque australiano para dar agua a las vacas —dice Mario en cuclillas sobre la tierra, que sigue concentrando en su dibujo—. Tendría que haberlo hecho en un cuaderno… pero bueno… —agrega mientras se para y empieza a borrarlo con el pie—.

Entonces, volvemos a mirar las dimensiones reales de lo que nos rodea y vemos los cuatro o cinco candados de los que nos habló Marcelo que impiden abrir la tranquera. Unos metros más allá, Mario nos señala un rancho que construyeron dentro del campo y dice que ese espacio es muy importante en el conflicto judicial que atraviesan, porque así demuestran que tienen herramientas de trabajo en el lugar.

— ¿Y, en este campo, hay casas? —le preguntamos.

— No, eso es lo difícil de hacerles entender.


Casas no hay, pero se vive de lo que se produce en el campo, con leña, con animales, con colmenas. Antes, nos hacían creer a los campesinos que la posesión era solo donde tenías la casa. Pero no, la posesión llega hasta donde va la última cabra. Cuando entendimos eso, nos hicimos más fuertes. La tierra es de quien la trabaja, la cuida y la defiende. No de quien especula con ella.


Nuestra siguiente parada es la casa de Ramón, ubicada a pocos kilómetros de las Salinas. Como todxs, Ramón es nacido y criado en esta tierra. Y como todxs, tiene una diversidad de animales. En la entrada de la casa, casi sobre el camino, alcanzamos a ver una alfombra amorfa con pelo negro que cubre un pedazo de tierra. Es un cuero de ternero, nos dice Ramón cuando le preguntamos. Lo uso para hacer lazos, agrega refregando sus manos sobre sus rodillas. ¿Lazos? Sí, para enlazar a los animales: se enlaza a la noche, que es cuando se ve cuál animal es gordo y cuál no —nos explica con naturalidad.

— ¿Y el campo que está ahora en remate está cerca de acá? —le preguntamos.

— Si, somos colindantes. Y los animales míos entran, lo usan por ahí. Las vacas de acá hace años que pasan para allá —responde y sus palabras chocan con un reggaeton que suena en la radio desde la ventana de su casa.

— Hay un campo grande a 500 metros de acá, de 14 mil hectáreas, y a ese lo cerraron. Entonces, los changos de las salinas, que están unos 10 kilómetros más allá, ya no pueden hacer entrar sus animales —cuenta Mario.

— …Y no hacen nada en ese campo. La otra vez, vino la policía y yo les dije: ¿para qué ponen ese alambre si es refugio de los animales? —dice Ramón, y agrega que a los que sí deja pasar la policía es a los yanquis que vienen a la zona a cazar palomas.

El desierto blanco

A partir de la casa de Ramón, la vegetación cambia o, más bien, baja: solo hay unos yuyos que se alzan un poco más arriba del suelo. Es la chilca, explica Mario. El suelo también empieza a transformarse; el marrón claro de la tierra se va difuminando en una capa blanca. El auto avanza y, poco a poco, se adentra en una huella lisa que atraviesa la textura dura, porosa, de este territorio casi lunar.


Entonces sí, ya se impone ante nosotrxs el horizonte blanco: las 600 mil hectáreas que abarcan las Salinas Grandes y que se extiende por las provincias de Córdoba, La Rioja, Catamarca y Santiago del Estero. La imagen engaña, no solo porque su inmensidad es inalcanzable para el ojo humano y porque las distancias parecen más cortas de lo que son, sino también porque ese suelo sólido que vemos esconde grandes lagunas de pocos centímetros de profundidad que aparecen y desaparecen con el tiempo.


Debajo de ese blanco, también se encuentran ocultos minerales, que se transforman en recursos económicos para algunas comunidades que trabajan bajo el rayo del sol para su extracción.

Dejamos el auto junto a un tinglado, la única construcción que se ve en el lugar; una capilla que parece abandonada donde una virgen permanece tras las rejas rodeada de flores y ofrendas. Desde allí, empezamos a caminar entre la sal. Y, otra vez, la escritura del suelo, que acá es todavía más nítida y permanente: la huella de una silla de ruedas traza un sendero que termina en un hilo de agua. La gente viene acá a curarse de reuma, se cubre con barro, explica Mario.

Nuestro compañero de ruta hace de brújula una vez más, solo que ahora, en medio del blanco, su orientación se vuelve vital. Por allá, está Lucio V. Mansilla, allá donde se ven esas costas, dice señalando el borde verde que demarca las fronteras de este territorio. Y por ahí es el camino a Catamarca, pero tenés que ir con un baqueano, sino te quedas en las Salinas, explica Mario y empieza a contar algunas de las tantas anécdotas de turistas que tuvieron que venir a rescatar desde la comunidad y también de algunxs que no llegaron a pedir ayuda y murieron caminando, engañados por las distintas, sin poder regresar.

— ¿Y cuánto se demora desde acá a Catamarca?

— La primera comunidad es Palo Santo y por acá recto, antes de una hora, estás. Y después sale a Casa de Piedra, que debe haber unos 100 kilómetros desde acá. A veces, ahí hacemos reuniones con los changos de Catamarca —dice Mario y comenta entre risas que muchos vienen en motos también y se ponen a correr a los ñandús que hay por acá. Cuando logran cazarlos, se los llevan y los comen.


Nos detenemos unos segundos en el silencio, ante el viento blanco que nos envuelve y el sol que suena sobre el vacío. Después, deambulamos hasta encontrar algún palo y empezamos a escribir nuestros nombres sobre la sal, como niñxs que necesitan decirse entre tanta inmensidad.


Las brujas

Ya con el atardecer, volvemos a la casa y acompañamos a Amalia al corral, que entra con su remera de escote brillante a buscar un cabrito para carnearlo. Mientras Mario se lo lleva y el elegido repite un meee desesperante, una chica de buzo rojo viene corriendo hacia nosotrxs. Es Anto, la hija de Marcelo, que se suma a la tarea. Mario pone el animal sobre una mesa y le sostiene las patas. Entonces, Amalia aprieta su boca con una mano para mantenerla cerrada y, con la otra, le clava un cuchillo en el cuello, mientras Anto sostiene un fuentón debajo y nos dice: con la sangre, se hace guisante, se le pone cebolla, papa, ¡es riquísimo!

— ¿Vos creés en las brujas? — me pregunta más tarde la niña, mientras miramos a Mario sacarle el cuero al cabrito, y sin esperar mi respuesta, dice:— yo sí, porque vi una.

— ¿Y cómo era?

— Era un pájaro, así, que pasó volando.

— ¿Cómo? ¿Es una bruja que se transformó en pájaro?

— No, esa es la bruja: el pájaro —responde ella con naturalidad.

campo-la-libertad-cordoba-mcc5(Imagen: La tinta)

Amalia ya se fue a seguir con otras tareas de la casa y, mientras refriega unas zapatillas sobre un lavarropas antiguo en la galería, conversamos sobre su vida:

— Yo nací allá, cerca de las Salinas. Iba a la escuela ahí, a la primaria, porque secundaria no teníamos nosotros. Y nos veníamos a caballo para este lado —nos cuenta.


Ella también aprendió de niña las tareas del campo: su abuela y su mamá hacían queso de vaca y se levantaba con ellas a las cinco de la madrugada para ir a arrear los animales. Ahora, cincuenta años después, su rutina es parecida.


— A la mañana, yo me voy al corral de las cabras, a ver los cabritos, darles de mamar, después, barremos el corral con mi hijo y tiramos el abono afuera. Ese trabajo lo hacemos casi todos los días, haga frío, llueva, hay que ir lo mismo al corral. Y cuando sacamos leche, también: nos levantamos a las seis de la mañana porque a las ocho viene el lechero. Se la vendemos y él la lleva allá a la zona de Guanaco Muerto, que ahí tienen la lechería.

Con el ruido del cepillo que va y viene sobre las zapatillas, Amalia me explica que, en esta casa, viven ella con Mario y cuatro de sus hijos, porque los demás están en pareja. Una de esas parejas vive en este mismo terreno, en la casa que alcanzamos a ver desde la galería, donde ahora una mujer barre la tierra de la entrada con una escoba hecha de jarilla, uno de los yuyos de la zona.

— Igual, de las cabras y los cabritos dispongo yo, si no estoy, no saben qué es lo que falta. Yo los marco porque, a veces, tengo que salir: tengo mi mamá con cáncer y, por ahí, se pone anémica y me quedo yo con ella. A veces, la internamos en Deán Funes.


La madre de Amalia vive cerca de las Salinas y, al igual que para el resto de lxs campesinxs, recibir asistencia en salud es muy difícil. Los hospitales más cercanos quedan a 50 kilómetros por camino de tierra, con lo que demoran al menos una hora en llegar, un tiempo que puede ser crucial en casos de urgencia. Es por eso que, hace tiempo, construyeron un puesto de salud en el campo que comparten como comunidad, allí donde vive Ester, una de las hijas de Amalia y Mario.


Ester es, muchas veces, la encargada de dar respuestas a los problemas sanitarios de la zona, no solo por vivir junto al puesto, sino también porque es quien más sea formado en el tema: ante la ausencia de personal que atendiera emergencias e, incluso, ante la necesidad de enfrentar una enfermedad que tuvo Nati, su hija, cuando era bebé, ella decidió realizar estudios de enfermería y de promotora de salud. En nuestro camino de regreso, antes de despedirnos de La Libertad, paramos en su casa para que nos cuente su experiencia.

— Yo hace 11 años que estoy trabajando en el tema de salud acá. Antes, salía a hacer visitas domiciliarias, lo hice por voluntad mía nomas durante 8 años y después me dijeron que no tenía que hacerlo más porque la gente tenía que venir acá al puesto —nos cuenta Ester sentada en su cocina, con su voz grave y seria, mientras nos ceba mates con mucha azúcar acompañados del pan horneado de cada día, el mismo con el que nos recibió en nuestra llegada—. Ahora, sigo atendiendo a la gente acá, cuando vienen o, si no, tienen que esperar a que venga el médico.

campo-la-libertad-cordoba-mcc7 campesinos(Imagen: La tinta)

Cada 15 días, un médico atiende a las familias en el puesto de la comunidad, pero esas visitas, dice Ester, no alcanzan, porque solo viene a hacer un control y con una caja de remedios que nunca son los que hacen falta para el momento. El médico, además, ha ido cambiando en el último tiempo, ya que los profesionales abandonan el trabajo por el bajo salario que les paga la Municipalidad de Quilino o porque les cuesta conseguir un vehículo para llegar.


— ¿Y cómo hacen para responder a las urgencias?

— Nosotros acá no tenemos señal de teléfono y, si yo me encuentro una persona accidentada, no puedo esperar a que vean si pueden mandar una ambulancia de Quilino o Cruz del Eje. Tengo que sacarla como pueda, en el vehículo que sea, si lo tengo que pagar de mi bolsillo, lo pago. Siempre acá ha venido un montón de gente que está en la política y les hemos propuesto que nos haría falta un vehículo que corresponda al puesto de salud. Y hasta el día de hoy, no tenemos respuestas de nadie.

Después del último mate y el último abrazo, lxs hijxs de Ester nos abren la tranquera y nos saludan moviendo sus manos sin parar. Mientras las ruedas del auto giran una vez más sobre el surco de polvo bordeado de monte y nos alejamos de La Libertad, intentamos retener en la memoria las palabras de Mario sobre ese nombre que las familias campesinas habitan cada día:

— La libertad es algo muy grande, algo que no todos pueden vivir. Muchos por ahí piensan que la libertad es tener dinero, pero muchos tienen dinero y tienen 50 causas judiciales o están detrás de las rejas. La libertad es poder abrir los ojos cada mañana aquí en el campo, ver la luz de un nuevo día. La libertad es poder estar sano y ver a tus seres queridos, al prójimo, y ver qué es lo que necesita el otro también, que no sé si le voy a solucionar el problema, pero sí le voy a ofrecer mi mano y, cuando uno está en el pozo, cualquier mano es bienvenida. La libertad… creo que es lo mejor que el ser humano tiene.

*Por Lucía Maina para La tinta. Imagen de portada: La tinta.

 

fuentes:

https://latinta.com.ar/2019/07/habitar-libertad/

https://latinta.com.ar/2019/08/habitar-la-libertad/

 


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