Bolivia: Se preguntan los golpistas ¿Por què nos vencieron los «salvajes»?

Bolivia

Se preguntan los golpistas

¿Por què nos vencieron los «salvajes»?

por Rafael Bautista S.

Porque fuimos nosotros quienes les inventamos, fue lo màs execrable que escupimos para justificar nuestro desprecio, transfiriendo nuestras propias miserias en sus caras tostadas del frio que nunca recorrimos. Les atribuimos el horror de nuestras peores angustias, la autorìa de nuestras propias endechas; por eso temìamos que bajaran su pobreza a inundar nuestro sosiego, porque lo peor de nosotros fue el monstruo que proyectamos en el barro de sus ojos hasta hacerlo indomable, insufrible.

Vencieron porque fue nuestro miedo, el màs temible miedo de uno mismo el que fue alimentando nuestra impotencia de vernos reflejados en la imagen que habìamos inventado.

Y nuestras propias habladurìas y maledicencias atizaron aùn màs nuestra zozobra.

Bajarìan su sombra infinita por los cerros, harìan arder la noche para siempre en la laderas, el viento resucitarìa los gritos de sus muertos, la lluvia precipitarìa a sus dioses para acabar condenando el mundo que heredamos, el mundo que creìamos nuestro.

Pudimos guarecernos, escudarnos, pero nos quedamos lùgubres, sombrìos, esperando, desgajando los segundos uno por uno, desesperando hasta desfallecer, sorprendidos por una madrugada que nos marcò con su hiel trasnochada, hiriendo nuestra poca fe que en vano se atrincherò en barricadas piadosas, armados hasta los dientes, que tiritaban sin saber què màs hacer.

Pero al amanecer sòlo fuimos descubiertos por nuestra propia oscuridad, que habìamos ahuecado nuestra propia alma para siempre.

Ellos habìan vencido sin necesidad de abrir las laderas, o cercar la noche, sin necesidad de precipitarnos los cielos o barrer el horizonte con tempestades añejas.

Habìan vencido porque destaparon nuestro miedo y desde el hueco que nos habìamos hecho a nosotros mismos, asomaron su hoja verde y su humo blanco, su alcohol y su incienso para instalarse definitivamente en nuestra carne; pero desde nuestros adentros sòlo despertò el odio inùtil que punzaba con saña nuestro corazòn lleno de tierra, lleno de sangre, del mismo color que habìa manchado nuestras manos.

Vencieron porque fue nuestro propio miedo el que hizo inapelable su resurrecciòn. Vencieron porque el barro con que fueron hechos fue el mismo barro que hizo florecer la primavera que trajo la vida de nuevo.

Vencieron porque nos mentimos a nosotros mismos; el otro no era el enemigo, el otro era la patria misma.

 


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