Feminismo: Entrevista a Silvia Federici

“No se pueden desarrollar buenas políticas si el sector más grande de la economía no es visible”

Por Jordan Kisner
17 de Abril de 2021

Traducción de un profundo reportaje a Silvia Federici en The New York Times Magazine. Una conversación en varios tiempos, durante extensas caminatas, donde la autora de “Calibán y la bruja” repasa su trayectoria militante y los conceptos claves de su obra.

Durante el mes de Mayo, Porspect Park  es una conmoción de belleza: prados y densos caminos, colinas y hondonadas, todo cubierto de arándanos, violetas, espinos en flor, magnolias y árboles de tilo. En este esplendor los pájaros son bulliciosos, al igual que las personas. Pero el pasado mes de Mayo, el parque estaba más callado de lo usual,  y las personas que se movían dentro de él tenían una energía sumisa y preocupada. Muchas usaban tapabocas; muchas no. Cada tanto alguien le gritaba a otra persona por acercarse demasiado. Estaba el miedo de respirar el mismo aire como también el desesperado deseo por hacerlo. A través de esta escena avanzó, con un ritmo energético, Silvia Federici, experta y teórica del trabajo doméstico, de 78 años, una de las pensadoras feminista-socialista más influyentes del último siglo.

Federici llevaba una bufanda negra a la altura de su nariz y su boca, y vestía un delicado sweater azul que su madre le había hecho hace mucho tiempo. Camina por todo el Prospect Park al menos una vez al día, incluso en invierno, con su compañero desde hace 47 años, el filósofo George Caffentzis. (Unos años atrás, Caffentzis se enteró de que tenía Parkinson, explicó, y la caminata lo ayuda a mantenerse bien).

Le había pedido encontrarnos debido a que la pandemia y el consecuente colapso económico, político y social habían causado una gran profusión del pensamiento federiciano en lugares en los que nunca antes lo había visto. De repente, nociones y frases de su obra estaban por todas partes en mis redes sociales, en las notas de opinión y en debates con amigxs, mientras las personas discutían qué tipos de trabajo son considerados esenciales y por qué. Hace mucho tiempo que Federici es una defensora de la idea de que el trabajo doméstico es un trabajo no remunerado, y fue una de las fundadoras del movimiento Salario para el Trabajo Doméstico (Wages for Housework) a comienzos de los 70.  Sostiene que es una forma de opresión económica de género y sobre la cual el capitalismo entero se basa.

Como académica y activista, Federici forma parte de la cohorte de pensadorxs que lleva décadas criticando la manera en que las sociedades capitalistas no reconocen ni apoyan a lo que ella llama “trabajo reproductivo”. Usa este término no para referirse simplemente a tener hijxs y críarlxs, sino para indicar todo el trabajo de sostén que hacemos -mantenernos a nosotras y a quienes nos rodean alimentadxs, segurxs, limpixs, cuidadxs y sanxs. Es cuidar el jardín o preparar el desayuno o ayudar a la abuela a bañarse- trabajo que se repite una y otra vez, que parece borrarse a sí mismo. Es un trabajo esencial que nuestra economía tiende a no reconocer o no compensar. Esta indiferencia hacia el trabajo reproductivo, Federici escribe, es injusta e insostenible.

Estas ideas no eran exactamente desconocidas antes de la pandemia. Sin embargo, el feminismo convencional -ni hablar de la economía y política convencionales- en líneas generales ha ignorado al trabajo doméstico. En su lugar, ha medido el empoderamiento de las mujeres de acuerdo a su presencia en el lugar de trabajo, lo cual se logra delegando el trabajo doméstico y cuidado de lxs niñxs a mujeres en posiciones económicas más inferiores pagándoles un salario bajo. Aún así, las mujeres permanecen estancadas en el trabajo doméstico. Hoy en día es común escuchar el término “el segundo turno (the second shift)” (acuñado en 1989 por la socióloga Arlie Hochschild), que describe cómo el trabajo de mantenimiento de la casa y cuidado de lxs niñxs sigue cayendo desproporcionadamente sobre las mujeres, aunque tengan trabajos de tiempo completo y paguen por ayuda. Y además, las personas a las que se les paga para realizar el trabajo de cuidados o doméstico (como cuidado de ancianxs o limpiar casas) son, como grupo, muy mal compensadas y les son negados los beneficios y derechos laborales. Estos trabajos son realizados mayoritariamente por mujeres de color e inmigrantes. Este arreglo difícilmente resulta un éxito para las mujeres en general.

En los últimos años, expertxs en políticas públicas y economistas han señalado la locura de excluir al trabajo doméstico de las mediciones económicas, tales como el P.B.I. -Gross Domestic Product (G.D.P.) en EEUU-,  siendo que los datos demuestran que el trabajo no pago de las mujeres constituye una gran porción de la actividad económica en todos los países. Hace un año, Oxfam difundió una investigación que indicaba que si las mujeres estadounidenses percibieran un salario mínimo por el trabajo que hacen en la casa y por el cuidado de sus relativxs, habrían ganado $1.5 trillones de dólares en 2019. A nivel global, el valor de ese trabajo no pago habría sido de casi $11 trillones. En un discurso en 2019, Marilyn Waring, experta en políticas públicas y antigua defensora de la revisión de las medidas económicas de “productividad”, señaló lo absurdo que es definir a las actividades tales como cuidar ancianxs o recién nacidxs, hacer las compras o cocinar, como irrelevantes u ociosas. “No se pueden desarrollar buenas políticas si el sector más grande de la economía de la nación no es visible”, dijo. “No se puede presumir de saber dónde están las necesidades”.

Esta no es la única parte del sistema económico actual que se ve mal. La brecha económica es la más grande en cien años, hoy más que nunca hay personas con trabajos inestables o con salarios bajos o sujetos a los caprichos del capitalismo de plataformas. Al profundizarse el agotamiento y la inseguridad, producto de estas condiciones económicas, cada vez más personas están empezando a pensar que el pantano de los males sociales de Estados Unidos pueda deberse a una incorrecta relación con el trabajo, y a pensar sobre la cuestión de qué trabajo tiene valor.

Cuando las cuarentenas comenzaron, este malestar creciente estalló en una crisis. Primero vino la discusión sobre lxs “trabajadorxs esenciales”, una categoría que, enseguida se notó, correspondía frecuentemente con lxs trabajadorxs peor pagos. Luego vino la aguda comprensión entre las clases media y alta de que sus vidas habían transcurrido sin problemas porque habían podido subcontratar para trabajo doméstico -y, fundamentalmente, para el cuidado de ancianxs y niñxs- a otras personas. Después de casi un año del cierre de las escuelas, lxs xadres trabajadorxs son profundamente conscientes de la cantidad de trabajo que relegan en lxs maestrxs mal pagadxs que les proveen de cuidados a lxs niñxs ocho horas por día. Aún sin los sistemas ad hoc de gestión del cuidado constante de niñxs (guardería, abuelxs, actividades después de la escuela, campamentos de verano, niñerxs), lxs xadres estadounidenses han descubierto que los requisitos para el cuidado de una familia alcanzan o incluso exceden los requisitos para los trabajos de tiempo completo que sostienen a esa familia.

Nada de esto es nuevo para, por ejemplo, lxs xadres solterxs que ya tenían múltiples trabajos con un salario mínimo que nos les alcanzaba para pagar el alquiler y la comida, mucho menos niñerxs – pero la reversión en las clases profesionales de una situación que se siente igualmente insostenible ha inspirado un estado de ánimo radical. Cada vez más personas, incluyendo aquellas que relativamente no han resultado muy afectadas por la pandemia, están expresando un sentimiento anticapitalista, criticando a una economía que malpaga o ignora al trabajo doméstico. Un grupo de ejecutivas y actrices adineradas (incluyendo a Julianne Moore, Charlize Theron y a lxs líderes de Birchbox, ClassPass y Rent the Runway) están reclamando un “Plan Marshall para Madres (Marshall Plan for Moms)” que incluya un pago mensual del gobierno a las madres. “Es sabido: las madres son el lecho de piedra de la sociedad -escriben- y estamos cansadas de trabajar gratis”. Shonda Rhimes twitteó en Marzo pasado: “Estuve educando en casa a un niño de 6 años y otro de 8 durante una hora y 11 minutos. Lxs maestrxs merecen ganar un billón de dólares al año. O a la semana”.

En Marzo pasado, la experta y activista Keeanga-Yamahtta Taylor escribió proféticamente en The New Yorker: “De repente, la vida estadounidense ha sido volteada dramáticamente, y cuando las cosas están dadas vuelta, el fondo se eleva a la superficie y se expone a la luz”. Ha sido un año de revelaciones horribles y la mayoría de lxs estadounidenses -lxs millones de despedidxs o suspendidxs o suficientemente afortunadxs para ser consideradxs “no esenciales”- ha vivido aislada en casa. Casa, donde los platos se van apilando, donde, por precaución, la cantidad de limpieza y lavandería aumentaron. Casa, espacio que siempre ha sido el lugar de trabajo de alguien, pero que ahora, para más personas que nunca antes, es una zona donde colisionan muchos tipos de trabajo. Casa, que hasta 34 millones de estadounidenses ha perdido o corre el riesgo de perder a causa de la pérdida de trabajo y el subsecuente desalojo.

¿Qué tan diferente habría sido este año si el trabajo que hacemos para cuidarnos lxs unxs a lxs a otrxs, a nosotrxs mismxs y al mundo alrededor nuestro hubiese sido valorado? ¿Qué tan diferente se vería el futuro si, como sugiere Federici, “nos rehusáramos a basar nuestra vida y reproducción en el sufrimiento de otros”, si “nos rehusáramos a vernos a nosotros mismos como algo separado de ellos”?

Desde que apoyó y escribió sobre el movimiento Occupy Wall Street, el perfil de Federici se hizo más conocido y una nueva generación de feministas de izquierda entró en contacto con sus escritos. Durante el último año fue citada reiteradas veces en publicaciones populares -desde The New Yorker, The Atlantic y The Cut hasta Teen Vogue, en un artículo titulado “Feminismo Socialista: ¿Qué Es y Cómo Puede Reemplazar al Feminismo ‘Girl Boss’ Empresarial?”

Cuando nos encontramos en Mayo, Federici parecía menos asustada, o quizás con la guardia menos baja que la mayoría de las personas que yo conocía. La vi enfocada y enérgica mientras caminaba a mi encuentro atravesando el parque, sonriendo debajo del barbijo. Es alta y delgada, sus manos son vivaces y su pelo es gris, corto y enrulado. Mientras caminábamos, ella hablaba rápido, contando los sistemas de fracturamiento, las formas entrelazadas de vulnerabilidad que siempre habían estado presentes pero que ahora afectan incluso a las personas que se creían inmunes.

Contó que a veces la sorprendían llamándola para hablar de cosas que escribió hace 20 o 30 años atrás. Sin embargo, ella hace mucho sospechaba que los peligros de devaluar el trabajo de cuidados tarde o temprano se iban a materializar en una crisis demasiado grande para ser ignorada. “La condición preexistente es un sistema que vuelve intolerable y enfermiza la vida de millones de personas”, su bufanda amortiguaba levemente sus palabras. “Un sistema que no está funcionando – esa es la principal condición preexistente”.

Federici nació “bajo las bombas”. Segunda hija de un profesor de filosofía en Parma, Italia, ella fue, según le contó su madre años más tarde, producto de un embarazo no deseado en tiempos de guerra. “Nací en Parma en 1942, uno de los peores años de la humanidad, creo yo”, me dijo. “Enero fue el comienzo de la Solución Final”. Su madre se iba a dormir con la ropa puesta y despertaba en el medio de la noche con el cielo rojo, agarraba a la recién nacida Federici y a su hermanita de 4 años y “corrían corrían corrían” hacia las afueras de Parma, en los campos, donde ella se agachaba en la mugre con sus hijxs hasta que amanecía. Entre risas me contó que esa experiencia es la que hizo que nunca quiera tener hijxs: el horror de escabullirse por los campos con lxs bebés, las botellas de leche, la terrible vulnerabilidad del mundo.

Parma, a diferencia de muchos lugares en Italia luego de la Segunda Guerra Mundial, era un bastión Comunista, y durante su adolescencia Federici fue influenciada por los movimientos obreros y antifascistas de allí. Las teorías sobre la opresión y los derechos de lxs trabajadorxs eran temas de conversación durante la cena. A lo largo de su niñez, sus xadres discutían con amigxs qué “significaba” la guerra y qué había provocado el fascismo.

Las políticas de izquierda de Parma co-existían incómodamente con su cultura intensamente patriarcal: el padre de Federici, profesor de filosofía, era “el que sabía”. Su madre, que venía de una familia campesina, “se suponía que no tenía conocimiento”. Ella cocinaba, limpiaba, hacía las compras, se ocupaba de lxs niñxs y fabricaba a mano todo lo que no podían comprar. “Nadie ve mi trabajo”, se quejaba la madre de Federici. Y su padre respondía burlándose, “Porque ese trabajo no es trabajo de verdad”.

Ya en sus 30s, Federici se negaba a tener relación alguna con “el trabajo de mujer” con que fue criada, con todo lo que su madre había hecho. (Más tarde, como estudiante graduada de fenomenología en Buffalo, comía salchichas crudas directamente del paquete con papas hervidas a regañadientes). “Creo que sentía la devaluación de su trabajo. Era una actividad que no tenía ninguna recompensa, ningún placer”.

Pero Federici le da crédito a su madre por haberla expuesto por primera vez a las ideas que luego se convertirían en la obra de su vida. “Yo escuchaba y hablaba sobre la clase trabajadora”, me dijo Federici. “Para mí, la clase trabajadora eran los que trabajaban en las fábricas. Y mi madre muchas veces me dijo: “¡Siempre hablás de los obreros de fábrica como si fueran los únicos que trabajan!” Golpeó con un puño el banco donde estábamos sentadas. “Ella  fue la que dijo eso, no mi padre, que era el profesor, el intelectual, el que estaba informado. Ella fue la que me dijo las cosas que luego se convertirían en mi política. Ya sea en términos de trabajo doméstico, o en términos de trabajo agrícola, ella era la que básicamente decía, ¡Pero el trabajo es más que overoles azules!”

El pensamiento de Federici se fusionó por completo recién unos 10 años después, en 1967, cuando se mudó a Estados Unidos becada por Fulbright para estudiar. Fue inspirada por los enérgicos movimientos antiguerra y estudiantiles de Buffalo y por el movimiento por los derechos civiles. No veía al feminismo como algo central en su visión política hasta que, en 1972, una amiga le prestó un tratado escrito en italiano por Mariarosa Dalla Costa: Donne e sovversione sociale, o “Mujeres y la Subversión de la Comunidad” (la versión más conocida de este ensayo se titula “El Poder de las Mujeres y la Subversión de la Comunidad” y fue escrito por Dalla Costa y la activista estadounidense Selma James). El ensayo argumenta que con el trabajo no pago en la casa, las mujeres producen la fuerza de trabajo que el capitalismo explota con fines de lucro.

Esta idea fue epifánica para Federici. “De repente todo tenía sentido”, dijo: las quejas de su madre de solo ver como auténticxs obrerxs a los hombres en las fábricas; su propia repulsión hacia el trabajo doméstico, que aún no la había pensado como atada al marxismo. Se involucró en un grupo de feministas, entre las cuales se encontraban Dalla Costa y James, que se llamaba a sí mismo el Colectivo Feminista Internacional (International Feminist Collective). La C.F.I inició la campaña Salario para el Trabajo Doméstico en Europa. En 1974 en Nueva York, Federici junto con su colaboradora Nicole Cox y con la guía de James, fundaron el primer capítulo de Salario para el Trabajo Doméstico en Estados Unidos.

El ensayo de Federici Salario para el Trabajo Doméstico, publicado en 1975, fue un apasionado y de los primeros manifiestos del movimiento y hoy sigue siendo uno de sus escritos más conocidos. “Decir que queremos un salario para el trabajo doméstico es exponer el hecho de que el trabajo doméstico ya es dinero para el capital, que el capital ha hecho y continúa haciendo dinero con nuestra cocina, nuestras sonrisas” dijo. “Al mismo tiempo, demuestra que hemos cocinado, sonreído durante todos estos años no porque fuera más fácil para nosotras que para otros, sino porque no teníamos ninguna otra opción. Nuestros rostros se han deformado de tanto sonreír”.

Desde sus inicios, Salario para el Trabajo Doméstico expandió su definición de quiénes pertenecen al movimiento feminista. “Queremos y tenemos que decir que todas somos amas de casa, que todas somos prostitutas, gays… Porque mientras pensemos que somos mejores que, diferentes a una ama de casa, estaremos aceptando la lógica del amo, que es una lógica de división”, escribió Federici. Su tono es casi suplicante cuando sugiere que la sociedad necesita deshacerse de la idea de que algunas personas son serviles naturalmente o subordinadas, y de que cualquier cosa puede ser un “trabajo amoroso”. “Queremos decirle trabajo a lo que es trabajo,” escribe, “así eventualmente quizás podremos redescubrir qué es el amor”.

El comité de Nueva York operaba fuera de un escaparate en Park Slope, Brooklyn, allí hicieron una campaña para mejorar las condiciones de vida de las mujeres en pobreza. Apoyaron la formación de otros grupos alrededor del país y de Canadá, y trabajaron localmente con las activistas Margaret Prescod y Wilmette Brown, quienes fundaron Salario para el Trabajo Doméstico de las Mujeres Negras (Black Women for Wages for Housework). Juntas hicieron una campaña en apoyo a lxs activistas por los derechos de bienestar, ya que consideraban a la asistencia social como una primera victoria en la lucha por exigir que el gobierno compense a las mujeres por su trabajo en la casa.

Sin embargo, luego de 4 años, la red internacional se dividió. El comité de Nueva York, entre otros, se disolvió al pelearse con James y Prescod, que reclamaban que las prioridades de Salario para el Trabajo Doméstico de las Mujeres Negras eran ignoradas; Federici niega esto y sostiene que el problema del grupo era con James.

Hasta hace muy poco, todos las partes se negaban a discutir en público el conflicto interno que llevaba 40 años, convencidas de que ello distraería de su trabajo. Este es un terreno especialmente sensible debido al largo historial de personas blancas dentro del movimiento feminista rechazando y marginando a negrxs, marrones, indígenas, queers y personas trans. Aunque nunca se reconciliaron, Federici, James y Prescod llevaron a cabo carreras largas y simultáneas en el activismo feminista – James y Prescod en la Campaña Internacional de Salario para el Trabajo Doméstico y el Paro Internacional de Mujeres, entre otras iniciativas, y Federici como activista en la Asociación de Filosofía Radical en el Proyecto contra la Pena de Muerte, y en el Comité por la Libertad Académica en África, y como académica en la Universidad de Hofstra.

El libro más influyente de Federici se publicó casi 30 años después, en 2004, Calibán y la bruja. Muchas feministas anticapitalistas, como bell hooks, Angela Davis, Wilmette Brown, y el Colectivo del Río Combahee (Combahee River Collective), venían discutiendo desde los 70 que la lucha feminista era necesariamente una lucha anticapitalista, y que la lucha anticapitalista debía tomar necesariamente al género y a la raza ya que el capitalismo oprimía a mujeres, a personas de color y a la clase obrera. La contribución de Calibán y la bruja a esta tradición fue rastrear estas formas de opresión hasta dar con una sola fuente, demostrando que sus orígenes eran inextricables.

Federici propone una nueva teoría sobre la transición del feudalismo al capitalismo en Europa, reuniendo evidencia histórica argumenta que ese también fue el momento en el que el trabajo de las mujeres fue puesto bajo el control de los hombres jefes del hogar y confinado a la esfera doméstica. Las mujeres eran las que podían dar a luz y criar a la fuerza de trabajo, por lo que su autonomía, y especialmente su capacidad de procrear, debía ser “encerrada”. Aquello tenía que volverse “natural”, como si la domesticidad fuera simplemente una condición inherente y deseo de las mujeres. Esta transición fue violenta, sostiene y cita a miles de mujeres asesinadas durante ese período, en general mujeres que fallaron en ajustarse a su nueva y radicalmente restringida realidad y fueron acusadas de ser brujas.

“El capitalismo, entendido como un sistema económico y social, está necesariamente comprometido con el racismo y el sexismo”, escribió Federici. “Porque el capitalismo tiene que justificar y mistificar las contradicciones construidas en sus relaciones sociales… denigrando la “naturaleza” de aquellxs a quienes explota: mujeres, sujetos coloniales, descendientes de esclavxs africanxs, inmigrantes deplazadxs por la globalización”.

Federici sostiene que no es “natural” que los tipos de trabajo que involucran el cuidado y el sustento de la vida sean competencia de un sólo género; tampoco es natural ni inevitable que las personas sean subyugadas por un sistema económico que beneficia sólo a unas pocas. Estas fueron meras convenciones útiles para el surgimiento de un sistema económico que ha abarcado tanto que ya no nos atrevemos a imaginarlo de otra forma. Fue hecho de esta manera para el beneficio de alguien, dice Federici. Y se puede revertir.

El año pasado -año de la plaga, año de elecciones, año horrible- ha sido fructífero para prestar atención a quienes se benefician con nuestro sistema económico, y a expensas de quienes. En el último año se registraron más de 70 millones de estadounidenses desempleadxs, la mayoría de ellxs en los sectores de servicios, donde es más probable que lxs empleadxs sean mujeres de color. Al mismo tiempo, un poco más de la mitad de lxs trabajadorxs esenciales, quienes han continuado trabajando fuera de sus casas arriesgando su salud, son mujeres, la gran mayoría mujeres de color. Un artículo en Think Global Health de la académica Catherine Powell, profesora de Derecho en Fordham, describe una “paradoja de justicia racial” en la cual negrxs y marrones estadounidenses “son más propensos a estar desempleados a causa de los impactos de la pandemia en el mercado laboral”, pero simultáneamente están “sobrerrepresentados entre los trabajadores esenciales que deben permanecer en sus puestos de trabajo, particularmente puestos menor calificados, donde corren más riesgo de exposición al virus”. Esta paradoja le ha costado la vida a miles de personas.

Federici sostiene que no es “natural” que los tipos de trabajo que involucran el cuidado y el sustento de la vida sean competencia de un sólo género; tampoco es natural ni inevitable que las personas sean subyugadas por un sistema económico que beneficia sólo a unas pocas.

En el último año, a las mujeres en el sector de salud les ha ido peor que a sus homólogos masculinos: un estudio del A.C.D.C. (Centro para el Control y Prevención de Enfermedades) reportó que un 72% de lxs trabajadorxs de la salud hospitalizadxs por Covid entre marzo y mayo del año pasado fueron mujeres. Muchas eran enfermeras y asistentes de enfermerx certificadas, trabajos que involucran contacto directo con lx paciente – baños de esponja, alimentación, administración de los medicamentos – y que son mayormente realizados por mujeres y personas de color. (También son peor compensados respecto de los trabajos de atención médica dominados por los hombres). El personal de limpieza y de atención domiciliaria también enfermó y murió en mayor número.

En el último año, las empleadas domésticas han enfrentado una “crisis humanitaria hecha y derecha”. La Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas (National Domestic Workers Alliance) reportó hasta un 60% de desempleo en mayo, agregando que muchas no estaban recibiendo ningún tipo de ayuda del gobierno porque no tenían documentos.

En Diciembre, 156.000 mujeres perdieron su trabajo; los hombres ganaron 16.000 puestos de trabajo, de acuerdo a un análisis del Centro Nacional de Leyes de Mujeres (National Women’s Law Center). Sin embargo, como suele pasar en estos casos, evaluar a “las mujeres” como una categoría general esconde algo importante: una disección más detallada de los datos reveló que eran negras, latinas y asiática-americanas las mujeres que perdieron sus trabajos – las mujeres blancas de hecho hasta obtuvieron trabajos. Se espera que cuando el vasto número de mujeres desempleadas reingresen al mercado laboral, se les pague salarios más bajos que antes.

En el último año, según se informó, 2.3 millones de mujeres estadounidenses abandonaron sus trabajos – a menudo para cuidar a lxs niñxs, ya que las escuelas y guarderías cerraron. Debido a que dejaron completamente sus trabajos y no están en búsqueda de nuevos, no son contadas en las estadísticas de desempleo.

El año pasado, lxs billonarixs estadounidenses se hicieron $1.1 trillón de dólares más ricxs. Todo esto ocurre entre debates acerca de qué vidas son aceptables sacrificar para salvar a la economía. En mayo, Trump admitió que a medida que se retome la actividad económica, más personas morirían, pero, declaró, “tenemos que recuperar a nuestro país”. ¿El país de quién? ¿Para quiénes?

No es sorpresa que aumente el hambre en una sociedad menos obstinada en resistirse a valorar la vida humana cuando ésta se interpone en la ganancia de una clase dominante rica, blanca y en general masculina. Una sociedad que “permite a millonarios guardar su riqueza en departamentos vacíos mientras familias sin hogar vagan por las calles”, escribió Keeanga-Yamahtta Taylor en marzo, “que amenaza con el desalojo y el incumplimiento de los préstamos cuando cientos de millones son mandados a quedarse en sus casas para suprimir al virus, resulta desconcertante en su incoherencia e inhumanidad”.

Taylor pertenece a una generación de académicxs y activistas que están trayendo una atención renovada a los movimientos feministas de izquierda, a menudo liderados por negrxs, que fueron excluídos por el feminismo blanco convencional. En un escrito en 1984, hooks lo resumió de esta manera: “En especial en lo que respecta al trabajo, muchas reformas feministas liberales simplemente reforzaron los valores materialistas y capitalistas (ilustrando así la flexibilidad del capitalismo) sin realmente liberar a las mujeres económicamente”. Muchas escritoras de esa era, incluyendo a hooks, Angela Davis, Audre Lorde y a los miembros del Colectivo del Río Combahee, desde el principio insistieron en lo que ahora vemos como sentido común: el feminismo es a la vez desdentado e hipócrita si ignora las necesidades materiales de las mujeres pobres, negras, gays, trans, discapacitadas, inmigrantes o que viven fuera de Estados Unidos. Su legado ha sido retomado por activistas contemporánexs de la justicia social y académicxs como Taylor, adrienne maree brown, Rachel Cargle, Dean Spade y Marianne Kaba. Aquí es donde está concentrada la energía de la izquierda, si no la mayor parte del dinero y del poder institucional.

Hay una pregunta urgente, aún sin respuesta, sobre cómo se va a recuperar el movimiento feminista estaudounidense ahora, y  si va a encarar para una dirección ideológica más alineada con lxs pensadorxs a quienes marginó. Las “reformas feministas liberales” de finales del siglo 20 se convirtieron en el feminismo corporativo del siglo 21. Aquello alcanzó su punto lógico final en el feminismo del slogan y las marcas en los últimos 10 años. Tuvo lugar el feminismo del lean in que sostenía que la entrada de las mujeres en los altos mandos solo requería de una voluntad de poder correcta y un decidido olvido de las demandas de la formación de una familia. Estuvo la etapa de remeras con la frase “THE FUTURE IS FEMALE” y gorras de baseball que decían “Sin embargo, ella persistió”.  También el merchandising de la marca de ropa the Wing (con su “espacio de mujeres” con precios altos, interiores en rosa bebé y, como confirmaron lxs empleadxs, una cultura interna abusiva y racista) que vendía pines muy popular de “Bruja a cargo”  y llaveros de “Chicas Haciendo lo que Mierda Quieren”.

Resulta que “las chicas”, o mejor dicho las mujeres, no pudieron hacer lo que quisieron este año. Aunque -como la gente señaló sobre los llaveros- tomar a “las mujeres” como una categoría general es una perspectiva errónea. (“¿A qué te referís cuando decís mujeres?” Le pregunté a Federici en una de nuestras caminatas. “Siempre ha sido más que nada en términos de una categoría política”, contestó, definiendo “mujeres” como todas aquellas que sufren las condiciones materiales que históricamente han sido asignadas a las mujeres, incluyendo a lxs trans, no binaries, intersex, agénero y queers). Y años como 2020 no caen de igual manera para todas las mujeres.

Las promesas del feminismo liberal suenan más vacías que nunca desde que creció por completo la enorme población de mujeres que fueron dejadas fuera de esta visión. La paridad de género en la fuerza de trabajo (entendida como igual representación e incluso igual salario) nunca se materializó, y se ha retrasado generaciones por el problema no resuelto del trabajo doméstico. Estos problemas están ganando terreno en los pasillos del poder – no porque sean nuevos, sino porque ahora afectan incluso a las mujeres de clase media y alta, en particular a las mujeres blancas. De manera similar, el amplio interés en el socialismo no se dio porque el capitalismo recién haya empezado a dañar a lxs trabajadorxs, sino porque la gig economy y la red desaparecida de seguridad social han ampliado su margen de daño.

“La lección que aprendimos en este proceso fue que no podemos cambiar nuestra vida diaria sin cambiar sus instituciones inmediatas y al sistema político y económico mediante el cual estas se estructuran”, escribe Federici en su libro Reencantar el mundo: el feminismo y la política de los comunes. Hay modelos para resistir “a un sistema que se empecina en devaluar nuestras vidas”, sostiene.  Hay formas de restaurar ese valor reubicándolo donde estuvo desde el principio.

Federici aún vive en Park Slope, como lo ha hecho, intermitentemente, desde 1970. Conoció a George Caffentzis en 1973 y luego de un año se mudaron juntxs. A lo largo de su relación, Caffentzis se ocupó de la cocina, hasta hace poco cuando su Parkinson lo volvió más difícil. Federici ha comenzado a cocinar y lo disfruta más que cuando tenía 20 años. Me contó que Caffentzis ama cocinar, y su amor por ello la ha ayudado a verlo menos como una carga y más como algo hermoso. Aún así, cuando habla se refiere a estas tareas domésticas como “reproducción”, por ejemplo: “Hago más tareas de reproducción que en el pasado. Antes teníamos un reparto más equitativo”.

Su departamento está lleno de libros – no solo en estantes sino también debajo del sofá y de la cama, apilados en esquinas, e incluso metidos en los gabinetes de la cocina entre los platos. A sus 78 años, aún está activa: está editando un libro sobre la pena de muerte (contra la que ha protestado durante años) y preparando la reedición de El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo. Sus preguntas son, en un sentido, las mismas preguntas que viene haciendo desde los 70: ¿Por qué las críticas marxistas al capitalismo pasan completamente por alto los tipos de trabajo que no ocurren en lo que generalmente consideramos como el lugar de trabajo? ¿Qué está en juego en esa omisión?

En una de nuestras caminatas, Federici me contó que hubieron 3 años en los que no escribió nada. Su madre anciana necesitaba cuidados las 24 horas del día, y Federici voló a Parma para unirse a su hermana en los esfuerzos. “No podía moverse. Mi hermana y yo, todo el día, y aún así no era suficiente. Colapsábamos a la noche, cuando finalmente se quedaba dormida”.

Federici descubrió que a su madre, luego de 14 días de estadía en el hospital, le habían salido profundas escaras por estar acostada en la cama. “Es un momento que jamás podré olvidar, la desesperación. ¿Qué vamos a hacer?”

En los días que siguieron, mientras ellas mismas le lavaban y curaban las heridas, la movían de un lado a otro así no permanecía postrada, la alimentaban, vestían y bañaban, los pensamientos de Federici se dirigían a menudo al sistema de salud. “¡Imaginate si tuviéramos algún tipo de estructura en la comunidad que pudiera ayudarnos! Esta es una de las cosas que siempre tengo en mente: me encuentro ahora en este momento en esta ciudad en este país – deben haber otras miles de mujeres como yo que estén pasando por el mismo tipo de agonía”.

Se volvió hacia mí y dijo, con cierto tono en su voz: “Es realmente una cuestión sobre el valor de la vida. ¿Qué es valorable? ¿Cuáles son las prioridades? Yo creo que a menos que toquemos eso, a menos que cuestionemos eso…” Luego de la muerte de su madre, Federici volvió a su casa y empezó a escribir sobre los comunes.

En los últimos 10 años, Federici ha girado su enfoque hacia la necesidad de revertir el “cercamiento” – el proceso mediante el cual el mundo se dividió y contuvo para fines de lucro. Afirma que casi todo se ha “cercado” dentro del capitalismo, no sólo la propiedad y la tierra, sino también nuestros cuerpos, nuestro tiempo, los modos de educación, nuestra salud, relaciones, atención, nuestras mentes. Durante la pandemia, como fue señalado por Francisco Cantú citando a Federici en un artículo del New Yorker en enero, nuestra capacidad de hablar con las personas que amamos se ha vuelto mediada y monetizada por las compañías de tecnología. El remedio para el cercamiento, propone Federici, está transformando al mundo cada vez más en un bien común.

“Los comunes” denotan recursos (tierra, conocimientos, material capital y cultural), mantenidos comúnmente fuera de cualquier tipo de mercado. La comunalización es esa idea en acción, la práctica de poner cada vez más y más de tu vida fuera del alcance de la mercantilización y el extractivismo. El encanto de la comunalización es que es posible en cualquier parte siempre que haya una comunidad dispuesta: un lote vacío puede convertirse en una pequeña granja de subsistencia, las necesidades del cuidado de la salud en un barrio se pueden resolver con una clínica local administrada por el mismo barrio; el trabajo de cuidados se puede repartir entre familias. “No necesitas permisos” para el hacer-común, sostiene David Bollier, un teórico de la comunalización.“No necesitas tener representantes en Washington como abogados y funcionarios. No tenés que ser un experto – sos experto en tu propia desposesión. Y, por lo tanto, podés idear algunas cosas que sean apropiadas para la situación”.

“La lección que aprendimos en este proceso fue que no podemos cambiar nuestra vida diaria sin cambiar sus instituciones inmediatas y al sistema político y económico mediante el cual estas se estructuran”

Las formas en que esto podría verse son tan diversas como las comunidades que buscan abordar sus necesidades insatisfechas. Recientemente, un grupo de programadorxs desarrolló una herramienta online gratuita que ayuda a las familias a formar y programar cooperativas de cuidado infantil. Las redes de ayuda mutua son una interacción que ha florecido durante la pandemia: utilizando algo tan simple como un documento compartido, entre vecinxs pueden escribir qué necesitan y qué puede ofrecer, formando (o revelando) una red de relaciones simbióticas. A menudo estos intercambios parecen mundanos: en vez de contratar a un personal de mantenimiento, unx vecinx puede venir a tu casa a ayudarte a instalar el ventilador de techo; a cambio, vos podrías ayudarlx con sus impuestos o cuidar de su mascota o arreglar su jardín. Aparte de  donar a las grandes organizaciones sin fines de lucro, podrías también responder a las llamadas de tu red local de cuidados mutuos para ayudar a unx vecinx a pagar el alquiler. Mientras se agita para que el gobierno u otras organizaciones destinen los recursos que se necesitan desesperadamente, tu comunidad puede organizarse para juntar y aumentar los recursos que ya posee.

Los modelos de Federici para una exitosa construcción de los comunes son extraídos de una perspectiva internacional. Ella señala que las comunidades indígenas frecuentemente son originadoras y guardianas de prácticas comunitarias: menciona a lxs “defensorxs del agua” en el Amazonas, el Movimiento Sin Tierra en Sudáfrica, los jardines urbanos en Ghana, las mujeres chilenas que unieron sus alimentos y trabajos en medio de los programas de austeridad impuestos por el gobierno. “No son las comunidades más industrializadas sino las más cohesivas las que son capaces de resistir y, en algunos casos, de revertir la marea de privatización”, escribe en El patriarcado del salario.

Uno de los ejemplos  más ilustrativos de comunalización que da Federici es la campaña de protesta de la tribu Standing Rock Sioux en 2016 y 2017. En esa lucha contra un proyecto de oleoducto, la tribu y sus aliadxs construyeron una red de campamentos que mantuvo a miles de manifestantes alojadxs, mantenidxs y segurxs, incluso cuando llegó el invierno; crearon una escuela para niñxs, reconociendo que si familias enteras iban a participar, lxs niñxs necesitarían educación y cuidados. En parte porque hicieron de los campamentos una comunidad habitable a largo plazo, pudieron sostener y amplificar el esfuerzo en un movimiento con apoyo internacional y con un impulso continuo, a pesar de que el campamento fue desalojado por la policía en febrero de 2017.

Las relaciones comunales, escribe Federici, producen “una experiencia tan potente y excepcional como la de ser parte de algo más grande que nuestras vidas particulares, de habitar en esta ‘tierra de la humanidad’, no como extraños o intrusos, que es como el capitalismo quiere que nos relacionemos con los espacios que ocupamos, sino como en casa”.

“Demasiado frecuentemente la izquierda no ve el poder de las comunidades”, le dijo a la cineasta y escritora Astra Taylor en una entrevista en 2019. Su política, que hace eco en los métodos de Salario para el Trabajo Doméstico, enfatiza las posibilidades revolucionarias de decirle a las personas que pueden luchar por el cambio justo donde están, sea que estén en la casa, en el supermercado, la iglesia, el refugio, en la línea de producción o en la guardería. “La vida cotidiana es el principal terreno del cambio social”, escribe.

Federici, cuando imagina la posibilidad de un mundo verdaderamente justo, escribe sobre la forma en que la acción colectiva y transformadora puede igualar al obrar de la naturaleza, que se regenera continuamente. En este sentido, continúa poniendo al Prospect Park como un ejemplo de creatividad, posibilidad y belleza. Cuando le pregunté, en un día oscuro el año pasado, si algo la estaba haciendo sentir la magia del mundo, ella gritó: “¡Oh! Esto”. Movió sus manos en el aire, haciendo un gesto hacia los árboles, las aves y la tierra en la maceta cercana que estaba siendo examinada por un par de niñxs.

Sus ojos se arrugaron detrás de su barbijo. “La creatividad de la naturaleza. Y de las personas. Estoy muy emocionada con las personas”. Cuando me eché a reír con incredulidad, ella protestó. “Realmente hay mucha belleza, generosidad y coraje. Todavía hay alegría, la veo – todavía hay mucha belleza en este mundo. Y espero que prevalezca por sobre aquellos que sólo quieren controlarla y destrozarla”.

Traducción: Melisa Driz


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